Política

Argentina, una crisis dual

Está demostrado, cuanto mayor es el grado de pobreza aumenta la tendencia a votar al peronismo.

Por Gabriela Pousa
Néstor Kirchner regresa de Bolivia y Venezuela. Cómo se escucha cada vez que un
presidente retorna de un viaje: “los resultados redituarán en grandes beneficios
para la Argentina” (crónicas de parilla o textos de archivos que se
reciclan)
 
Para evitar malentendidos puede traducírselo al lenguaje
oficial: “Doce sobre diez”. ¿Entendido? ¿Qué lo espera? El mismo escenario que
hace dos semanas cuando retornara de China. ¿Qué hará? Las mismas maniobras
disuasivas. Esas capaces de lograr que la ciudadanía, azorada por la
inseguridad, en menos de 24 horas se paralice ante el caos piquetero y en otras
24 más, se concentre en la polémica acerca de una policía con armas o sin ellas.
Debate estéril por cierto, en tanto la fuerza de seguridad se halla desarmada
más allá de que porte o no armas.

Convengamos que lo que torna a una
institución fuerte no es la indumentaria ni la portación o no de armas sino el
respaldo político e institucional y el respeto de la ciudadanía. ¿Para qué le
serviría a un oficial portar el arma reglamentaria sí de tener que utilizarla
pasaría -sin posibilidad de defensa alguna- a ser inculpado por la sociedad y
condenado sin juicio previo por la autoridad política de momento? Al culminar la
gira asiática, algunos esperaban que Kirchner resolviese la insurrección
encabezada por Castells y D´Elía y explicara aquel: “No voy a reprimir con esta
policía de gatillo fácil”.

Pero como advertimos entonces, no lo hizo y
todo se perdió en la noche de los tiempos. “Yo dije que no dije lo que dije”: es
la fórmula por antonomasia para erradicar las controversias de escena. Nunca se
habló de solucionarlas. En ese aspecto, hay que admitir absoluta coherencia en
la política kirchnerista. ¿Por qué habría de esperarse que tras este retorno, el
presidente actuara de manera diferente? Si admitimos que desde la asunción,
Kirchner ha optado por la cultura del parche para cubrir grietas, es de suponer
que seguirá valiéndose de ella para disipar los hechos que no tengan razón de
ser si éste fuese un país serio de veras. No se trata de descalificar la actitud
presidencial ni de subestimar a la sociedad. Se trata de accionar la memoria,
estudiar palabras, obras y omisiones de la dirigencia y observar el “aquí y
ahora”. Esta vez no aporta demasiado escuchar las versiones -generalmente
antojadizas- de funcionarios o allegados al poder. Bastó que Rafael Bielsa y
Felipe Solá negaran el alejamiento de Béliz para que Alberto Fernández saliese a
ratificar que “el Ministro se va”… De paso Kirchner mandó la señal: es él quién
decide el cómo y el cuándo. Aunque no lo parezca hay una lógica en el “estilo K”
de hacer política. Qué esta diste considerablemente de la enunciada por
Aristóteles o Kant no implica que no existan correlatos, premisas y hasta
razones intrínsecas de lo que sucede en Argentina. Si aceptamos que las
prioridades del presidente se centran en el mantenimiento de su unicato, y en la
confrontación que le deje un viso de hombre fuerte para convocar el consenso
–sin adentrarnos en cuestiones ideológicas- su actitud ha sido la apropiada. Aún
sin articular un plan de reformas estructurales capaz de atender lo que en la
calle se enunciara como prioridad, Kirchner logra ir cubriendo baches. Las
consecuencias no se hacen notar en tanto, el derroche de gasto público no es
tema accesible para el grueso de la sociedad; y porque sus efectos -o defectos-
no lesionan, todavía, severamente la marcha de la economía. Que su imagen
disminuya en las encuestas no amerita demasiada trascendencia como quiere
hacerse creer. Los argentinos se caracterizan por humores cambiantes y en
materia política el aliado de ayer es el enemigo de mañana y
viceversa.
 
La historia lo ha demostrado y la coyuntura confirma que
la porfía no ha variado. Por otra parte: 1) No ha habido en Argentina ningún
jefe de Estado que mantenga el mismo porcentaje de aceptación a lo largo de un
año de mandato. 2) La característica intrínseca de la ciudadanía, la
idiosincrasia nacional le permite fluctuar los números de aprobación y/o rechazo
sin que aquello determine tiempos políticos precisos ni defina grandes cambios.


Basta recordar algunos casos para corroborarlo: A comienzos del año
2003, dos de cada tres argentinos seguían adhiriendo a la necesidad de un cambio
total en la dirigencia política bregando por el “Qué se vayan todos”. Tres meses
después, Néstor Kirchner asumía el poder. Asimismo, los resultados electorales
en las provincias evidenciaban que, en el 94% de ellas, el triunfo lo obtenía la
reelección y la continuidad de los gobernadores en ejercicio, acentuando incluso
la primacía del oficialismo. No quedaba ni el eco de la tan mentada demanda de
renovación política, ni nada… Amén de poder justificar lo sucedido a través del
clientelismo, el asistencialismo, los subsidios, etc., el pueblo demostró ser
bastante volátil en materia política y es amplia la brecha entre conducta y
prédica. Además, en los últimos años, el proceso social ha visto diezmarse las
convicciones en beneficio de las opiniones más ligeras, furtivas y efímeras.


Estudios pertinentes, a su vez, demostraron que cuanto mayor es el grado
de pobreza aumenta la tendencia a votar al peronismo. Quizá por ello, convenga
advertir acerca de una confusión bastante arraigada en sectores de clase media y
media-alta donde los deseos individuales o de grupo se generalizan o se creen
imagen de la realidad, cuando en rigor sólo atañen a meras aspiraciones de los
sectores en cuestión. Posiblemente sume a estas oscilaciones atender la
concentración de poder que se da en Buenos Aires con más de 8 millones y medio
de habitantes.

El conurbano tiene una importancia decisiva a la hora de
medir la opinión pública y de elaborar sondeos. Basta observar que, en una
elección representa el 39% de los votos; y que el partido de La Matanza por
ejemplo, con 1 millón de habitantes tiene una influencia electoral superior al
de 17 provincias en su conjunto.

De lo dicho se desprende que a veces
puede cercenarse al “pueblo argentino” limitándolo a cierto espectro geográfico.
Desconocerlo coopera a interpretar en forma equivocada qué es lo que está
pasando. Y Kirchner ha sabido perder el foco de atención creyendo poder asirse
de un territorio que no le es propio. LA CRISIS DE KIRCHNER VS. LA CRISIS DE LA
SOCIEDAD Qué sea del 45% o del 80% la imagen positiva de Kirchner sólo modifica
el humor presidencial. No altera política de Estado alguna ni el modus operandi
del gobierno nacional. Lo que puede alterar algún movimiento, quizá sea el hecho
de ver que el barco hace agua por los cuatro costados. Y el lado más agrietado
es precisamente el partidario. La transversalidad fue una entelequia desde el
vamos. Qué una decena o dos de dirigentes de segunda línea se juntarán en algún
escenario decorado con el retrato presidencial no resultó suficiente para
enarbolar una fuerza política capaz de enfrentar al peronismo. ¡La condena al
éxito! Tendrían que haberlo recordado: Ya hemos sido sentenciados… El silencio
de los Duhalde es otro dato para que el kirchnerismo advirtiese su poco peso en
esa geografía determinante a la hora del sufragio. Un interrogante oportuno
apuntaría a desentrañar si acaso Kirchner busca establecer su unicato dentro del
Justicialismo y qué chances de éxito tiene en ese hipotético caso. Cabe analizar
también sí los elevados índices de pobreza no serán condicionantes para esa
suerte de hegemonía, más allá de toda estructura política. En rigor habría que
considerar: a- Si es mejor o no que Kirchner se fortalezca independientemente
del PJ b- Qué se modificaría en caso de cerrar filas con el peronismo c- Qué
sucederá con la “ideología” predominante en el kirchnerismo -Si bien es grande
la distancia entre Kirchner y el peronismo, en política, pactos y alianzas
pueden sacarse de la galera en todo momento, máxime cuando hay buena caja. Sin
embargo, atendiendo la lógica duhaldista, no parece que se le vaya a ceder
terreno a un “adversario” pasajeramente debilitado.

-Si el Presidente
quisiese asirse del PJ debería efectuar reformas de corte socialista o del
tradicional corte corporativo del peronismo. Pero, ¿cómo haría Kirchner para
deshacerse de su mácula ideológica y convivir pacíficamente, por ejemplo, con un
meticuloso Lavagna en una estrategia corporativa peronista tradicional? Quizá,
sea más probable esperar que continúe el “estilo K” emparchando y disipando
nubarrones. Ahora bien, sí el leitmotiv se halla en la matriz ideológica, cabe
recordar que, en los ´70 Perón se dio cuenta que no había espacio -ni estaban
las reservas internacionales de los ´40- para avalar el socialismo y echó a la
izquierda de su lado. En los ´90, Carlos Menen advirtió que no existía quórum
para una economía corporativa o social demócrata. ¿Tendrá en cuenta Kirchner que
ahora ya no hay espacio para ninguna de las dos? Hasta el momento se ganó tiempo
porque sustituyeron las reservas de los ´40 por el default del 00. ¿Y luego?
Claro que la opción que queda es que el “estilo K” sea igual a la “ideología K”:
es decir sin contenido y sin posibilidad de producir reformas. De suceder tal
cosa se corre el riesgo de que no haya cambios de fondo y el horizonte se
oscurezca más todavía. Cómo puede verse, no aflora ninguna salida medianamente
inocente para este laberinto llamado Argentina… Kirchner puede alquilar huestes
piqueteras pero aún le falta bastante para asirse de las intendencias y en ese
aspecto la oferta es fundamental. He aquí su crisis actual: debe dar comienzo a
las negociaciones y detrás del mostrador, quién rechaza o acepta la apuesta es
el aparato justicialista sin derecha, sin izquierda, y sin transversalidad… Esta
es la verdadera crisis que cuenta para Néstor Kirchner. No la situación social
ni la ola de violencia ni los entredichos entre funcionarios, ni los cortes de
ruta o los requerimientos del Fondo Monetario aunque en este punto no debería
descuidar flancos. La negociación viene complicada y no hay demasiado margen.
Roberto Lavagna no es Béliz y nadie sabe a ciencia cierta hasta cuándo podrá
soportar los caprichos del Ejecutivo. Quizá la del FMI pase a ser la tercera
crisis en pugna. En estos días, es de esperar que surjan medidas que distiendan
el escenario social. A sabiendas que hace y deshace a voluntad y con la
desconfianza como guía, la salida de Béliz -¡medida acertada si las hay!- estaba
cantada. ¿Cómo asumiría sino Kirchner la responsabilidad de lo ocurrido en la
Legislatura? Máxime cuando hay segunda vuelta sin inconvenientes ni disturbios.
(Pero ojo que para que así sea, se permitió el uso y abuso del micro-centro a
grupos detractores de la institucionalidad misma) Si bien la crisis no se gestó
la semana pasada ni un mes atrás, todo ésto precipitó la necesidad de
tranquilizar las aguas. Movió el avispero el hecho de que, el último desborde
piquetero tuviera como blanco a la clase política. No hubo punto cardinal que se
sintiera a salvo. Paradójicamente, el grito mayúsculo lo puso la izquierda para
la cuál, una cosa es la política de seguridad gubernamental y otra muy distinta
la supervivencia personal… A su vez, quedó al descubierto que – si bien hay caja
suficiente para costear una insurrección medianamente tolerable- urge apurar la
compra territorial para garantizar de ahora en más, el consenso con miras a un
año electoral. Ahí convergen las nuevas prioridades de Kirchner y sus desvelos.
Quizá podría haberse pasado por alto los destrozos sino hubiesen tenido como
marco el epicentro de la ciudad y si no se hubiese agravado el caos
gubernamental que permitió la aparición y desaparición -en menos de 24 horas- de
45 casetes concernientes al Caso Amia. La improvisación y el desorden de la
Presidencia terminó jaqueando toda posibilidad de equilibrio y el rey debió
moverse en el tablero. Aunque esto no signifique demasiado, con las piezas
estancadas en los casilleros, no se podía salvar el juego. El alejamiento de
Béliz sirve así, para disipar la controversia sobre la SIDE, la Policía y la
prestidigitación que se hiciera con el material en cuestión y al unísono abre
paso a esa suerte de nueva etapa personal para Néstor Kirchner pero no en su rol
de titular del Gobierno nacional. El primer mandatario podrá mostrarse más
“sensible” en el corto plazo a las demandas del pueblo para recobrar consenso
pero su objetivo real es dar con la senda correcta para afianzarse en un
escenario pre electoral con poder propio. Debe entenderse que el cambio en el
gabinete es sólo una señal para atenuar el reclamo del pueblo y poder continuar
con el “estilo K”: fortaleciendo la propia tropa. Perder el peón Béliz no
significa gran cosa: El consenso del Ministro era nulo. La incapacidad de aquel
no podía ocultarse más: sólo le faltaba dar un portazo y declarar que se iba
porque había un nido de víboras merodeándolo. De algún modo lo intentó al
enfatizar como epitafio que: “Es posible que existan sectores mafiosos de la
Policía y de la SIDE con ramificaciones dentro del Poder Judicial que estén
buscando desplazarme” Quizá, sólo erró la ubicación y esos “sectores” estuvieran
en epicentro del Ejecutivo bajo la orden de su titular… La duda que queda,
recordando su juramento al asumir el cargo, es si la Patria acaso se lo
demandará…Dios seguro que lo hará.


GABRIELA POUSA (*) Analista
Política. Lic. en Comunicación Social (Universidad del Salvador) Master en
Economía y Ciencias Políticas (ESEADE) Estudios en Sociología del Poder (Oxford)
Queda prohibida su reproducción total o parcial sin mención de la fuente.

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