Aznar abrió el camino, hoy expedito, a vencer en las urnas sin pedir permiso a PRISA
Decía una leyenda que para ganar las elecciones generales en España había que pasar, inexcusablemente, por los medios del grupo PRISA (El País y la cadena SER) y dejar ganar dinero a Polanco. La historia y experiencia de algunos candidatos rendidos a ese cuento y la hegemonía informativa que desplegaban entonces sus terminales, que con una arrogancia monumental concedían las gracias o fabricaban y destruían a capricho las vidas públicas, hicieron del mito una exigencia apremiante, de la invitación una orden, de las entrevistas un cedazo político.
Aznar decidió un día que aquello era un camelo, que nadie debía fingir lo que no siente, que la hospitalidad es un noble y apolítico concepto y que la educación, la cortesía y el respeto más escrupuloso por la libertad de expresión era algo muy importante pero de ida y vuelta. No acudió en el 2000 a las llamadas de PRISA y ganó las elecciones con mayoría absoluta. Nunca se lo han perdonado.
Les desmontó el chiringuito (que el vendaval de la pluralidad de medios ha acabado por enviar a la estratosfera) y acabó de un plumazo con unas pretensiones avasalladoras, engoladas y arteras.
Pasados los años, remansadas las audiencias e influencias en los cauces razonables de la pluralidad informativa que ya no suplanta la voluntad popular, el grupo PRISA, encogido en todas las definiciones posibles del término crédito, sigue reprochándole a Aznar que fuera presidente del Gobierno sin pasar por su redacción. En otro tiempo habría de qué preocuparse. Hoy no engañan a nadie. ¿Piensas por ti mismo o lees El País? dicen en la calle.
Aznar abrió el camino, hoy expedito, a vencer en las urnas sin pedir permiso a PRISA y a durar no más de ocho años en el poder, sin necesidad de fijarlo por escrito. Hasta Zapatero lo ha aprendido.
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