Para Pedro Schwartz, el canciller Schroeder ha visto la cuestión con claridad. Alemania no puede pagar beneficios y servicios sociales cada vez más generosos si no crece la riqueza.
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Martes, 21 de julio 2026
Para Pedro Schwartz, el canciller Schroeder ha visto la cuestión con claridad. Alemania no puede pagar beneficios y servicios sociales cada vez más generosos si no crece la riqueza.
Pedro Schwartz
A principios de la década de 1990 el ingreso medio por persona de Alemania
superaba en 14% el del Reino Unido. En 2003 eran los británicos los que gozaban
de un ingreso medio superior en un 10% al de Alemania.
La situación
relativa alemana queda bien clara: Alemania se encuentra estancada mientras la
economía más abierta y más flexible de la Gran Bretaña gana puestos en la
clasificación europea. El canciller Schroeder presentó al principio de la
presente legislatura el “Plan 2010” con propuestas para reformar a fondo del
mercado de trabajo y del sistema de bienestar de la República Federal. Su
popularidad en las encuestas de opinión ha caído más bajo que nunca. Mientras la
economía crece, la gran mayoría de los votantes de las democracias avanzadas
piden creciente protección social, ya sea con normas laborales que dulcifican el
esfuerzo diario, ya sea con prestaciones cada vez más generosas en sanidad y
pensiones. Pero ese continuo aumento de la protección social, que al principio
parece inocuo, acaba poniendo en peligro la prosperidad del país.
El
Plan de Schroeder está encontrándose con obstáculos políticos y constitucionales
que a veces parecen insuperables. La República Federal es un modelo del sistema
de frenos y contrapesos creados para evitar los abusos de poder de partidos
políticos o grupos de interés a costa de la mayoría silenciosa.
El poder
co-legislativo del Senado y la Cámara, los poderes muy amplios de los Länder o
Autonomías, llevan a que las decisiones o concesiones demagógicas no puedan
introducirse de golpe, al albur de una victoria electoral o de una huelga
general. Pero una vez introducidas, esos mismos frenos y contrapesos atan las
manos de los gobiernos reformistas. La división de poderes, instaurada para
retrasar los abusos de poder, se convierte en un baluarte defensivo de los
buscadores de rentas. Sin embargo, no debemos desesperar. La creciente rigidez
laboral y la expansión del gasto social están sometidas a tres frenos, lentos
pero eficaces. El primero es la evidencia de estancamiento de la empresa en la
que uno trabaja y de la economía en general. El segundo es la resistencia a
pagar cada vez más impuestos. El tercero es la apertura del país a la
globalización y la competencia internacional.
Daré dos muestras de la
operación de algunos correctivos en las empresas alemanas. La Siemens acaba de
acordar con el poderoso Sindicato del Metal que sus trabajadores en Alemania
aumenten sus horas de trabajo de 35 horas semanales a 40, sin aumento de paga,
para evitar el traslado de las plantas a otros países. La DaimlerChrysler, por
su parte, está inmersa en un conflicto colectivo con el mismo sindicato porque
quiere reducir los costos de su planta de Baviera en €500 millones, bajo la
amenaza de llevar la producción a Bremen o a Sudáfrica. No es que los
trabajadores alemanes no sean productivos: la prueba es el superávit de
exportaciones industriales alemanas. Es que esos tan productivos trabajan pocas
horas.
Otra muestra de medidas tomadas para limitar la deriva del gasto
social la encontramos en algunas reformas aplicadas por Schroeder en su camino
hacia el 2010. Los pacientes que acuden a un médico de la Seguridad Social
tienen que pagar un euro por visita. Eso ya ha reducido las visitas de 550
millones al año a 500 millones. El objetivo de estas y otras medidas semejantes
es intentar reducir el gasto del sistema público de salud de €142 miles de
millones a €119 en 2007.
El canciller Schroeder, socialdemócrata, ha
visto la cuestión con claridad. Alemania no puede pagar beneficios y servicios
sociales cada vez más generosos si no crece la riqueza. También ha comprendido,
porque los datos se lo han metido por los ojos, que la proliferación de cuantía
de esos privilegios laborales puede paralizar el desarrollo económico.
Igualmente ha entendido que el modo de financiar las prestaciones sociales puede
infligir graves distorsiones a la economía nacional. Si las medidas de política
laboral resultan en un aumento de los costos de producción, las empresas
comienzan a pensar en la temida “deslocalización” y el crecimiento de la
producción nacional desmaya.
Si las conquistas sociales han de
financiarse con las cuotas de la Seguridad Social, el gasto se cubrirá con lo
que a fin de cuentas es un impuesto sobre la mano de obra. Lo que no sé es si
los votantes se lo agradecerán, pero a la fuerza ahorcan.
Pedro Schwartz
Presidente del MTS Spain, profesor de la Universidad San Pablo CEU de Madrid y
Académico Asociado del Cato Institute.
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