John McCain y Barack Obama han estado dispuestos a frenar en seco sus campañas para impulsar un acuerdo en Washington frente a la crisis financiera, mientras que en España el presidente el Gobierno recibe al líder de la oposición para escucharle casi todo y no actuar conjuntamente en casi nada. Si José Luis Rodríguez Zapatero admira tanto a Obama, debería aprender de su capacidad para unirse con los republicanos por el bien de la gente.
Como informa Diario Exterior, los republicanos y los demócratas aprobarán hoy o, como muy tarde, mañana, el plan contra la crisis que han acordado en los últimos días. Nadie espera otra cosa que una mayoría aplastante de congresistas votando como un solo hombre por el bien de la gente.
Ni los demócratas ni los republicanos han comulgado con ruedas de molino. Los conservadores liberales, como McCain, han aceptado la intervención del Estado porque les han convencido de que era una cuestión de extrema necesidad y porque el plan seguirá permitiendo castigar a las corporaciones que han gestionado de un modo pésimo sus recursos.
Los demócratas de Obama han firmado el acuerdo teniendo muy presente que la supervisión pública era necesaria, que el dinero se gastaría en fases y no todo a la vez y que los grandes ejecutivos de las empresas intervenidas no serían indemnizados con dinero público cuando la administración los despidiera.
Y los cercanos a Bush, sobre todo conservadores sociales, han hecho concesiones importantes porque veían extenderse la sombra de la Gran Depresión ante sus ojos. Nunca hubieran reconocido la supervisión tan directa del Congreso en otras circunstancias.
En definitiva, todos ellos han defendido a los ciudadanos de la que mejor forma que han sabido: acordando un paquete anticrisis de proporciones históricas e intentando evitar una sangría de empleos, quiebras y desahucios.
Mientras eso es lo que ocurre en América, en España parece haberse aprobado una ley de divorcio express entre los partidos políticos frente a las consecuencias de una economía que se derrumba a toda velocidad. El Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero tiene una importante responsabilidad en ello.
Desde que reconoció la crisis, a principios del verano pasado, el presidente español no ha querido reunirse con el líder de la oposición, Mariano Rajoy, para acercar posturas frente a la grave situación económica. Ha perdido demasiado tiempo negando la evidencia y negándose a escuchar a Rajoy.
Ayer, Zapatero invitó al líder de la oposición a hablar sobre el principal problema de los españoles y a “buscar espacios de acuerdo si los hay”. Pocos minutos antes de esta demostración de auténtico interés por las consecuencias de la crisis sobre los hogares añadió: la política del Partido Popular “se sustenta en más desregularización, más flexibilidad laboral y menos gasto público o política social”.
El presidente ha demostrado con sus declaraciones que no se reunirá con Rajoy para llegar a un acuerdo entre los dos como han hecho McCain y Obama, sino para que el líder de la oposición rectifique sus puntos de vista si espera que Zapatero tenga en cuenta alguna de sus ideas. De este modo, el dirigente español ha dado una prueba más de que es con el fuego de su prepotencia con lo que piensa apagar el incendio de la crisis. Los hogares y las empresas deberían recordarlo en las próximas elecciones, porque serán los que sufran con mayor intensidad el fanatismo y la cerrazón del presidente del Gobierno.
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