La prédica anticorrupción se va transformando en una verdadera sucesión de incoherencias que agravan –más que solucionan- el desprecio que ésta produce en la sociedad.
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Martes, 21 de julio 2026

La prédica anticorrupción se va transformando en una verdadera sucesión de incoherencias que agravan –más que solucionan- el desprecio que ésta produce en la sociedad.
Editorial
La prédica habitual de los gobernantes latinoamericanos incluye, casi religiosamente, el tema de la corrupción. Cómo harán frente a esta lacra y de qué forma sus Gobiernos encararán un programa de erradicación de las “actividades irregulares” del Estado. La decisión inicial es impulsar medidas que den una sensación de austeridad y que procuren imponer una idea de “limpieza”.
Pues bien, el tiempo va poniendo a las cosas y a las personas en su lugar. La prédica anticorrupción se va transformando en una verdadera sucesión de incoherencias que agravan –más que solucionan- el desprecio que ésta produce en la sociedad. Los líderes más comprometidos van desdibujándose y dejando ver cómo el verdadero interés no está en salir de ese atolladero, sino en aprovechar las “bendiciones” del poder.
En los últimos días salieron casos emblemáticos. Cristina Kirchner en Argentina (con el caso del maletín), Evo Morales en Bolivia (defendiendo a un general acusado de traficar), y por supuesto Chávez, cuya deriva lo presenta como un repartidor de favores que el pueblo venezolano desconoce y que seguramente lamentará. Aún en Perú la política no da signos de mejorar. Ayer conocíamos la noticia de que Alan García nombró responsable de las Fuerzas Armadas a un general que hizo “negocios” con la compra y venta de combustible militar.
Los casos podrían seguir en una larga lista. Sobre todo en América Latina, donde la corrupción y la pobreza aparecen como las principales preocupaciones de los ciudadanos. Esta sensación de hastío, que afecta a la política, se vio reflejada no hace mucho en un informe sobre la democracia, en el que la mayoría de los latinoamericanos preferían resignar garantías demócratas si esto significaba más crecimiento y honestidad.
Pues bien, en esta encrucijada se encuentra la política de la región. O más bien sus ciudadanos. En buscar desesperadamente líderes que representen ese cambio y que más que hablar procuren transformar la realidad. La forma de ejercer política. Pero estos líderes declinan una y otra vez. Muestran sus pequeñas miserias generando grandes perjuicios. Y todo es más doloroso cuando se trata de países con suficiente capital humano y recursos naturales. Lo que en síntesis puede calificarse, como ha señalado Mario Vargas Llosa, como la tragedia del subdesarrollo nacional.
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