El próximo presidente deberá recuperar la credibilidad perdida por culpa de presuntas malversaciones de fondos
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Sábado, 07 de febrero 2026

El próximo presidente deberá recuperar la credibilidad perdida por culpa de presuntas malversaciones de fondos
EDITORIAL
En junio de 1995, cuando la institución acababa de festejar sus 50 años, llegó James Wolfensohn, originario de Australia y naturalizado estadounidense, un rico banquero y ex esgrimista olímpico, para presidir el Banco Mundial durante 10 años. Desde su llegada, Wolfensohn hizo de la lucha contra la corrupción uno de sus principales caballos de batalla, y puso el acento en la pobreza extrema y la educación. A pesar de sus buenas intenciones, esta semana dejará su cargo bajo la sospecha de no haber combatido eficazmente la corrupción fuera y dentro de su propio organismo.
En efecto, analistas de la universidad norteamericana de Northwestern estiman que desde el inicio de la concesión de créditos por el Banco Mundial en 1946, los manejos ilegales de fondos alcanzan la astronómica cifra de 100.000 millones de dólares. Se dice que la corrupción en programas financiados por el Banco Mundial en todo el mundo ha costado 130 mil millones de dólares, con los cuales millones de personas que viven en condiciones de pobreza perdieron la oportunidad de mejorar sus condiciones socioeconómicas, como lo confirmó recientemente el senador de los Estados Unidos, Richard Lugar, del Partido Republicano y presidente del Comité de Relaciones Exteriores de Senado.
Esta investigación sacó a la luz el grave problema del Banco Mundial: su escaso control del dinero prestado, lo que provoca que los países no ocupen en forma correcta esos ingresos y que el banco no sepa lo que se hizo con los fondos. Estos huecos contables eran maquillados por los propios empleados, como lo acaba de asegurar un comité del Congreso legislativo estadounidense al investigar acusaciones de irregularidades contables en la principal agencia de ayuda al desarrollo del planeta.
El presidente del Comité Conjunto Económico, Jim Saxton, informó que “las inexactitudes en las cuentas del Banco Mundial son problemáticas por sí mismas, pero también estoy preocupado por el modo en que los gerentes habrían manejado estos asuntos. Investigaremos los hechos y determinaremos la validez de las acusaciones”, agregó. Según los ex empleados del Banco, los errores en el sistema contable sumaron decenas de millones de dólares, que fueron compensados en los libros mediante ajustes específicos. La institución entregó el año pasado más de 20.000 millones de dólares en préstamos y donaciones. Este escándalo es la mácula que rubrica la gestión James Wolfensohn.
Paul Wolfowitz, de 61 años, de ser aprobada su candidatura, se convertiría así en el décimo presidente de la institución. Su nominación recuerda la de Robert McNamara, ex ministro de defensa bajo las presidencias de John Kennedy y de Lyndon Jonson, quien dirigió el Banco Mundial de abril de 1968 a junio de 1981. Fue ésta la presidencia más larga, junto con la de Eugene Black, entre julio de 1949 y diciembre de 1962.
Sería muy beneficioso que Wolfowitz siguiera la estela de estos insignes precursores, como el mismo Robert McNamara, quien trabajó incansablemente para mejorar a la institución y usó su influencia en beneficio del Banco y la causa del desarrollo. También debe mencionarse el caso de Eugene Black, quien dejó la vicepresidencia del Chase National Bank para dirigir la institución financiera multilateral, a la que dotó de medios de financiamiento sólidos. Black, durante sus 13 años de presidencia, creó la mayoría de sus agencias, como el IFC, encargado del desarrollo del sector privado y el IDA, responsable de los préstamos preferenciales para los países en desarrollo, entre otras.
Este es el legado que debería asumir Wolfowitz, para que el Banco Mundial recupere la credibilidad perdida por culpa de las presuntas malversaciones de fondos que llevaron a cabo sus antecesores. El desafío será que los programas de desarrollo lleguen a quienes tienen que llegar porque, de no ser así, convendría pensar en soluciones más drásticas aunque no menos beneficiosas.
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