Autor: ALAIN MINC
Duomo Ediciones.
Barcelona (2011).
487 págs.
24 €.
Traducción: Mónica Rubio.
Paul Johson, en su obra Intelectuales, sostiene que el intelectual, como fenómeno moderno, vino a ocupar el espacio dejado por el clero. Voltaire, que –según un agudo Minc– fue el primer intelectual digno de tal nombre, seguramente hubiera estado de acuerdo.
Alain Minc se refiere, casi en exclusiva, a los intelectuales franceses. Más que una clase, los intelectuales conforman un género con distintas especies y, aunque hay algunos con convicciones serias, la mayoría de los que aparecen en este libro –y son muchos– dan bandazos ideológicos, debidos bien a ciertos errores comprensibles, bien a miserias más vergonzosas. La virtud de Minc es haber sabido encontrar un hilo conductor que lleva, con cierta comodidad, de Voltaire a Bourdieu o Bernard-Henri Lévy y que define al intelectual en función de su baile con el poder político del momento. Los de derechas se hacen fácilmente de izquierdas y los de izquierdas pueden terminar apoyando gobiernos conservadores.
El intelectual busca siempre una alianza con la sociedad, un caso –Calas, por ejemplo, en Voltaire, anticipa ya al paradigma que constituye Dreyfus– y crea opinión. El intelectual es, en ocasiones, temido por el poder político, pero este sabe, finalmente, atraerlo a su causa.
El intelectual actúa sin escrúpulos y se encuentra movido por el afán de notoriedad. Podría decirse, en resumidas cuentas, que el intelectual busca el poder social como remedo del poder político del que carece. Pero el poder social que busca se fragua más en el ardor de las causas perdidas que en la solitaria estancia del pensador.
Con este libro se aprende a desconfiar de quienes se proclaman representantes de la opinión pública o defensores de la justicia. Pero también nos lleva a preguntarnos por las nuevas batallas que emprenderán los intelectuales de hoy sometidos al ritmo vertiginoso de la red y a la presión del relativismo.