Las estadísticas internacionales colocan al Brasil como el segundo consumidor de cocaína en el mundo luego de los EE.UU. y entre los primeros cuatro países en número de secuestros y asesinatos. Los crímenes con uso de armas de fuego rondan los 110 por día. Años atrás, se decía que Brasil había aprendido a convivir con la violencia y que ella no afectaba el desarrollo el devenir del país. Esto parece ya no ser una afirmación tan valedera.
Fabian Calle, investigador asociado de CADAL, advierte sobre el impacto de la inseguridad
La reciente ola de violencia en Río de Janeiro ha vuelto a poner en el centro de la atención la problemática de la seguridad interior en Brasil y su interacción con el narcotráfico, tráfico de armas, el submundo carcelario, la corrupción y las internas policiales. Si bien de escala y naturaleza menos impactante que lo ocurrido en Mayo pasado en San Pablo, lo acontecido en el Estado carioca vino a terminar de definir una agenda que se viene gestando en los últimos 2 a 3 años. ¿A qué nos referimos?, a la toma de conciencia por parte de un segmento de la elite política de Brasil de que el tema de la inseguridad ha llegado para quedarse y que si no se responde de manera inteligente y articulada (entre el nivel nacional y estadual o provincial) comenzará a condicionar la vida política, económica y social del país de una manera inaceptable.
Un agregado no menor de la reciente ola de violencia en Río es que se dio durante el ascenso a gobernador del Cabral, carismático y heredero de un apellido popular y respetado, el cual llevó a cabo una campaña centrada en depurar a las fuerzas policiales y afrontar el tema de la corrupción como facilitador de la violencia. Por este motivo, diversos especialistas brasileños han puesto énfasis en la posibilidad que a la violencia crónica se le sume más activamente intentos de “sabotajes políticos y mediáticos” por parte de sectores de las FF.SS. eventualmente perjudicadas por las políticas del nuevo gobernador. El otro factor relativamente nuevo, si bien ya existen comentarios y análisis desde hace 2 a 3 años, es la aparición del un creciente fenómeno de “paramilitarización” de la violencia. Se trataría, según estos estudios, de la progresiva formación de grupos armados conformados por miembros activos y retirados de fuerzas policiales, de seguridad, etc., que operarían contra los “Comandos”, mafias del narcotráfico y el crimen organizado en las diversas favelas y cuyo objetivo final es lograr una “pax” que les permita el control de esos territorios para sus nacientes negocios (tanto expensas de los “Comandos” como del mismo Estado).
Todo ello combinado una “patina” o cobertura ideológica, en donde algunos de los principales grupos de crimen organizado como el Primer Comando de la Capital y el Comando Rojo dicen impulsar mejoras sociales y críticas al sistema elitista y capitalista y los “paras” levantando las banderas de “orden y progreso”.
Al momento de enumerar algunos antecedentes del debate y la situación de la seguridad en Brasil, cabría citar:
1) En el 2004 el gobierno de Lula decide formar una Fuerzas Nacional e Seguridad, la primera de alcance nacional que tiene Brasil a excepción de las FF.AA., reclutando a los mejores efectivos de las fuerzas de seguridad preexistentes.
2) El Decreto de Defensa Nacional dado a conocer por el gobierno nacional en el 2005. Entre sus puntos más salientes se destacan una clara definición de las áreas estratégicas prioritarias: 1) el Amazonas (por el impacto de la guerra en Colombia, el narcotráfico, narcoguerrillas, depredación ambiental, etc.) y 2) el Atlántico Sur (tanto por su rol los flujos del comercio internacional del Brasil como por ser la zona en donde se concentran parte sustancial de las riquezas petrolera y gasíferas). A su vez, destaca que a pesar de la tan mentada globalización e interdependencia económica se asiste a un mundo en donde las ambiciones de otros Estados sobre el territorio y los recursos naturales de otros países serán moneda corriente y que para ello el sector de la Defensa Nacional debe contar con adecuados niveles de recursos económicos, materiales bélicos, recursos humanos y tecnología. Asimismo, reconoce el creciente peso de amenazas no estatales entre las que subraya el crimen organizado y al terrorismo.
3) El debate iniciado en el 2006 al interior del gobierno y de sectores moderados y pragmático del PT sobre la necesidad de enmarcar el accionar del crimen organizado en Brasil bajo a tipología e terrorismo.
4) Los comentarios el Jefe del Ejército, el General Alburquerque, sobre la utilidad que para sus fuerzas tiene la experiencia que se viene acumulando en la Operación en Haití, para desarrollar en un futuro acciones más activas en favelas. Cabe recordar que los contingentes militares enviados por Brasil a Haití en los últimos años han sido básicamente provenientes del Río y San Pablo.
5) En el 2004-2005 Lula decide darle un nuevo marco legal a eventuales operaciones militares en tareas de seguridad interior, facilitando el respaldo legal a las mismas en caso de que sean necesarios, autorizando la creación de zonas militares, permitiendo inteligencia preventiva y subordinando a las fuerzas policiales a las FF.AA. en caso de crisis.
6) Las estadísticas internacionales colocan al Brasil como el segundo consumidor de cocaína en el mundo luego de los EE.UU. y entre los primeros cuatro países en número de secuestros y asesinatos. Los crímenes con uso de armas de fuego rondan los 110 por día.
Tal como indicáramos previamente, los hechos de Río (cuyo gobernador es un firme aliado de Lula al contrario de lo ocurrido con el gobernador de San Pablo en el 2006) han actuado de catalizador. Ello ha quedado reflejado por el bautismo de fuego de la nueva Fuerza de Seguridad Nacional (si bien al parecer, en un número reducido en lo que respecta a efectivos desplegados en las calles), la definición de Lula de calificar de terrorismo la metodología de los “Comandos” o grupos del crimen organizado y la decisión de recurrir las FF.AA. para tomar un rol más activo en tareas de seguridad de las periferias de los cuarteles y zonas estratégicas. En una definición certera, el gobernador Cabral afirmó recientemente que se suele hablar de militarización de la lucha contra el narcotráfico de manera crítica olvidando que los primeros en militarizar arsenales, acciones y estructuras ha sido el propio crimen organizado en algunas de las grandes ciudades de Brasil. Un secuestro de armas a estas organizaciones, han mostrado una variedad que va desde fusiles de asalto M-16, R-16, AK-47, granadas de mano, pistolas de todos los calibres, explosivos varios y hasta pequeños lanzacohetes antiblindados y minas antipersonales.
Años atrás, se decía que Brasil había aprendido a convivir con la violencia y que ella no afectaba el desarrollo el devenir del país. Esto parece ya no ser una afirmación tan valedera…
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Fuente: Nueva Mayoría (Argentina)
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