Política

Argumentos equivocados sobre la esclavitud en los EEUU

Educación



El debate político en América se parece cada vez más a un diálogo de sordos. La controversia acerca de las compensaciones por la esclavitud de los negros, en la que los contendientes argumentan en los extremos de un Gran Cañón del desacuerdo en el que no parece posible ningún punto común es el caso típico. Un libro reciente del profesor de Derecho de San Diego Roy L. Brooks — Atonement and forgiveness: a new model for black reparations — intenta sacar del callejón sin salida a ambas partes. Su fracaso ilustra con precisión lo difícil que es la tarea.


 


El alegato de Brooks comienza definiendo el tema de las compensaciones: “Cuando un gobierno comete una atrocidad contra un pueblo inocente, tiene, cuando menos, la obligación moral de disculparse y hacer creíble esa disculpa haciendo algo tangible llamado ´reparación´. El gobierno de Estados Unidos cometió atrocidades contra los americanos negros durante dos siglos y cuarto en forma de tráfico de esclavos y durante 100 años adicionales en la forma de Jim Crow — …y tampoco ha ofrecido nunca ningún tipo de disculpa“.


 


El problema empieza con esta apertura, que contiene dos afirmaciones falsas, empezando con la declaración de que el Gobierno de los Estados Unidos mantuvo un sistema de comercio de esclavos durante 225 años. De hecho, el Gobierno de los Estados Unidos sólo había existido durante 87 años antes de aprobar la Abolición de la Esclavitud, que puso fin al sistema de esclavos que había heredado del Imperio Británico. Bajo un precio terrible en sangre y dinero, además, para hacerlo. El Gobierno al que Brooks declara criminal fue creado en una Declaración que proclamaba la entonces revolucionaria idea de que todos los hombres son creados iguales. Esta declaración redundaba casi inmediatamente en el fin de la esclavitud en casi la mitad de los Estados Unidos recién creados. En cuestión de una generación llegó la libertad de todos los esclavos en Norteamérica y el hemisferio occidental. Estos no son hechos minúsculos al sopesar el tema de las compensaciones, pero aún así brillan por su ausencia en las consideraciones del profesor Brooks.


 


Antes de 1776, la esclavitud existía en algún momento u otro de todas las sociedades humanas, y durante 3000 años era indiscutible por parte de cualquier autoridad moral. Los Fundadores americanos y los cristianos ingleses que las inspiraron fueron los primeros individuos en condenar la esclavitud como institución (aunque no todos los Fundadores americanos lo hicieron). Esto coloca el crimen de América bajo una luz distinta de la sugerida por los que reclaman compensaciones. La esclavitud fue una institución que América heredó, pero destruyó en una generación, algo en lo que ninguna nación había pensado hacer desde el comienzo de la historia registrada antes de 1776.


 


Decir, como hace el profesor Brooks, que no se ha dado ninguna disculpa por la esclavitud o por Jim Crow también es falso. En el Segundo Discurso Inaugural de Lincoln, clasificado generalmente como el discurso más elocuente del inglés, el Presidente americano declaraba la esclavitud una ofensa a Dios, decía que la Guerra Civil era la recompensa de Dios a América por la esclavitud, y advertía que la guerra continuaría hasta que “cada gota de la sangre derramada a latigazos sea pagada por la derramada con la espada”. Si eso no es lamentar, y si las 300.000 vidas de la Unión sacrificadas para poner fin a la esclavitud no es una especie de pago, sería difícil decir qué puede serlo.


 


Al igual que otros que argumentan su causa, Brooks ignora estas compensaciones porque desprecia la Guerra Civil como un conflicto dedicado únicamente a “preservar la Unión” más que a terminar con la esclavitud. Esto es históricamente insostenible, y el profesor Brooks en persona no se lo cree. Por lo tanto, sin detenerse en notar la contradicción, también condena el izado de la bandera Confederada como símbolo de esclavitud. Bien, ¿qué lo es? Si la confederación fue creada para preservar la esclavitud – como era el caso – y la guerra civil iba acerca de restaurar una unión basada en la propuesta de que todos los hombres son creados iguales, entonces aquellos que murieron para lograr este resultado, murieron por la causa de la libertad de todos los americanos y de los afroamericanos en particular.


 


La incuestionable verdad de la reclamación de compensaciones es que la esclavitud era un crimen, y que no se hizo ninguna restitución a los propios esclavos. Pero el caso de las compensaciones que se articula hoy no se hace en representación de los esclavos que sufrieron, y que están muertos todos. Se hace en representación de americanos negros vivos que presuntamente son víctimas de esclavitudes en algún sentido políticamente relevante, lo bastante como para exigir pagos a sus contemporáneos. Pero, ¿cómo puede manifestarse una herida causada por la esclavitud tres o cuatro generaciones después de los hechos, y por gente que pueden ser bastante ricos como millonarios partidarios de las compensaciones tales como Jesse Jackson, Oprah Winfrey o Cornel West?


 


La mitad de la población negra de América es hoy de clase media. Es cierto que aproximadamente el 25% de los americanos negros se ha quedado atrás y vive por debajo de la línea de la pobreza. Pero ¿cómo puede esto establecerse como consecuencia de la esclavitud (o de la segregación) si el 75% de los negros no son pobres? Por otra parte, si la discriminación es en sí misma una explicación del fracaso económico, ¿cómo se explica el éxito de minorías tales como judíos y asiáticos, o de aquellos negros cuyos ancestros llegaron de las Indias Occidentales y cuyos ingresos se acercan a los de los blancos?


 


El profesor Brooks ni siquiera trata estos temas, sino que propone en su lugar “un nuevo modelo para las compensaciones”, lo que implica culpabilidad más que juicio. Al criticar lo que se refiere como “modelo de agravio”. Brooks establece una idea bienvenida: “El modelo de agravio, como todo litigio, es demasiado confrontacional como para proporcionar el tipo de reconciliación racial y acuerdo que se necesita para las relaciones raciales futuras”. Además, la defensa legal de las compensaciones es escasa. “Un golpe de gracia a las demandas de esclavitud basadas en el derecho internacional”, observa Brooks, “es el hecho de que la mayor parte de los académicos legales han determinado que la esclavitud no era ilegal durante su práctica en Estados Unidos”. Por motivos obvios como este, las demandas de compensación no han prosperado en los tribunales.


 


Todas las demandas de compensación por esclavitud son frívolas de hecho. En el caso de demandas gubernamentales, es el gobierno erróneo el que está en la palestra. Si las reclamaciones se dirigen a la Confederación, tendría sentido, pero dirigidas contra el gobierno que destruyó el sistema de esclavos no tienen sentido en absoluto. En el caso de corporaciones privadas, los agravios son absurdamente antiguos, y los demandantes, testigos y demandados llevan tiempo muertos. No hay conexión real entre una corporación que existía en 1850 y una corporación que puede que conserve el mismo nombre 150 años después. Si los tribunales no estuvieran tan corroídos por la culpa por el tratamiento de los africanos y sus descendientes en América, los abogados implicados en estas denuncias serían amonestados bajo la Norma 11, que prohíbe que los funcionarios del tribunal pierdan tiempo y recursos en tales tonterías.


 


Para sacar al movimiento de las compensaciones de su callejón sin salida legal, Brooks propone “un modelo de ajuste”. La mitad de su defensa en esta sección del libro es admirable. Propone un “Museo de la Esclavitud” financiado por el gobierno, por ejemplo, con el fin de recordar a los americanos este trágico pasado. ¿Quién se opondría a esto?


 


Pero después pasa a agendas que son más que cuestionables, como una disculpa formal por la esclavitud procedente de un gobierno que puso fin a la esclavitud y que ha proporcionado más libertades a los ciudadanos negros de América de las que los negros disfrutan en el resto del mundo, incluyendo la totalidad del África negra. Brooks reconoce que los americanos vivos no llevaron a cabo la esclavitud, pero argumenta que la segregación y la discriminación también tuvieron efectos perjudiciales que hacen necesarias estas compensaciones. Desafortunadamente este argumento tiene problemas idénticos a los del modelo de agravios original. La mayor parte de los americanos vivos hoy no tiene complicidad ninguna en la segregación, que se confinó a los estados del sur. La mayor parte nacieron bajo las Leyes de Derechos Civiles de 1964. Muchos participaron en los movimientos que llevaron a esas Leyes. Cifras enormes son inmigrantes o minorías propiamente. Además, ha habido disculpas significativas por las injusticias raciales de América hechas por líderes americanos, incluyendo a los presidentes Clinton y Bush.


 


Quizá el profesor Brooks no esté al corriente de que Lyndon Johnson lanzó la Guerra contra la Pobreza, en la Universidad de Howard, en el centésimo aniversario de la liberación de los esclavos, y dedicó su discurso a las diferencias entre la pobreza blanca y la pobreza negra, achacando la segunda a la injusticia social y los crímenes que América había cometido contra los esclavos africanos. O que los programas que abrió su discurso han transferido más de 1,5 trillones de dólares de americanos no negros a americanos negros pobres. Quizá no ha notado que las vacaciones nacionales que conmemoran los nacimientos de los padres fundadores de América, George Washington y Abraham Lincoln, se retiraron del calendario para honrar al único americano vivo hoy con una fiesta nacional en su nombre. Ese hombre es Martin Luther King Jr., el líder del movimiento de los derechos civiles que terminó la segregación y la discriminación legal. Si ese reconocimiento no es suficiente para satisfacer al profesor Brooks y a los que piensan como él, ¿qué podría serlo?


 


Desafortunadamente, Brooks va mucho más allá de disculpas y museos, al proponer un “Fondo Fiduciario de Compensación”, que gravaría a los americanos con el fin de proporcionar dinero a cada niño negro, abarcando los primeros 25 años de la vida del niño. Esa propuesta resume la distancia a la que nos encontramos de la reconciliación que busca Brooks. Demuestra cómo la compensación para algunos es el procesamiento (y la discriminación) para otros. ¿Por qué deben recibir fondos de decenas de millones de negros americanos que ya forman parte holgadamente de la clase media, basándose en el color de su piel, fondos que proceden de mexicanos, coreanos y árabes americanos, por no mencionar a los americanos blancos que no tomaron parte ni en la esclavitud ni en la discriminación, y que pueden no estar económicamente mejor, o incluso estar peor – y hacerlo en nombre de injusticias cometidas hace de 50 a 150 años? ¿Qué clase de reconciliación es ésta?

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