Seguridad
Los primeros días de 2003 trajeron augurios de guerra. EEUU y Gran Bretaña comenzaron a movilizar miles de reservistas y a desplazarlos hacia el Golfo Pérsico. Blix informó al Consejo de Seguridad que los inspectores no habían encontrado hasta el momento nada comprometedor, pero que Irak no había hecho “un esfuerzo serio” y hacía falta una cooperación “más activa” de su parte. Bagdad aceptó luego ampliar la información y permitir que los inspectores interrogaran a sus científicos.
A mediados de enero los hombres de Blix hallaron en un búnker doce cabezas vacías de misiles. Powell adelantó que si llegaba a ser necesario desarmar a Irak por la fuerza y la comunidad internacional no estaba dispuesta a hacerlo, EEUU “deberá asumir en solitario esta responsabilidad junto a las naciones que piensen como él”. Rumsfeld, por su parte, apoyó una idea, atribuida a Turquía, Egipto y Arabia Saudita, para que Hussein, su familia y otros funcionarios iraquíes partieran al exilio.
El 22 de enero, al cumplirse 40 años del Tratado del Eliseo firmado por Charles De Gaulle y Konrad Adenauer, París y Berlín reafirmaron en el Palacio de Versalles su vocación de liderar la Unión Europea y darle un rol protagónico en el orden internacional. Chirac y Schroeder propusieron crear una Unión de Defensa y Seguridad Europea y aumentar las capacidades militares. La UE había decidido el mes anterior la incorporación de diez nuevos miembros en mayo de 2004: República Checa, Hungría, Polonia, Eslovaquia, Eslovenia, Lituania, Letonia, Estonia, Chipre y Malta. Rumsfeld llamó a Francia y Alemania “la vieja Europa” y desató una ola de indignación en ambos países.
Rusia, China y los quince miembros de la Unión Europea pidieron dar más tiempo a los inspectores, quienes dijeron necesitarlo en el informe presentado al Consejo de Seguridad el 27 de enero. Bush pronunció el día siguiente su discurso sobre el estado de la Unión. “El dictador de Irak no se está desarmando. Al contrario, está engañando”, dijo. Adelantó que Powell llevaría al Consejo de Seguridad, el 5 de febrero, las pruebas contra Hussein. Blair, Aznar y los jefes de gobierno de Italia, Portugal, Hungría, Dinamarca, Polonia y República Checa, desafiaron a Francia y Alemania al publicar en los principales diarios del viejo continente una carta en la que pedían “preservar” la “unidad y cohesión” de EEUU y Europa.
El 5 de febrero, en su presentación ante el Consejo de Seguridad, Powell se basó en grabaciones telefónicas, imágenes satelitales e informes de inteligencia para acusar a Irak de ocultar armas de destrucción masiva, mantener vínculos con Al-Qaeda y burlar a los inspectores de la ONU. Más tarde, hablando en el senado, consideró que la caída de Hussein permitiría “remodelar” el Medio Oriente. Un grupo de diez países pertenecientes a la “Nueva Europa” de Rumsfeld respaldó en una solicitada la posición de EEUU: Rumania, Croacia, Bulgaria, Eslovaquia, Eslovenia, Albania, Macedonia, Letonia, Lituania y Estonia.
La OTAN entró en crisis el 10 de febrero, cuando Francia, Bélgica y Alemania vetaron un plan de ayuda militar a Turquía, impulsado por EEUU, para proteger a ese país de un eventual ataque de su vecino Irak. Luego darían su acuerdo condicionado a que “la fuerza sólo podría constituir un último recurso”.
La política de Turquía había dado un vuelco en noviembre de 2002, con el triunfo del partido islámico moderado Justicia y Desarrollo. Su gobierno estaba preocupado por la posible formación de un estado kurdo como resultado de la guerra. Se estima en 20 millones el número de kurdos asentados en una franja fronteriza entre Turquía (donde vive la mayoría), el norte de Irak, Irán y Siria. Ankara y el Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK) han mantenido por años un sangriento conflicto. En 1999 el líder separatista del PKK, Abdullah Ocalán, fue arrestado en Roma. El gobierno turco no lograría finalmente que el parlamento aprobara el despliegue de fuerzas norteamericanas en su país, a pesar de la millonaria ayuda económica que se le ofrecía a cambio.
Chirac, Schroeder y el presidente ruso Vladimir Putin declararon conjuntamente en París que “el uso de la fuerza no puede ser sino el último remedio”. El mandatario francés remarcó que “nada justifica en la actualidad una guerra”. China apoyó el comunicado y su presidente, Jiang Zemin, que mantuvo un bajo perfil durante toda la crisis, dijo que “la guerra no es buena para nadie y es nuestra responsabilidad tomar medidas para evitarla”.
El colapso del sistema de seguridad internacional
El 14 de febrero, en un nuevo informe ante el Consejo de Seguridad, Blix y el director de la Agencia Internacional de Energía Atómica, Mohamed ElBaradei, reiteraron que no se habían encontrado armas de destrucción masiva en Irak. Al día siguiente, las más importantes ciudades del mundo asistieron a la mayor manifestación antibélica desde la Segunda Guerra Mundial: Roma, París, Londres, Madrid, Barcelona y Nueva York estaban entre las 400 ciudades en más de 60 países donde millones de personas se expresaron contra la guerra.
Con la intención de acercar posiciones, los mandatarios de los quince miembros de la Unión Europea realizaron una cumbre en Bruselas el 17 de febrero. La declaración conjunta no descartaba utilizar la fuerza como “último recurso” y exigía a Irak que se desarmara y cooperara “inmediata y completamente”. Pero las divergencias no tardaron en resurgir. Tony Blair pregonó que “estamos dispuestos a pelear para defender los valores en los que creemos”, mientras el ministro alemán de medio ambiente, Juergen Trittin, alegaba que “no se equivocan los críticos que dicen ´No a la guerra por el petróleo´”.
El 24 de febrero, EEUU, Gran Bretaña y España presentaron en el Consejo de Seguridad un proyecto de resolución que abría la puerta para un ataque militar al declarar que Irak había fracasado en aprovechar la “última oportunidad” otorgada por la resolución 1.441. Francia, Rusia y Alemania insistieron en dar más tiempo a los inspectores.
Éstos hallaron misiles Al-Samoud 2 que, por su alcance superior a los 150 kilómetros, violaban las restricciones impuestas después de la primera Guerra del Golfo por la resolución 687 de la ONU. Blix ordenó a Irak la destrucción de los misiles y Bagdad comenzó a cumplir la orden, pero la Casa Blanca calificó la medida de insuficiente. El secretario de prensa, Ari Fleischer, anunció que EEUU ya no buscaba solamente el desarme de Irak, sino el “cambio de régimen”.
EEUU comenzó a presionar a los “indecisos” del Consejo de Seguridad, un grupo de miembros no permanentes constituido por Angola, Camerún, Chile, Guinea, México y Pakistán. El 5 de marzo, Francia y Rusia, miembros permanentes con poder de veto, anunciaron que bloquearían cualquier resolución que autorizara el uso de la fuerza. China tomó la misma posición. Bush dijo que “si tenemos que actuar, lo haremos. No necesitamos la aprobación”. Blix presentó un nuevo informe donde destacaba los progresos en la cooperación de Irak y pidió “no días, no años, sino meses” para terminar su trabajo. EEUU, Gran Bretaña y España introdujeron una enmienda a su proyecto de resolución que daba a Irak plazo para desarmarse hasta el 17 de marzo. París la rechazó y Powell advirtió que un veto francés tendría “serios efectos” sobre la relación bilateral. Chirac ratificó que “no hay lugar para hacer una guerra a fin de lograr el desarme de Irak” y que un ataque “sólo puede conducir a un desarrollo del terrorismo”.
Blair, presionado por la creciente oposición interna a su política -dentro del Partido Laborista había intentos para removerlo y el 80% de los británicos estaba en contra de la guerra-, presentó una nueva enmienda que exigía a Hussein, entre otros puntos, entregar el arsenal prohibido y reconocer públicamente en árabe que había ocultado en el pasado armas de destrucción masiva. Francia la consideró un ultimátum y se opuso una vez más.
El 15 de marzo se realizaron nuevamente multitudinarias manifestaciones antibélicas en las principales ciudades del mundo. Bush, Blair y Aznar se reunieron en las Azores. Exigieron el inmediato desarme de Irak y una decisión del Consejo de Seguridad.
Los hechos se precipitaron el lunes 17. EEUU, Gran Bretaña y España retiraron su propuesta de resolución y Bush dio 48 horas a Hussein para abandonar Irak junto con su familia. “El Consejo de Seguridad no ha estado a la altura de sus responsabilidades, pero nosotros sí estaremos a la altura de las nuestras”, dijo. Bagdad rechazó el ultimátum y la ONU evacuó a los inspectores y al resto de su personal.
Chirac dijo que la decisión norteamericana afectaba “la estabilidad mundial”. El líder de la bancada laborista del parlamento británico y ministro del gobierno, Robin Cook, presentó su renuncia, igual que otros miembros del gabinete. La cámara de los comunes autorizó al gobierno a utilizar la fuerza contra Irak, aunque con la oposición de más de un centenar de diputados laboristas. En EEUU, mientras tanto, el 66% de la población estaba a favor de la guerra. La guerra y el fin del régimen de Hussein El bombardeo de Bagdad comenzó el 20 de marzo. El conflicto de tres semanas fue una demostración del poderío militar estadounidense, que desde la primera Guerra del Golfo había dado un nuevo salto tecnológico. En 1991, el 20% de las armas norteamericanas habían sido de precisión; esta vez, el 80% (6). En las primeras 48 horas, tres mil misiles fueron disparados sobre blancos militares.
Las manifestaciones contra la guerra estallaron en Europa y EEUU; en San Francisco fueron detenidas más de mil personas. La Liga Árabe condenó la “agresión norteamericano-británica”, a la que consideró “ilegítima”, y pidió que el Consejo de Seguridad la frenara. Unos 90 mil soldados ingresaron a territorio iraquí y, con apoyo de los británicos, rodearon las principales ciudades y avanzaron hacia Bagdad. La resistencia del ejército defensor -estimado en 390 mil efectivos- y de las milicias irregulares fedayines cedió rápidamente. El 9 de abril, un grupo de bagdadíes, auxiliados por un vehículo norteamericano, derribó una imponente estatua de Hussein en una plaza céntrica de la capital. La guerra había terminado. Durante las operaciones murieron miles de militares y civiles iraquíes y sólo 160 soldados de la coalición
En el mundo árabe se había esperado que la batalla de Bagdad pudiera emular a la de Stalingrado durante la Segunda Guerra Mundial. “Es una nabka” (catástrofe), dijo un comentador de la cadena de televisión Al-Jazeera de Qatar. “Los árabes han sufrido tres nabkas en la historia moderna: en 1948, 1967, y la tercera el 9 de abril de 2003. No sólo fue un shock para Irak, sino para toda la región”.
Pero Hussein, su familia y los principales dirigentes iraquíes habían huido. El comando militar estadounidense difundió una lista de 55 líderes del régimen, encabezados por el propio Hussein, a quienes se buscaba capturar o matar. Muchos se entregaron en las semanas siguientes y los dos hijos de Saddam, Qusay y Uday, murieron a fines de julio durante un enfrentamiento con las tropas estadounidenses en una casa de Mosul donde se ocultaban.
La administración interina de Irak, donde ahora imperaban el desorden y los saqueos, fue encabezada inicialmente por el general retirado estadounidense Jay Garner, reemplazado días después por un civil experto en terrorismo, Paul Bremer. EEUU auspició varias reuniones de los ex opositores a Hussein en el exilio, así como de delegados de todo el país. Ahmed Chalabi, del Congreso Nacional Iraquí, la figura preferida por los norteamericanos, despertaba recelos en Irak. Hombre de negocios, Chalabi había sido condenado años atrás en Jordania por malversación. Pronto se advertiría el peso político de la comunidad chiíta. Los adherentes de esta corriente del islamismo, que ejerce el poder en Irán, constituyen el 60% de la población de Irak frente a los sunnitas y kurdos, pero habían sido relegados, y a veces duramente reprimidos, por el régimen de Hussein.
Luego de una peregrinación de un millón de chiítas a la ciudad sagrada de Karbala, donde se corearon consignas contra Chalabi, el líder del Consejo Supremo para la Revolución Islámica en Irak (CSRII), Mohamed Bakr Al-Hakim, regresó desde Teherán de un exilio de 22 años. Ante una multitud llamó a crear una república islámica “moderada”.
La coalición anglonorteamericana disolvió el partido Baaz y nombró un consejo de gobierno transitorio de 25 miembros -13 chiítas, cuatro sunnitas, cinco kurdos, un cristiano y un turcomano-, con la facultad de redactar una nueva constitución, nombrar ministros y preparar un futuro llamado a elecciones. El objetivo de “construcción de una nación” planteado por EEUU en Irak ha sido comparado con el de Japón y Alemania después de la Segunda Guerra Mundial. Sangrientos atentados, protestas violentas y ataques atribuidos a elementos leales al depuesto Saddam Hussein, han cobrado la vida de numerosos civiles iraquíes y de soldados de la coalición.
El 19 de agosto, un camión bomba estalló frente al hotel donde funcionaba la sede de las Naciones Unidas. Entre los 22 muertos estaba el enviado especial de la ONU, Sergio Vieira de Mello. Diez días más tarde, el ayatollah Al-Hakim, líder del CSRII, murió junto con casi un centenar de fieles cuando un vehículo explotó en una mezquita de Najaf.
Al pasar el tiempo y no encontrarse en Irak armas de destrucción masiva, se multiplicaron en EEUU y Gran Bretaña las denuncias de que se había exagerado la amenaza iraquí para justificar la guerra. Según informes periodísticos, Powell se habría negado a incluir en sus discursos algunos datos de inteligencia por considerar que no eran confiables. En su presentación final en la ONU, el jefe de los inspectores Hans Blix concluyó que no estaba demostrado que esas armas existían en Irak cuando comenzaron las operaciones militares. La Casa Blanca admitió en julio que era errónea la afirmación, incluida por Bush en uno de sus discursos, de que Hussein había intentado comprar uranio en Níger para fabricar armas nucleares, un dato que procedía de la inteligencia británica.
En Londres, un periodista de la BBC inculpó al gobierno por haber dramatizado un polémico informe sobre Irak difundido en septiembre de 2002. Downing Street presionó a la cadena para que revelara la identidad de su fuente. El mismo gobierno señaló luego como responsable al científico David Kelly, un ex inspector de armas de la ONU. A mediados de julio el caso tuvo un giro inesperado cuando Kelly apareció muerto después de haber salido a dar un paseo. Su aparente suicidio generó fuertes sospechas en la opinión pública y una investigación que agravó la difícil situación política de Tony Blair.
El tablero en Medio Oriente
Como paso obligado en su plan para “remodelar” Medio Oriente, EEUU decidió avanzar hacia un acuerdo entre israelíes y palestinos. Sharon había formado nuevo gobierno, sin los laboristas, tras las elecciones anticipadas de enero, cuando su partido Likud duplicó el número de escaños en el parlamento. Arafat, presionado por EEUU y Europa, aceptó crear la figura de primer ministro, que recayó en Mahmoud Abbas (también conocido como Abu Mazen), un dirigente de buenas relaciones con norteamericanos e israelíes, que se oponía al uso de la violencia en la Intifada. Abbas asumió el 29 de abril y anunció el desarme de Hamas y la Jihad islámica.
Washington difundió entonces la demorada Hoja de Ruta auspiciada por el Cuarteto que integran también la Unión Europea, Rusia y las Naciones Unidas. Se trata de un plan de tres fases que contempla inicialmente el fin de la violencia palestina y el retiro de los israelíes de las posiciones ocupadas en septiembre de 2000, cuando comenzó la segunda Intifada. Luego se crearía un Estado palestino con fronteras provisionales y en 2005 se llegaría a un acuerdo definitivo. Israel aceptó el plan y se realizó una cumbre entre Bush, Sharon y Abbas.
La tregua declarada por Hamas y la Jihad se rompió rápidamente. La región cayó en una nueva espiral de violencia y Abbas dimitió. A poco de caer Bagdad, EEUU amenazó a Siria con sanciones “económicas, diplomáticas y de otra naturaleza” si, según Washington, seguía desarrollando armas de destrucción masiva, dando refugio a jerarcas iraquíes y apoyando al terrorismo. Siria mantiene tropas en el Líbano y apoya a grupos como Hezbollah y Hamas. Durante la guerra, Rumsfeld había acusado a Damasco de enviar armamento a Irak. Hussein y el dictador sirio Hafez El-Assad, ambos pertenecientes al Partido del Renacimiento Árabe Socialista (Baaz), habían estado enfrentados durante años. En la primera Guerra del Golfo, Siria participó en la coalición internacional liderada por EEUU, pero a partir de entonces hubo un acercamiento entre Bagdad y Damasco. El Assad murió en 2000 y fue reemplazado por su hijo Bashar, quien en esta segunda intervención norteamericana declaró que su país apoyaba al pueblo iraquí frente a una “invasión ilegal”.
Un importante columnista del Washington Post se preguntó si Siria quería convertirse en “la Argentina de los criminales de guerra iraquíes”, trazando una analogía con la llegada de fugitivos nazis a nuestro país al finalizar la Segunda Guerra Mundial (7). Damasco negó las acusaciones y el canciller británico, Jack Straw, dijo que Siria no era “la próxima de la lista”. EEUU buscaba, con su presión, aprovechar políticamente su éxito militar. “Parece que Siria ha entendido el mensaje y coopera”, afirmaría luego Bush. Irán, uno de los tres países incluidos por Bush dentro del “eje del mal”, negó versiones de que agentes suyos estuvieran operando en el sur de Irak. EEUU lo acusó también de desarrollar un programa nuclear secreto, pero Teherán afirmó que estaba destinado a la producción de energía eléctrica. La república islámica enfrenta además tensiones internas entre los sectores reformistas, encabezados por el presidente Mohammed Khatami, y los elementos más conservadores del régimen teocrático. En junio comenzó una ola de protestas estudiantiles en reclamo de mayor apertura democrática. Bush apoyó a los manifestantes y afirmó que la comunidad internacional “no tolerará” que Teherán posea un arma atómica. La Unión Europea, Rusia y la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) presionaron a Irán para brindar información y aceptar inspecciones sobre su programa atómico.
Fuera del Medio Oriente, una situación potencialmente explosiva surgía del fuerte altercado entre Washington y Corea del Norte. En diciembre de 2002, Pyongyan había anunciado oficialmente la reactivación de su programa nuclear y expulsado a los inspectores de la AIEA. Rumsfeld había reaccionado diciendo que EEUU podía sostener dos guerras al mismo tiempo, pero Colin Powell se apresuró a bajar la tensión: “Nadie va a atacar a Corea del Norte”, remarcó. En enero Pyongyan declaró que se retiraba del Tratado de No Proliferación Nuclear. Bush se mostró “absolutamente convencido de que esta cuestión se resolverá de manera pacífica”.
El gobierno comunista subordina la desactivación de su programa nuclear a la firma de un pacto de no agresión con EEUU. Amenazó con lanzar un “ataque preventivo” y reducir todo el territorio coreano a “cenizas” en un “horrible desastre nuclear”. En vísperas de la intervención norteamericana en Irak, alarmó a Corea del Sur y a Japón realizando pruebas con misiles tierra-mar de corto alcance. Desde entonces se realizaron en Pekín rondas de conversaciones entre delegados coreanos, norteamericanos y chinos, en las que Pyongyan habría admitido la posesión de armas nucleares.
La nueva amenaza de Al-Qaeda
El 12 de mayo, cuando se esperaba la llegada de Powell a Arabia Saudita, una serie de atentados suicidas contra blancos occidentales dejaron en Riad un saldo de más de 30 muertos y 200 heridos. Días antes se había anunciado el fin de la prolongada presencia militar norteamericana, utilizada como arma propagandística por Bin Laden. Aunque Bush había asegurado que Al-Qaeda, con varios de sus líderes arrestados o en fuga, estaba “diezmada” y ya no representaba un problema, el Departamento de Estado dijo que los ataques llevaban la marca de esa organización.
Al-Qaeda había incorporado nuevos miembros y descentralizado aún más su estructura, que estaba conformada ahora por células independientes. Un vocero del grupo terrorista había declarado días antes, a una revista árabe editada en Londres, que a EEUU “les llevará mucho tiempo entender la nueva forma” de la organización. Anticipó “un golpe contra Estados Unidos”. Los saudíes descubrieron una casa con gran cantidad de explosivos y documentación de los terroristas, pero éstos lograron huir. En EEUU resurgían las críticas por la escasa colaboración de Arabia Saudita, aunque la Casa Blanca trató de minimizarlas. El 11-S había dañado la imagen de la monarquía saudí en Washington y abierto una grieta en la relación. Sabiendo que quince de los 19 tripulantes suicidas de los aviones habían sido de nacionalidad saudita, la opinión pública y el Congreso sospechaban que Riad no cooperaba plenamente con la investigación de Al-Qaeda.
Días después la ciudad marroquí de Casablanca fue sacudida por una cadena de ataques suicidas que dejó más de 40 muertos. EEUU cerró temporalmente su embajada en Riad y puso al país en alerta naranja. El número dos de Al-Qaeda, Ayman Al-Zawahiri, llamó en un mensaje emitido por Al-Jazeera a realizar atentados contra objetivos occidentales e israelíes. Europa y EEUU después de la guerra Las divisiones entre los países europeos se siguieron manifestando luego de la guerra. A fines de abril, Tony Blair consideró “peligrosa y desestabilizadora” la idea de una Unión Europea que rivalizara con EEUU. Defendió un mundo unipolar a través de una alianza entre ambos lados del Atlántico, Rusia y China. La existencia de “polos rivales de poder”, estimó, podría despertar problemas similares a los de la Guerra Fría. Pero el 29 de abril los mandatarios de Francia, Alemania, Bélgica y Luxemburgo propusieron para 2004 un proyecto de defensa europea independiente de la OTAN, aunque con la intención declarada de “reforzar el pilar europeo de la Alianza Atlántica”.
Francia, Alemania y Rusia acercaron posiciones con Washington. A fines de mayo, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó, con algunas modificaciones, una resolución presentada por EEUU, Gran Bretaña y España que levantó las sanciones económicas impuestas a Irak en 1990 y otorgó a norteamericanos y británicos la administración del país hasta que éste elija sus propias autoridades. Bush realizó a principios de junio una gira europea en la que negó que estuviera “enojado” con Chirac, aunque sí “decepcionado”. En la ciudad francesa de Evian, en medio de masivas protestas, se realizó la cumbre del Grupo de países más industrializados (G8). Chirac insistió en su visión de “un mundo multipolar”, pero la cumbre destacó el “objetivo compartido” de “un Irak soberano, estable y democrático”,. Exigió a Corea del Norte poner fin a su programa de armas nucleares y pidió a Irán que aceptara controles internacionales.
Fuente: Cambio Cultural