Editorial
El pasado 19 de octubre, Diario Exterior publicó un extenso informe a cerca de las causas que originan la pobreza y que llevan a sociedades enteras a caer en la especulación. La principal causa, según este informe, reside en la corrupción generalizada de gobiernos y administraciones que desprecian el esfuerzo contributivo de la sociedad malutilizando sus recursos.
Esta malversación produce un impacto profundo. Porque no sólo genera desconfianza en la acción política (fundamental en las democracias) sino que debilita el necesario acuerdo fiscal entre Estado y sociedad. La delicada confianza de los ciudadanos en “lo público” se ve profundamente lesionada y provoca una desidia común: nadie desea pagar impuestos porque éstos se emplean mal, o malversadamente.
La segunda consecuencia vital para las sociedades liberales y demócratas es la perdida de confianza en el esfuerzo personal, y en la fortaleza de la iniciativa privada. Al quebrarse la confianza en la autoridad (producto de la corrupción) se pierde la confianza en la igualdad de las personas ante la ley. En la imparcialidad que debe garantizar el Estado de Derecho. Y en esta declinación quien sufre es la propiedad privada, que depende del imperio de la ley para subsistir.
Esto es lo que ocurre, a decirlo de una vez, con el régimen de Chávez. Una vomitosa marea de corrupción sostenida por el altísimo precio del petróleo y la inescrupulosidad caritativa. Chávez asiste a los pobres al tiempo que hunde a su sociedad en la más desesperante incapacidad. Porque no será a través de la dádiva que el país salga adelante, sino a través del rendimiento productivo que sus propias fuerzas desarrollen. Teoría del desarrollo en estado puro.
El Nuevo Herald reproduce ayer una exacta nota de Osvaldo Álvarez Paz. Éste, fundador y presidente del Partido Alianza Popular, denuncia la vergonzosa rapacidad del régimen chavista y formula un diagnóstico preciso sobre la sociedad venezolana. Dice, como todo el mundo sabe, que los venezolanos detestan el comunismo tanto como reivindican la propiedad privada. Que consideran a ésta (como si hubieran releído al propio John Locke) como un derecho humano fundamental. Y a partir de ello explica el desmoronamiento de la popularidad de Chávez.
El informe de Transparencia Internacional expone algunos datos interesantes: Chile es el país con menor corrupción en América Latina, situándose por delante de España (en el puesto 21). Venezuela, Paraguay y Haití son los más corruptos de la región (130, 144 y 155 respectivamente); e Islandia el menos corrupto del mundo. En medio, países como Argentina, Méjico y Perú cuyos desempeños perjudican su credibilidad política. El informe afirma en sus conclusiones –finalmente- que pobreza y corrupción son fenómenos que se retroalimentan perjudicialmente.
Volviendo a Venezuela, Álvarez Paz afirma que el régimen de Chávez es el más corrupto de todos. La hemorragia de dólares producida por el petróleo sirve al populista para fomentar el asistencialismo y atacar a la propiedad privada. Para desalentar los últimos vestigios de una debilitada economía. Como siempre ocurrirá, sólo los grandes podrán sortear el problema. Pero el mercado, la inmensa cantidad de consumidores, caerá en la trampa intervencionista.
En otra nota publicada por Exterior antes de ayer, dábamos cuenta de la inaudita salida de capital que se está produciendo en Venezuela desde 1999. Concretamente, más de 45.000 millones de dólares salieron disparados de las cuentas nacionales para instalarse en lugares más seguros. Y según pudo conocer Diario Exterior por fuentes propias, el traspaso de fondos que ordenó Chávez, desde los Estados Unidos a Europa, produjo a la sociedad venezolana una pérdida multimillonaria sólo en la transacción.
Por ello es que el pueblo venezolano debe estar preocupado. No por los humos ideologistas de un líder de barricadas; no por su inexpresable incomprensión de los tiempos que corren; sino por el tremendo daño que la falta de racionalidad y sensatez está produciendo al conjunto de la sociedad. Una sociedad que no resignará sus derechos, aún ante la más absurda obstinación autoritaria de su líder.
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