Política

Cómo sacar matrícula en una universidad de élite

¿Por qué es la guerra de Irak, que es un suceso tan reciente y sobre el que las pasiones están tan desatadas, un tema de cualquier curso académico de licenciatura?. Esto ya es, a mi modo de pensar, parte del problema de los planes de estudio universitarios de hoy.

David Horowitz
La semana pasada impartí una conferencia en una elitista universidad privada de Nueva Inglaterra, que exige puntuaciones de corte de 1250 para entrar y 40.000 dólares al año en tasas de matrícula por asistir. Antes de hablar, me reuní con los estudiantes conservadores que me habían invitado y un joven que era el vicepresidente del club de estudiantes en su primer año en el centro me contó la siguiente historia. En un curso de ciencias políticas en el que acababa de estar, redactó un documento acerca de la guerra de Irak, contra la que estaba su profesor abiertamente.

¿Por qué es la guerra de Irak, que es un suceso tan reciente y sobre el que las pasiones están tan desatadas, un tema de cualquier curso académico de licenciatura?. Esto ya es, a mi modo de pensar, parte del problema de los planes de estudio universitarios de hoy. Cuando asistí a Columbia en los años cincuenta, cualquier suceso que no se remontara 25 años atrás era designado demasiado reciente para examinarse académicamente, demasiado abierto a lo que entonces se llamaba “la mentalidad actual”, y era considerado un obstáculo para el pensamiento académico y reflexivo. Demasiado personal universitario es activista político primero y profesor solamente en segundo lugar, de serlo en alguno. Su agenda es adoctrinar a los estudiantes según sus propios prejuicios políticos, al tiempo que sus colegas académicos que no son activistas ni ideólogos rehúsan escrupulosamente dar parte de los abusos que se están cometiendo.

El estudiante, que era uno de los primeros en ciencias políticas, había redactado un documento en apoyo de la guerra de Irak en una clase a la que había asistido recientemente. Cuando le devolvieron la redacción, había sido evaluada con una “F” [insuficiente]. En su redacción anterior había recibido una “C-” [notable bajo], que aceptó a regañadientes en aquel entonces no porque pensara que se lo merecía, sino porque era incapaz de creer que en realidad, su profesor le estaba evaluando según sus opiniones políticas y no según su trabajo académico. Pero un suspenso era ridículo. Nadie en este centro elitista, que exige altas notas de corte para entrar, recibía suspensos a menos que redactara sus redacciones estando borracho — y probablemente ni siquiera entonces. Esta vez fue a su profesor y se quejó.

Impresionado por la pasión del estudiante a la hora de defender su redacción, el profesor reconoció que tal vez había evaluado la redacción injustamente. “Le daré la oportunidad de volverla a escribir”, dijo, “pero necesita utilizar más las fuentes”. Puesto que las fuentes eran universalmente hostiles a la guerra de Irak, el reto era inconfundible. El estudiante volvió y cambió cada afirmación importante a la inversa. Así, donde había argumentado que el conflicto de Irak era central para la guerra contra el terror, alteró la frase relevante para decir que era “una distracción” de la guerra contra el terror. La estructura entera de la relación que entregó continuaba siendo la misma. Solamente fueron cambiadas las conclusiones. Sacó una A+ [matrícula]. Desde entonces mentía en las redacciones que escribía para su profesor, alimentándole con las conclusiones izquierdistas que quería escuchar. El resultado fue una cascada de redacciones que el profesor evaluaba con matrícula de honor.

[Tan] reveladora como esta historia pueda ser, no es la peor de la que di fe esa noche. El estudiante me había contado la historia en una cena de recepción ofrecida por el Intercollegiate Studies Institute, una organización conservadora que celebraba un debate entre un progresista y yo. La presencia del progresista había atraído a bastantes profesores que no eran conservadores. Me presenté a uno de ellos, un caballero orondo de pelo blanco que se parecía un poco a David Crosby, pero con rasgos más marcados. Sus ojos te escudriñaban de un modo alegre que invitaba a una cierta informalidad y confianza. Aún estaba trastocado por lo que el estudiante me había contado, y dado que [el caballero orondo] era profesor del Departamento de Ciencias Políticas y aparentaba ser accesible, le confié la historia. En realidad, me había convencido a mí mismo de que este colega de aspecto afable podría ser alguien con quien discutir cómo plantear esto al profesor en cuestión, y lograr que cambiara sus formas. O, alternativamente, lograr que la política del departamento protegiera a los estudiantes en el futuro.

“No me la creo”, fue su respuesta cuando le conté la historia. “¡No se la cree!”, dije con exasperación. “¿Está usted llamando mentiroso a un estudiante?. ¿No tiene ningún interés en descubrir lo que sucede en su propio departamento?”. En vez de contestarme, se repitió. “No me la creo”. Para entonces mi frustración alcanzaba el punto de ebullición, pero intenté mantener calmada mi respuesta al tiempo que le hacía saber exactamente lo que pensaba. “Es usted un arrogante izquierdista típico”, dije, a lo cual él estalló: “Que te jodan”, replicó inesperadamente.

Incluso yo, que estoy acostumbrado a acalorados intercambios académicos, me quedé impresionado. Esto, después de todo, era una recepción académica en un contexto — un centro de enseñanza de Nueva Inglaterra de 200 años de antigüedad — que no parece el lugar [apropiado] para tales expresiones. Por otra parte, dado que los profesores visten hoy día como camioneros, probablemente uno también espera que hablen como camioneros. El estallido hizo que me preocupara poco de las repercusiones que pudiera causar mi provocación para el estudiante, que estaba a un tiro de piedra de la conversación. Ciertamente no quería meterle en problemas en su propia escuela, y supe que la idea me había llegado un poco tarde. Pero el estudiante me rescató de mis pensamientos dando un paso al frente audazmente y reclamando la autoría de la historia. Aseguró al profesor de ciencias políticas que estaba contando la verdad, y que le había ocurrido a él en manos de un profesor del departamento de ciencias políticas. Al mismo tiempo me aseguró, “este profesor” — señalando con el dedo a mi antagonista — “es justo”.

Aproveché la apertura que esto me proporcionó para dar las gracias al profesor que acababa de gritarme a la cara el improperio, y deduje que su estudiante era un mentiroso por ser “justo”. Tal es el escenario de Alicia en el País de las Maravillas en las universidades estos días, en que un profesor como este tiene que ser felicitado por ser justo y — en el contexto — probablemente merezca el halago. Mis palabras calmaron la situación — nos dimos la mano — y me permitieron ir más lejos. “¿Por qué no creería a este estudiante?”, dije. “Aunque usted sea progresista” (me había informado de que era Demócrata momentos antes) “este estudiante es perfectamente capaz de distinguir entre su justicia y la justicia de su colega. ¿Por qué no le deja que le diga lo ocurrido?”. La expresión se hizo amarga. “No quiero escucharlo”, dijo, y se alejó caminando.

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