Su posible reelección es una esperanza cierta para el desarrollo de la democracia en Colombia e incluso para el conjunto de una América Latina zarandeada por la fácil demagogia de populistas ávidos del poder absoluto.
Editorial
El proceso de debate y aprobación de la reelección del presidente colombiano comenzó a finales de diciembre de 2003, cuando un grupo de congresistas se reunieron con asesores cercanos al presidente Álvaro Uribe y comenzaron a gestar la idea, sustentada en la muy buena imagen del mandatario expresada en las encuestas a lo que contribuía de forma determinante sus evidentes aciertos en la gestión. Al mes siguiente, la embajadora de Colombia en España Noemí Sanín lo comentó con los medios: “Es el momento de pensar en la reelección del presidente Uribe o la ampliación de su mandato”.
En el cruce de opiniones también apareció el embajador de los Estados Unidos, William Wood, quien dio otro espaldarazo a esa opción: “No veo nada antidemocrático en la propuesta para reelegir a Uribe” y el ex presidente Alfonso López planteó que “la mejor forma de reelegir al presidente Uribe es adoptando el régimen parlamentario en Colombia”.
Para que la reelección fuera aprobada por la Corte Constitucional en este año y medio de deliberaciones hizo falta que varios protagonistas de la política colombiana pusieran toda la carne en el asador, como fue el caso de la ya mencionada Sanín, el asesor presidencial Fabio Echeverri, el ministro del Interior Sabas Pretelt de la Vega y el ex presidente Julio César Turbay Ayala quien, a pesar de ser su opositor al comienzo, creó el movimiento Patria Nueva, dedicado exclusivamente a impulsar la reelección del presidente Álvaro Uribe. Así se pudo sortear dos momentos claves del proceso estatutario: su aprobación en el Congreso en diciembre del año pasado y su vía libre final dado ayer por la Corte.
La reelección de Uribe significará la posibilidad de dar continuidad a políticas públicas exitosas, sobre todo, en materia de seguridad y lucha contra el terrorismo, el principal problema de Colombia. Desde que asumió en el 2002 los secuestros se han reducido a la mitad y los homicidios en un 10-11%. Según cifras oficiales, la FARC es hoy entre 20 y 30% mas pequeña que hace tres años y el poder policial por ver primera se hace sentir en todo el territorio colombiano. La desmovilización y entrega de las armas de terroristas de todo signo, sobre la base de la firmeza y el respeto a ley, podrá continuar igualmente.
Así piensa el analista colombiano Andrés Mejía Vergnaud: “un cambio de rumbo en este momento sería desastroso para la sociedad colombiana: dicho viraje transmitiría un mensaje desesperanzador, a saber, que ya se perdió la última y única oportunidad de ejecutar una política seria contra el terrorismo. La voluntad de lucha y de resistencia ante el terrorismo se apagaría, y se abrirían las puertas de la entrega”.
Los temores a que la reelección podía dar lugar a un exceso de poder gubernamental son muy poco consistentes. Las libertades individuales y la separación de poderes seguirán gozando de las garantías que le brinda la Constitución. Colombia es un país de firme tradición constitucional.
Lo que Colombia y Uribe tienen por delante no es poco. En concretos sectores de la comunidad internacional y organizaciones civiles, nostálgicas de una guerrilla utópica, se siguen amparando y justificando acciones que ninguna justificación tienen. Lo que opera en Colombia es delincuencia organizada y terrorismo sin más sustrato que la extorsión, el secuestro, el narcotráfico y el delito. El terror es un negocio lucrativo y aún más cuando intenta legimitarse sobre planteamientos antisistema y trágicas recetas políticas que la caida del Muro vino a desenmascarar pero, a lo que se ve, no enterrar del todo.
Uribe ha recuperado el sitio y el orgullo que a los colombianos y sus instituciones les correspondía en su propio territorio, sobre la base del respeto a ley y al estado de derecho. Su posible reelección es una esperanza cierta para el desarrollo de la democracia en Colombia e incluso para el conjunto de una América Latina zarandeada por la fácil demagogia de populistas ávidos del poder absoluto.
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