Política

¿Volarían los saudíes su infraestructura petrolera?

“Si la monarquía saudí conserva su control sobre la energía ha creado por sí misma un sistema de disuasión contra invasión único. Pero, de ser sustituida la monarquía por un emirato islámico en la línea de los talibanes de Afganistán este gobierno ferozmente anti occidental tendría a su disposición una capacidad suicida apocalíptica.”

Daniel Pipes
El escritor de investigación Gerald Posner desvela algo excepcional en Secrets
of the Kingdom: The inside story of the Saudi-U.S. connection
, su libro a
publicar por Random House más adelante este mes: que el gobierno saudí podría
haber dotado su infraestructura de gas y crudo de un sistema de autodestrucción
que lo mantendría incapacitado durante décadas. Si es verdad, esto podría minar
la economía mundial en cualquier momento.

Posner comienza recordando
varias indirectas que soltaron los americanos allá por los años 70, de que el
alto precio y la limitada producción de petróleo podrían llevar a una invasión
norteamericana de Arabia Saudí y a la captura de sus campos petroleros. Por
ejemplo, en 1975, el Secretario de Estado Henry Kissinger amenazó veladamente a
los saudíes con una doble negación: “No estoy diciendo que no haya
circunstancias donde no utilizaríamos la fuerza” contra ellos.

En
respuesta, muestra Posner, la directiva saudí comenzó a pensar en modos de
prevenir tal ocurrencia. No podrían hacerlo del modo usual, levantando su
ejército, dado que sería vano contra las fuerzas norteamericanas, mucho más
fuertes. Así que la monarquía – una de las fuerzas políticas más creativas y
subestimadas de la historia moderna – comenzó a utilizar en su lugar el engaño y
la disuasión. En lugar de acumular defensas de sus instalaciones petroleras,
hicieron exactamente lo contrario, insertar una red clandestina de explosivos
diseñada para hacer inoperable gran parte de la infraestructura de crudo y gas –
y no sólo temporalmente, sino durante un largo período de tiempo.

Ese es
el hallazgo que Posner, autor de diez libros (incluyendo Case Close: the
definitive account of the John F. Kennedy assassination
), detalla en un
capítulo titulado “Tierra chamuscada”, basándose en fragmentos de inteligencia
interceptados a los que tuvo acceso. La planificación saudí comenzó en serio,
informa, tras la guerra de Kuwait de 1990-91, cuando los iraquíes dejaron atrás
un infierno de campos petroleros en llamas… que, para sorpresa de todos, fueron
extinguidos en cuestión de meses, no años. En respuesta, los saudíes pensaron en
modos de garantizar que su petróleo permanecería lejos del mercado explorando la
posibilidad de un sistema de autodestrucción de un solo botón, protegido por una
serie incorporada de sistemas a prueba de fallos. Era evidentemente su modo de
asegurarse de que si alguien más se hacía con las mayores reservas de petróleo
del mundo y les forzaba a huir del país que habían fundado, la Casa de Saud
podría asegurarse por lo menos de que lo que dejaban atrás carecía de
valor.

Esto se convirtió en un proyecto de prioridad máxima para el
reino. Posner proporciona detalles considerables acerca de la mecánica del
sistema de sabotaje, cómo se valdría de Semtex [explosivo plástico] sin marcar
de Checoslovaquia para los explosivos y de sistemas de dispersión de radiación
(RDDs) para contaminar los enclaves y hacer inutilizable el petróleo durante una
generación. La segunda posibilidad incluía uno o más elementos radiactivos como
el rubidio, el cesio 137 o el estroncio 90.

Conseguir los últimos
materiales, explica Posner, no era difícil, dado que no son utilizables en un
arma nuclear y nadie tuvo la creatividad [necesaria] para anticipar las
intenciones saudíes:

Imaginar que alguien pudiera pensar que un país
podría obtener tal material es casi imposible… y después desviar internamente
cantidades pequeñas a dispositivos explosivos que podrían hacer inhabitables
vastas extensiones de su propio país durante años.

Aparentemente, los
ingenieros saudíes colocaron entonces explosivos y RDDs por toda su
infraestructura de petróleo y gas, secreta, redundante y exhaustivamente.


Los propios yacimientos de crudo, el soporte vital de la producción
futura, están equipados… para eliminar no sólo pozos relevantes, sino también al
personal entrenado, los sistemas computarizados que aparentemente en tiempos
rivalizan con los de la NASA, los oleoductos que transportan el petróleo desde
los campos… las instalaciones avanzadas de agua (el agua se inyecta en los
campos para extraer el petróleo), las operaciones energéticas, y hasta el
transporte de energía en la región.

Eso tampoco es todo; los saudíes
también sabotearían sus oleoductos, estaciones de bombeo, generadores,
refinerías, contenedores de almacenaje e instalaciones de exportación,
incluyendo los puertos y plataformas marítimas de carga petrolera.

El
sabotaje no fue finalizado en alguna fecha y abandonado en posición; en su
lugar, destaca Posner, es una operación en curso disfrazada como mantenimiento
regular o mejoras de seguridad. Cuenta de nuevo, por ejemplo, que los saudíes
estaban “particularmente orgullosos cuando en el 2002 fueron capaces de insertar
una red más pequeña y sofisticada de explosivos de alta densidad en dos plantas
de separación de gasóleo”.

Posner plantea la posibilidad de que todo este
escenario sea una pantomima saudí, con intención de disuadir a una fuerza
exterior, pero sin ninguna realidad. Hasta que alguien pueda comprobar si hay
explosivos, no hay modo de discernir si es real o un fiasco. Otra limitación: el
explosivo Semtex sólo tiene una vida útil de unos cuantos años más, expirando
cerca del 2012-13.

Dicho eso, los planificadores tienen que operar con la
premisa de que el sistema de sabotaje se encuentra en posición y prepararse para
las consecuencias. Si este sistema de autodestrucción de un solo botón sí existe
y es utilizado, ¿qué impacto tendría?. Los Estados Unidos y otros gobiernos
poseen cerca de 1,3 billones de barriles de petróleo y gas en reservas
estratégicas, un stock que duraría cerca de seis meses. Seguiría el desastre,
postula Posner. “Una vez que las reservas estratégicas fueran insuficientes, un
entorno nuclear en Arabia Saudí crearía incrementos del precio del petróleo
demoledores, inestabilidad política y recesiones económicas sin parangón desde
los años treinta”.

Si tal sistema está dispuesto, saltan a la mente dos
implicaciones. Si la monarquía saudí conserva su control sobre la energía (lo
que considero probable), ha creado por sí misma un sistema de disuasión contra
invasión único. Pero, de ser sustituida la monarquía por un emirato islámico en
la línea de los talibanes de Afganistán (su principal competidor por el poder),
este gobierno ferozmente anti occidental tendría a su disposición una capacidad
suicida apocalíptica; con presionar un botón, es concebible que pudiera sacudir
el orden mundial. Y estaría altamente inclinado a hacerlo.

Los servicios
de inteligencia occidentales necesitan hacer más que escuchar las conversaciones
saudíes urgentemente; necesitan descubrir la verdad sobre esos explosivos. De
existir, los gobiernos occidentales necesitan valorar profundamente de nuevo sus
relaciones con el reino.

// OTROS TEMAS QUE TE PUEDEN INTERESAR

// EN PORTADA

// LO MÁS LEÍDO

// MÁS DEL AUTOR/A

Menú