Política

El fracaso de la contención iraní

“Los europeos no tienen ni idea de qué hacer si el tema llega al Consejo y no llega a ningún lado a causa de la falta de consenso. ¿Se decantarían en favor de sanciones unilaterales contra Irán? ¿Tomarían acciones militares?”

Amir Taheri

 


LA JUNTA DE GOBERNADORES de la Agencia Internacional de la Energía Atómica (IAEA) está convocada esta semana para decidir si llevar a Irán ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas por la presunta violación del Tratado de No Proliferación Nuclear. Irán está haciendo esfuerzos de última hora por atascar la decisión, pero ya está claro que la estrategia europea – llevada a cabo por Gran Bretaña, Francia y Alemania – para ocuparse de la búsqueda clandestina de armamento nuclear por parte de Irán ha fracasado.


 


El trío de naciones de la UE había basado su política en tres premisas. La primera era que Teherán estaba jugando con el tema nuclear simplemente por sacar beneficios políticos a corto plazo, para llamar la atención y obtener “respeto”. Pero ahora sabemos que la decisión de desarrollar la “capacidad de ciclo” del armamento nuclear fue tomada al menos hace una década como parte de la nueva Doctrina de Defensa Nacional, que ha sido descrita como “sacrosanta” por “El Guardián Supremo”, Alí Jamenei.


 


La segunda premisa era que en las elecciones presidenciales del pasado junio, barrería Hashemi Rafsanjani, un mulá trapichero sin escrúpulos con conexiones empresariales en los tres países europeos. Como presidente, se suponía que Rafsanjani iba a abandonar el proyecto nuclear de Irán a cambio de “un lugar honorable” en la mesa de acuerdos comerciales globales en favor de su clan. Sin embargo, las cosas fueron distintas. Mahmoud Ahmadinejad, que sí alcanzó la presidencia, no siente sino desprecio hacia Gran Bretaña, Francia, y Alemania. Uno de los consejeros de Ahmadinejad, un tal Mohammed-Javad Larijani, ha descrito al trío como “parte de las naciones más incivilizadas de la tierra”


.


La tercera premisa del trío europeo era que la República Islámica se tambalearía ante la posibilidad de remisión al Consejo de Seguridad. También esto ha demostrado ser falso. Lejos de temer la posibilidad, la nueva directiva parece resuelta a provocarla. “No tenemos ningún miedo al Consejo de Seguridad”, dice Hussein Shariatmadari, uno de los mentores ideológicos de Ahmadinejad. “Si la IAEA no abandona sus acusaciones, puede que llevemos el tema nosotros mismos ante el Consejo de Seguridad”.


 


Esto no es un farol. Teherán afirma que ya cuenta con garantías rusas y chinas de que cualquier resolución “anti-Irán” será vetada.


 


Todo esto es muy embarazoso, por decirlo suavemente. Los europeos no tienen ni idea de qué hacer si el tema llega al Consejo y no llega a ningún lado a causa de la falta de consenso. ¿Se decantarían en favor de sanciones unilaterales contra Irán? ¿Tomarían acciones militares?


 


La administración Bush, por su parte, se encuentra igualmente en una postura embarazosa. Habiendo subarrendado su política de Irán al trío, ahora le quitan la hoja de parra.


 


Europa y Washington parecen estar minimizando la importancia de toda la situación, presentando nuevas presuntas investigaciones junto a una serie de filtraciones inefables, con el fin de convencer a la opinión pública de que la amenaza nuclear iraní no es tan apremiante después de todo. Un informe de estimación de la Inteligencia Nacional, filtrado el mes pasado, afirmaba que Irán se encuentra a entre seis y 10 años de lograr una bomba atómica. Al Instituto Internacional de Estudios Estratégicos, una institución británica que se hizo eco de esa afirmación la semana pasada, le siguieron rápidamente expertos franceses haciendo afirmaciones similares en la prensa de París.


 


Nada de esto, sin embargo, afronta la llamativa posibilidad de que todo el tema nuclear no haya sido sino una distracción de la hostilidad fundamental de Irán hacia Occidente. El “programa a medio y largo plazo” que el Presidente Ahmadinejad presentó al Majlis Islámico (el parlamento) el mes pasado se basa en la rígida aserción de que el mundo va directo a “un choque de civilizaciones”, parte del cual se librará entre Estados Unidos e Irán en Oriente Medio.


 


El documento de 6.000 palabras describe a Estados Unidos como una potencia “en declive” (ofuli) y presenta a Irán como una potencia “en ciernes” (tolu´í). Afirma que Irán es “la potencia central” del islam, y la que está destinada a ganar el duelo contra unos Estados Unidos “en sus últimos estertores”. El documento de 6000 palabras también afirma que “El liderazgo es el derecho inalienable de la nación iraní”.


 


Mientras que parte de esto puede estar adornado como hipérbola, no hay duda de que la nueva directiva en Teherán ya está metida en una guerra de baja intensidad contra Estados Unidos mientras envía terroristas a Irak a través de la frontera. Teherán está dispuesto a continuar el ritmo de armas y terroristas con vehemencia hasta el final de la presidencia de George W. Bush. La nueva directiva considera a Bush como una aberración, y está convencida de que quienquiera que le suceda, volverá a la política americana tradicional de “agitar la vara y salir corriendo”.


 


Con alrededor de 200 millones de dólares ingresando en sus arcas a diario como resultado de los crecientes precios del crudo, la República Islámica se ha embarcado en una carrera militar de importancia, en especial junto a la frontera de Irak, que ha sido colocada bajo control del Cuerpo de la Guardia Revolucionaría Islámica.


 


Ahmadinejad también ha prometido “aumentos sustanciales” del presupuesto militar de la nación y del controvertido proyecto nuclear.


 


Al derrocar a los Talibanes de Afganistán y al Baaz de Irak, Estados Unidos ha destruido a los dos enemigos más acérrimos de la República Islámica. Al expulsar a Siria del Líbano, Estados Unidos ha dejado a Irán como única influencia regional de importancia en Beirut. Incluso el debilitamiento de los regímenes tradicionales despóticos árabes ha ayudado a la República Islámica, que está ocupada restableciendo sus redes en Arabia Saudí, el Golfo Pérsico e incluso Egipto y el norte de África. El mensaje iraní es simple: “¡Los americanos se irán, pero nosotros siempre estaremos allí!” Ese mensaje está encontrando cada vez más resonancia, incluso entre los nuevos liderazgos de Kabul y Bagdad.


 


“La marea se vuelve a nuestro favor”, dice Shariatmadari. “¡Incluso el Katrina trabaja a nuestro favor!”


 


La nueva chulería de Teherán se debe sobre todo al fracaso de la administración Bush a la hora de desarrollar una política coherente con respecto a Irán. Esto ha dado a Irán la iniciativa, mientras Estados Unidos desempeña la respuesta y el control de daños, especialmente en Irak.


 


Washington tiene tres opciones. En primer lugar, puede intentar atraer a Irán con la esperanza de cambiar aspectos de su comportamiento a cambio de concesiones en diplomacia y seguridad. Esto sería una nueva versión de la “gran oferta” que el Presidente Bill Clinton intentó vender a los mulás en 1999. La tentativa de Clinton fracasó porque la directiva de Teherán en aquella época estaba demasiado dividida. Tal oferta tiene mejores perspectivas hoy, aunque sólo sea porque el bando iraní habla ahora con una sola voz. Pero significaría sacrificar posibilidades de democratización en Irán en nombre de consideraciones de realpolitik a corto plazo.


 


La segunda opción es aceptar una mini-versión de la Guerra Fría, esta vez con Irán como principal adversario. Esta mini-Guerra Fría podría durar décadas y, al igual que la grande librada contra la URSS, incluiría casi con total certeza guerras de baja intensidad libradas a través de intermediarios en Afganistán, Irak, la Región del Caspio, el Golfo Pérsico e Israel. La República Islámica acabará perdiendo, igual que la URSS. Pero el precio de lograr la victoria a través de los años, por no decir décadas, podría ser enorme, especialmente para los aliados regionales de Estados Unidos, Israel y Arabia Saudí incluidos.


 


La tercera opción es una política de cambio del régimen. Esta no tiene porqué significar invasión militar como en Afganistán o Irak, aunque nunca debería descartarse el uso de la fuerza. La República Islámica es una estructura frágil que no está en posición de representar un costoso juego de poder sobre el tablero. Su liderazgo ha perdido la confianza de quizá la gran mayoría de iraníes, mientras que los feudos faccionales del pasado podrían volver a plagarlo en cualquier momento. Lo que es más importante, Irán tiene un fuerte potencial nacional para un movimiento básico de democracia que podría desafiar la belicosa visión de la presente directiva. Puede que tal política no tuviera éxito antes del final de la presidencia Bush, pero contaría con el inmenso mérito de poner a la defensiva a los mulás e instigar en ellos el temor a la avaricia, por no decir a Alá.

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