Alerta un matutino chileno que las últimas cifras de desocupación no ofrecen grandes novedades y muestran una tasa de desempleo aún elevada, junto con un incremento importante en el total de ocupados: éste es el natural resultado de la expansión de la economía, que se ha activado por el notable crecimiento mundial, así como por la reacción al alza del gasto interno.
Desarrollo
Debe recordarse que el promedio de desempleo alcanzó a 8,8 por ciento en 2004, según el INE -un alza de tres décimas respecto de 2003-. Para el último trimestre las cifras fueron de 7,8 y 7,4 por ciento, respectivamente. La encuesta de la Universidad de Chile presentó tasas de desempleo más altas, por su metodología más rigurosa en la definición de desocupado y porque capta mejor el cambiante universo poblacional de Santiago, al incorporar más fluidamente los nuevos grupos de habitantes de la capital.
Así, la tasa de desocupación es todavía elevada y se encuentra dos o tres puntos por sobre la de años buenos, desde 1986 a 1997. Los resultados fueron malos desde la crisis asiática, habiéndose prolongado por más de un quinquenio que, por fortuna, concluyó hacia fines de 2003. El total de ocupados prácticamente no cambió en cinco años, observándose una fuerte recuperación sólo el año pasado, siendo natural que ante los mejores resultados aumente el número de personas que buscan trabajo, saliendo de la inactividad. Es un proceso que persistirá en el próximo futuro, en el que los ocupados continuarán creciendo de manera notable, junto con tasas más bien altas de desempleo, alimentadas por una enorme población que ahora ve una oportunidad de laborar.
Las cifras de desempleo de diciembre son “buenas”, porque hay más ocupados, pero son “malas” al mostrar tasas peores que el año anterior. Algunos sostienen que los empleos serían de mejor calidad, por tratarse de puestos de trabajo de naturaleza asalariada, con contratos, en vez de ocupaciones independientes o por cuenta propia. Esta afirmación es sólo parcialmente correcta, porque tiende a ignorar la realidad moderna de que los trabajos dependientes están en retirada en relación con otros de línea más profesional o calificada, que se llevan a cabo autónomamente. Las autoridades políticas nacionales tienen en esta materia un enfoque antiguo, que se refleja en una legislación que incentiva la protección de grandes masas de asalariados organizados que, en realidad, no existen sino marginalmente.
Esa legislación, que rigidiza y encarece las contrataciones, explica la elevada inactividad nacional y las altas tasas de desempleo. Es natural que los puestos de trabajo aumenten con la mayor actividad productiva, pero la cantidad demandada de trabajo se mueve de manera inversa al precio de los servicios laborales o, más bien, a sus costos, incluidos aquellos indirectos, como los de orden judicial o de variados contralores o inspectores oficiales.
La tasa chilena de participación laboral es de las más bajas del mundo e, incluso, de América Latina, realidad que se esconde o ignora, pese a su evidente importancia social y a su efecto negativo en la distribución del ingreso.
En un marco de crecimiento económico como el actual, con reglas laborales más flexibles y acordes con el mundo moderno, competitivo y de creciente calificación de los trabajadores el empleo subiría notablemente en el país, en uno o dos millones de personas.
Tales son las cifras que resultan de aplicar los coeficientes de participación laboral que se observan en otras naciones de mediano desarrollo o de nivel económico superior.
Fuente: Editorial de El Mercurio (Chile)
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