Tanto la ley de Wisconsin como la reelección de Walker pueden ser vistos en clave de lucha por el poder. No obstante, su triunfo en condiciones tan adversas también podría revelar el desencanto de muchos ciudadanos con los sindicatos.
A Scott Walker, gobernador republicano de Wisconsin y estrella del Tea Party, se la tenían jurada el movimiento Ocupa Wall Street así como los funcionarios públicos de ese estado por promover una ley hostil a los sindicatos.
La ley, que fue aprobada gracias a que los republicanos tienen mayoría en las dos cámaras legislativas, elimina el derecho de los empleados públicos a negociar colectivamente sus condiciones laborales, excepto las salariales. Además, reduce la contribución del presupuesto público a la pensión y al seguro médico de estos trabajadores. De esta forma, el estado pasa a ahorrarse 300 millones de dólares (241 millones de euros) en los próximos dos años.
Los únicos empleados públicos que se salvan de la guadaña son la policía y los bomberos, que son precisamente los dos sindicatos más poderosos de Wisconsin. Pero la excepción no impidió las protestas.
La aprobación de la ley sacó a miles de descontentos a las calles y, tras reunir más de 900.000 firmas, se logró convocar unas elecciones anticipadas para elegir gobernador (el mandato de Walker no termina hasta 2014).
Los votantes podían confirmar a Walker o elegir al demócrata Tom Barret, alcalde de Milwaukee. Pero había algo más en juego: si el hombre que se había enfrentado a los sindicatos volvía hacerse con la victoria, ¿no significaría eso que es posible ganar el pulso a los sindicatos?
La campaña de Wisconsin fue seguida con mucho interés por todo el país. “De un lado –explica The Economist (9-06-2012)–, porque el resultado final informaría a los demás gobernadores y alcaldes de derechas que están haciendo lo imposible por recortar el presupuesto, hasta dónde pueden llegar si rebajan las pensiones y los beneficios de los empleados públicos. De otro, porque mostraría el poder de que disponen los sindicatos”.
El 5 de junio, Scott Walker salió vencedor por un amplio margen (siete puntos sobre su rival), cuando lo habitual es perder este tipo de elecciones. Para The Economist, este episodio representa “una gran derrota para el sindicalismo frente al conservadurismo fiscal”.
Adaptarse para sobrevivir
Tanto la ley de Wisconsin como la reelección de Walker pueden ser vistos en clave de lucha por el poder. No obstante, su triunfo en condiciones tan adversas también podría revelar el desencanto de muchos ciudadanos con los sindicatos. A este desencanto se refiere en el New York Times Eduardo Porter, periodista especializado en temas económicos.
Hay tres datos significativos que muestran el declive de los sindicatos en EE.UU. Mientras que en la década pasada los trabajadores sindicados representaban el 20% de la fuerza laboral, hoy representan solamente el 8%. Entre los trabajadores del sector privado, menos de 1 de 14 está afiliado; la mitad menos que hace quince años. Y, según las encuestas Gallup, solo 1 de cada 5 estadounidenses confía en los sindicatos (el mismo porcentaje, por cierto, que en los bancos y en las grandes empresas).
Muchos líderes sindicales se escudan en razones ideológicas para explicar el escaso entusiasmo que despiertan hoy entre los trabajadores. Desde la época de Reagan en EE.UU. y de la Thatcher en Gran Bretaña, los sindicatos habrían sufrido un ataque que les habría llevado a perder sintonía con la sociedad.
Pero Porter ve las cosas de otra manera. A su juicio, los sindicatos se han quedado anticuados porque funcionan todavía con unos esquemas propios de la economía industrial. Pero les falta meterse de lleno en un mundo más abierto, dominado por la economía de la información.
Los sindicatos cumplieron bien su papel cuando podían garantizar que las condiciones laborales iban a mejorar de forma uniforme en muchos sectores industriales. Si conseguían, por ejemplo, negociar salarios más altos para una compañía de aviones o de coches, era frecuente que otras siguieran rápidamente los mismos pasos.
En la nueva era de la información, en cambio, el modelo de gran sindicato que apoya a una masa de trabajadores organizados parece haberse quedado obsoleto. Desde finales del siglo pasado, muchas de las nuevas empresas que están surgiendo en EE.UU. recurren a fórmulas de trabajo freelance y a contratistas independientes. Otras han encontrado una mina de oro en el extranjero, donde la mano de obra es barata y los sindicatos escasean.
Así las cosas, Porter propone un cambio de rumbo a los sindicatos. “En lugar de negociar solamente a favor de sus miembros, los sindicatos harían mejor en tirar para arriba de los salarios y las condiciones laborales de todos los trabajadores”.
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