Política

Cuando los liberadores se convierten en invasores

Christopher A. Preble analiza las incursiones militares para liberar países y el peligro y el rechazo que conlleva al transformarse en fuerzas invasoras

Christopher A. Preble

El apasionado discurso del Senador Demócrata Zell Miller en la reciente
Convención Nacional Republicana fue notable. El ex-Marine parece haber sido
particularmente irritado por la sugerencia de que las fuerzas norteamericanas en
Irak eran invasoras y no liberadoras. Él replicó que las tropas norteamericanas
no son jamás invasoras – que son, y que solo pueden ser, liberadoras.


Esa es su opinión. Pero su opinión no importa. La opinión de los iraquíes es
lo que importa.


Las fuerzas norteamericanas que en abril del 2003 pueden haber sido
liberadoras son, hoy en día, en Septiembre del 2004, vistas ampliamente como
invasoras. Estos sentimientos se han estado acumulando por meses. Cuando en
abril del 2004 se les preguntó si veían a la coalición liderada por EE.UU. como
“liberadoras” o “invasoras”, 71 por ciento de los que respondieron dijeron
“invasoras”. Según otra encuesta hecha en julio, dos terceras partes de la
población iraquí eran “fuertemente” o “parcialmente” opuestas a la presencia
militar extranjera en su país.


Históricamente, las fuerzas norteamericanas han sido usualmente vistas como
liberadoras—por ejemplo, cuando expulsaron a ejércitos extranjeros de países
ocupados. Los Estados Unidos lideró las fuerzas que sacaron a las tropas
alemanas de Francia en 1944. Fuimos vistos como liberadores; por nuestros actos,
y por el sacrificio de miles de soldados norteamericanos, los Estados Unidos
liberó al pueblo de Francia del yugo de opresión Nazi. Fuerzas norteamericanas,
junto con británicos, canadienses y otros aliados, liberaron a los holandeses y
a los belgas tan solo unos meses después.


En 1991, las fuerzas norteamericanas liberaron Kuwait, un país de or í igen
es dudoso s liderado por un gobernante s de legitimidad cuestionable, pero sin
embargo una nación-estado soberana, reconocida como tal por la ley
internacional. Cuando Saddam Hussein declaró a Kuwait una provincia perdida
renegada de Irak , y cuando mandó tropas I iraquíes a la frontera bajo el
pretexto de devolverle los territorios al pueblo I iraquí, poca gente vio sus
acciones como otra cosa que no fuese una invasión no provocada. Unos meses más
tarde, los K kuwaitíes nos acogieron como liberadores cuando expulsamos al
ejército extranjero de sus tierras.


Desafortunadamente, aún cuando sus intenciones son nobles, los ejércitos de
liberación pueden convertirse en agentes de invasión si no regresan rápidamente
el poder a la población en cuestión. Por ejemplo, los Estados Unidos coercionó a
las fuerzas Japonesas a evacuar el Sudeste de Asia – un acto de liberación
celebrado por, entre otros, Ho Chi Minh. Pero las fuerzas japonesas habían a su
vez desalojado a las fuerzas francesas. Y cuando políticos norteamericanos
decidieron nuevamente invitar a los franceses a la región, Ho y otros
nacionalistas vietnamitas vieron deslealtad, y no grandeza, en nuestro seudo
acto de liberación.


Y, ocasionalmente, los ejércitos de liberación norteamericanos se pueden
convertir, no sólo en agentes de invasión, pero en invasores en sí. A decir
verdad, y a diferencia de imperios del pasado, la estrategia norteamericana
raramente comienza con tales objetivos de guerra. Y si nuestra seguridad
verdaderamente dependiese en mantener indefinidamente tropas norteamericanas en
un país extranjero, entonces la mayoría de norteamericanos apoyaría estos
despliegues y a pocos les importaría si a nuestras tropas les llaman invasoras.


Pero la seguridad norteamericana raramente depende de tropas norteamericanas
en tierras extranjeras, y es usualmente debilitada por ello. Los Estados Unidos
desterró al decrépito Imperio Español de uno de sus últimos bastiones en las
Filipinas en 1898, aún cuando España no representaba amenaza alguna. En tan sólo
unos cuantos meses, los planes norteamericanos de devolver el poder a los
filipinos fueron descartados. Y las fuerzas norteamericanas se encontraron
inmersas en una batalla contra amargas insurgencias que persistieron por más de
una década. Un manojo de norteamericanos murió para liberar a los filipinos de
los españoles; más de 4,000 murieron en la lucha por consolidar la independencia
filipina. Con lo trágicas que fueron esas muertes, fueron excedidas en número
por las del otro bando. Algunos estimados calculan el saldo de filipinos muertos
en más de 200,000.


Estamos en peligro de repetir nuestros errores de un siglo atrás. En el 2003,
ningún ejército extranjero invadió Irak, y su sangriento gobernante no estuvo
bajo control de poder extranjero alguno. Saddam Hussein era un tirano, pero era
un iraquí. El objetivo de la política norteamericana debería ser la de regresar
una completa, real y genuina soberanía al pueblo iraquí, quien luego debe
determinar su propio destino, en el entendimiento de que sus acciones no
representen una amenaza para los Estados Unidos. Y debemos irnos. Si no lo
hacemos, entonces las intenciones nobles detrás de la invasión norteamericana de
Irak serán completamente ensombrecidas por la humillación de la ocupación.



 


Christopher
Preble
, Director de Estudios de Política Exterior en el Cato Institute,
es también director del Grupo Especial de Trabajo de Cato, el cual ha publicado
recientemente el reporte: “Exiting
Iraq: Why the U.S. Must End the Military Occupation and Renew the War Against Al
Qaeda.”(Desocupando Irak: Porque EE.UU. debe terminar la Ocupación Militar y
Reiniciar la Guerra contra Al Qaeda)
.


Traducido por Augusto Ballester para Cato
Institute

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