Política

El gobierno de Incumbistán

Mark Steyn

De todas las frases maravillosas de Ronald Reagan, esta es mi favorita: “Somos una nación que tiene un gobierno — no al revés“.


 


Lo dijo en su discurso inaugural de 1981, y, a pesar del Congreso de control Demócrata, lo vivió. Resume su herencia en el extranjero: a lo largo de la Europa post comunista, de Lituania a Bulgaria pasando por Eslovenia, los gobiernos que tenían naciones habían sido reemplazados por naciones que tienen gobiernos.


 


Pero también es una distinción importante para los estados no totalitarios. Por ejemplo, en mayo del 2004, el gobierno canadiense de entonces anunciaba orgullosamente que en el último mes, el país había “creado” 56.100 nuevos empleos. Son noticias alucinantes, ¿no? El viejo motor económico bramando realmente a toda máquina. Pero en un examen más de cerca, de esos 56.100 nuevos empleos, 4.200 eran autónomos, 8.900 eran en empresas privadas, y los 43.000 restantes estaban en la nómina pública. Por eso lo llaman “crear empleos”: el 77% de los nuevos empleos eran empleos gubernamentales, pagados por los pobres idiotas trabajando en el 23% restante; las “buenas noticias” eran simplemente la aceleración sin dilación de la transferencia de riqueza del sector dinámico de la economía al no dinámico. Durante gran parte de su historia reciente, Canadá ha sido un gobierno que tiene una nación. Y pasado el charco, la Unión Europea es un gobierno que tiene un continente.


 


¿Qué actual miembro de la creme de la creme del Partido Republicano podría articular esa frase de Reagan y darle sentido? Vea al portavoz de la Cámara, J. Dennis Hastert. La semana pasada ocurrió algo muy inusual: de Washington salió una noticia que no proyectaba mala imagen sobre la competencia o la autodisciplina del Partido Republicano. ¡Era acerca de un Demócrata! Un colega de Louisiana llamado William Jefferson. Investigación por corrupción. No se preocupe, si está demasiado distraído con “American Idol[1], no es difícil de seguir, simplemente necesita tener una pequeña imagen visual: según un auto judicial del FBI, este congresista Demócrata fue sorprendido en vídeo aceptando un soborno de cien de los grandes de un informador del gobierno, almacenándolos después en su nevera. Eso es lo que suponía que era el escándalo: Demócratas sobre hielo 2006. Todo lo que el Partido Republicano tenía que hacer era mantenerse al margen y dejar que Jefferson y sus defensores Demócratas patinasen sobre la delgada capa de hielo como Tonya Harding con sus ajustados leotardos llenos de billetes de veinte no correlativos. Era la noticia perfecta: ningún Republicano tenía que salir perjudicado necesariamente en la formación de este escándalo.


 


De modo que, ¿qué hace Haster? La directiva Republicana de la Cámara y él intervienen en el caso a favor del Demócrata: expresan feroz desaprobación a que el FBI cometa la afrenta contra la dignidad de su señoría de acudir al tribunal, obtener una orden, y registrar la oficina de Jefferson. En términos constitucionales, afirman que viola la separación de poderes. En términos políticos, se suben a la Frigidaire[2] del bolsillo helado de Jefferson. ¿A qué se reduce el desprecio de la base Republicana al Congreso? A que los revolucionarios Gingrich[3] se han convertido en potentados mimados del Washington pre-1994, una arrogante élite distante intocable interesada únicamente en proteger los privilegios de la clase permanente en el gobierno. ¿Pero cómo confirmarlo mejor? Hmm. ¿Qué tal si sacamos al portavoz Republicano a argumentar que los congresistas están más allá de la jurisdicción de las agencias del orden americanas?


 


Después de todo, el Contrato con América del Partido Republicano de 1994 afirmaba con bastante claridad que en adelante “todas las leyes que se aplican al resto del país también se aplican igualmente al Congreso“.


 


Pero eso fue hace mucho tiempo, ¿no?


 


La idea constitucional está clara. La “inmunidad” del Congreso es simplemente la conservación del privilegio parlamentario inglés de los Fundadores. Es decir, un representante electo no puede ser juzgado por nada que diga durante la legislatura. El motivo de eso es crear un clima en el que los miembros parlamentarios sean libres de contar la verdad. Pero extrañamente, mientras el escalofriante tinglado de la “reforma exhaustiva de la inmigración” se desenvuelva, eso es más o menos lo que no hacen: la ley del Senado fue aprobada a presión por una falange de evasiones y eufemismos y ofuscaciones y medias tintas — siendo la más media la queja de John McCain de que aquellos que tienen objeciones a que se recompense a los inmigrantes ilegales por su violación de la ley con seguridad social atrasada y otros derechos, les fuerzan “a subir a la parte trasera del autobús” .


 


Oh, por favor. Los ilegales suben a la parte delantera del autobús. La mujer extranjera del ciudadano americano a medio camino de su solicitud de residencia permanente de una década de duración es la que va a estar condenada a la parte trasera del autobús.


 


En otras palabras, el Congreso Hastert-McCain es hoy la inversión total de lo que debería ser: no ejercerán su derecho al debate valiente y honesto, pero pueden reclamar el derecho a que los congresistas conserven pruebas de crimen y corrupción en sus oficinas sin estar abocados a tonterías insignificantes como órdenes de registro dictadas por la justicia.


 


A propósito, incluso si uno estuviera a favor de la ley “reforma exhaustiva de la inmigración”, es una fantasía total. Cualquiera que tenga alguna experiencia en el sistema norteamericano de inmigración sabe que no hay modo de poder meter a presión otros 15 millones de personas en las salas de espera de un sistema que apenas puede procesar solicitudes rutinarias no ordinarias en una década. Pero entonces la cada vez mayor desconexión entre la legislación ineptamente redactada y la realidad parece carecer de interés para el Congreso de los Estados Unidos. Nicole Gelinas, de City Journal, publicaba una noticia interesante el otro día acerca del efecto de las reformas regulatorias Sarbanes-Oxley, pobremente redactadas y aprobadas deprisa y corriendo en los albores del colapso Enron. La carga regulatoria impuesta por la Sarbanes-Oxley ha incrementado el precio de ser una compañía de tamaño medio en un 223% desde el 2002. Como resultado, cada vez más compañías no eligen cotizar en el New York Stock Exchange, sino en Londres, Luxemburgo u Hong Kong. Sarbanes-Oxley es una ley mal redactada que obliga a las compañías a dedicar cantidades extraordinarias de tiempo y dinero con la esperanza de cumplir sus vagos requisitos. Tiene más sentido ir a cualquier otro lado. En otras palabras, el precio del acceso a los mercados de cotización americanos ha pasado a ser demasiado elevado.


 


Pero hey, eso no es un problema para los legisladores federales, que se han ido a retozar a otros pastos. Decía el otro día que McCain y Specter y Sarbanes y Lott y los demás eran presidentes vitalicios del único partido de Incumbistán. Entre lo de la reforma exhaustiva de la inmigración y la reforma de la gestión corporativa y la reforma de financiación de campañas y la reforma de la reforma de financiación de campañas y todos los demás cambios, McCain y compañía siguen navegando, eternamente sin cambios, década tras década. No hay planes de reforma de gobierno del Senado o reforma de financiación Trent Lott. Incumbistán es un gobierno que tiene una nación.






[1] Versión americana de Operación Triunfo.



[2] Marca de neveras.



[3] Republicanos producto de la debacle Demócrata del 94.


MARK STEYN es periodista canadiense, columnista y crítico literario natural de Toronto. Trabajó para la BBC presentando un programa desde Nueva York y haciendo diversos documentales.

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