Miles de muertes podrían haberse evitado si los burócratas de la ONU no hubiesen perdido la brújula hace tiempo.
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Martes, 21 de julio 2026
Miles de muertes podrían haberse evitado si los burócratas de la ONU no hubiesen perdido la brújula hace tiempo.
editorial
Exactamente un año atrás, Jan Egeland, director de ayudas humanitarias de la
ONU, anunciaba en rueda de prensa la muerte de 26 mil personas en Bam, Irán, a
causa de un devastador terremoto. Cuando el recuerdo de Bam todavía estaba
fresco sucedió la catastrófica sucesión de tsunamis que asolaron el Sudeste
Asiático matando a decenas de miles de seres humanos.
Las imágenes del
suceso son escalofriantes. Los rostros de esa gente que ha perdido su casa, sus
pertenencias y muchos a sus seres más queridos nos quedarán en la retina por
mucho tiempo. La naturaleza se ha cebado con esa región del planeta azotando a
sus habitantes con el cuarto terremoto más fatídico desde 1964. Mucho peor es
constatar que no fueron uno o dos los países afectados sino nueve banderas
diferentes unidas por el mismo calvario.
Ahora veremos, como ya lo
anticipa Diario Exterior, sombrías declaraciones en donde los primeros
mandatarios de todo el mundo, compungidos y desvastados por la tragedia, sacan a
relucir una solidaridad infrecuente donando cifras multimillonarias y enviando
decenas de aviones y barcos con alimentos, medicinas y demás artículos de
primera necesidad.
Seguramente no habrá dinero mejor gastado. Pero esta
tragedia debe hacernos reflexionar sobre algunas cuestiones. La primera de ellas
es que miles de muertes podrían haberse evitado con unas llamadas de teléfono
desde Indonesia alertando sobre la inminencia del desastre e iniciando una
rápida evacuación. La tecnología existe porque los tsunamis son un desastre
natural frecuente en el océano Índico. Resulta alarmante que las costas
afectadas no hayan sido prevenidas a tiempo.
La segunda cuestión es que
este hecho sucede en la propia cara de los mismos ecologistas que hace sólo un
mes exigían medidas urgentes para controlar el calentamiento global. Más allá de
que sus motivaciones sean más políticas que científicas, no cabe duda que el
peligro no residía en las chimeneas de las fábricas sino que estaba latente en
el fondo del océano. Podrían haber impulsado programas para prevenir, equipar y
poder en lo posible predecir este tipo de desastres. Si la misma energía que
gastan en piquetes callejeros la hubieran canalizado en la prevención de los
tsunamis, seguramente no hubiera muerto tanta gente.
Los burócratas de
la ONU también han perdido la brújula hace tiempo. En el pasado, se dedicaban a
salvar la vida de miles de niños a través de extensas campañas de vacunación y
asistencia alimentaria. Hoy, los vientos progresistas promueven el etéreo y vago
discurso de los “derechos”, que suena muy bien, aunque no impide que mueran más
de diez millones de niños al año. Ahora la ONU declara estar “sobrepasada” por
la catástrofe y no es para menos, ya que llevan varios años confundiendo las
prioridades.
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