Pensamiento y Cultura

El retrato de la sociedad americana y las críticas a los “intelectuales” de izquierda

Después de las elecciones del 3 de noviembre en Estados Unidos, en las que Bush volvió a ganarse la confianza de los electores, Tom Wolfe informó, a quien quisiera escucharle, que él había votado por Bush. Además, se ofreció a despedir en el aeropuerto a todos aquellos “intelectuales” que proclamaron la absurda idea de que se irían del país si Bush volvía a salir elegido ya que no soportarían otros cuatro años de mandato.

TOM WOLFE
Tom Wolfe ha nacido para provocar. O por lo menos para causar expectación en
quiénes se acercan a él. ¿Quién, si no, podría vestirse siempre de traje de
blanco sólo por el placer de irritar a los demás?

Wolfe acaba de sacar un
libro que retrata la realidad de las universidades americanas. Días y orgías de
sexo y alcohol son criticadas por el autor de “La hoguera de las vanidades” que
de manera tan satírica e hiriente es capaz de reflejar lo mejor y lo peor de la
sociedad americana.

A pesar de su pasión por Nueva York, sigue teniendo
el corazón sureño. Sólo hay que escarbar un poco para darse cuenta de que cree
en una América idealizada, casi rancia, tan bien encarnada en una de esas viejas
películas de Hollywood en las que aparecía Ronald Reagan.

Nació en
Richmond, Virginia, y cuando era pequeño no se acostaba sin antes rezar. “Le
daba las gracias a Dios por haber nacido en Estados Unidos, el mejor país de la
tierra. Y en Virginia, que era sin duda el mejor Estado porque ha dado más
presidentes que cualquier otro. Estaba en la mejor ciudad, en el mejor Estado,
en el mejor país, y pensaba que no podía ser más feliz de lo que ya era. Y eso
que estábamos en plena Depresión… pero yo no tenía ni idea de lo que era una
depresión”.

Wolfe es además el hombre que revolucionó el periodismo en
los 60 y se convirtió en una de las grandes voces de la narrativa norteamericana
y nunca ha dejado de ser un provocador. Observa lo que le rodea hasta el último
detalle, escucha a la gente y quiere que sus novelas sean el espejo de Estados
Unidos, “un país muy raro, pero maravilloso”.

Las élites de izquierdas

Pero Wolfe es algo más.
Algunos han insistido en meterle en el mismo grupo de esa corriente llamada
“neoconservadores” y él, como en una reciente entrevista, no tiene reparos en
criticas a esos intelectuales que se denominan “elites de izquierdas” si escasa
visión de la realidad, su estrechez de miras.

“Son ridículos. Son tan
reaccionarios que en realidad su pensamiento no ha progresado desde 1945. La
figura del intelectual tiene prácticamente un siglo de vida. El término fue
creado por el francés Clemenceau para designar a los escritores, los artistas,
los que creaban. Ahora, la palabra intelectual se ha desvinculado de lo que
supone un logro intelectual; un intelectual es un consumidor de ideas, ya no
hace falta ser un creador. En realidad, ser creativo es un estorbo. El ejemplo
perfecto es Noam Chomsky”.

Y considera, sin rubor, que precisamente
Chomsky representa todo aquello que él critica haciendo un pequeño repaso a su
carrera “antes de la guerra de Vietnam, Chomsky era el gran lingüista de EE.UU.
Se inventó la teoría revolucionaria de cómo se crea el lenguaje y qué es lo que
se puede hacer con él. Pero no estaba considerado como un intelectual, porque un
intelectual es alguien que sabe sobre un asunto, pero que, públicamente, sólo
habla de otras cosas. Y cuando Chomsky empezó a denunciar públicamente la
guerra, ¡de repente se convirtió en un intelectual! Aquí un intelectual tiene
que indignarse sobre algo”.

Y continúa, “como dijo McLuhan, la
indignación moral es la estrategia adecuada para revestir de dignidad al idiota.
Y eso es lo que hace la mayoría de los que se dicen de izquierdas: en lugar de
pensar, lo cual es duro, lleva tiempo, hay que leer, se indignan por algo y eso
les reviste de dignidad. Siempre han escogido las opciones equivocadas. Me
encanta tener al presidente Mao aquí, en mi mesa; Mao fue considerado hasta el
final como una gran figura por la gente de izquierdas. También había muchos que
pensaron lo mismo de Pol Pot, que exterminó a media Camboya”.

A la hora
de definirse políticamente, Wolfe lo hace “como un demócrata a lo Jefferson y,
desde un punto de vista cultural, reivindico de nuevo a Balzac que en su fuero
interno era un conservador que deseaba la vuelta de la monarquía, pero en sus
libros describía con gran pasión las clases más humildes. Desde este punto de
vista, el planteamiento de Zola es muy diferente, ya que tenía unas ideas
políticas que todos definiríamos como claramente liberales, pero contaba la dura
vida de los desheredados con un realismo que escandalizaba a los intelectuales
de la época”.

Y votó a
Bush


Después de las elecciones del 3 de noviembre en Estados
Unidos, en las que Bush volvió a ganarse la confianza de los electores, Tom
Wolfe informó, a quien quisiera escucharle, que él había votado por Bush.
Además, se ofreció a despedir en el aeropuerto a todos aquellos “intelectuales”
que proclamaron la absurda idea de que se irían del país si Bush volvía a salir
elegido ya que no soportarían otros cuatro años de mandato. De ellos, el autor
de La Hoguera de las Vanidades resalta que”han perdido el contacto con la
realidad y que nunca supieron comprender por qué Bush tiene aceptación en otros
estados, que no sean Nueva York”.

También quiere matizar Wolfe la idea
que tienen algunos europeos sobre el presidente estadounidense. Es cierto que
desde algunos ámbitos se están luchando por crear de Bush una imagen de inepto
cowboy pero al parecer del escritor esto se debe “seguramente a que los
comentaristas europeos deben de prestar atención a lo que dicen los de Nueva
York. No hay nadie más que les escuche. Tal vez en Washington, pero nada más. Y
lo que consiguen es que se extienda la falsa idea de que en Estados Unidos todo
el mundo opina eso de George Bush. Yo he tenido la ocasión de estar con Bush
algunos minutos, hablar con él de literatura, y me pareció tan inteligente como
el director de The New York Review of Books, considerada como la principal
publicación literaria. No es que el director de la revista no sea inteligente,
que lo es; es que Bush no es ningún idiota”.

Ya en este punto hace un
repaso de algunos de los presidentes a los que la opinión pública extranjera se
empeñó en demonizar y, sin embargo, hicieron mucho por la humanidad: ”
Eissenhower, que fue presidente durante dos mandatos. Decían que era idiota; en
las ruedas de prensa, su sintaxis era horrible, empezaba frases y no las
terminaba. Era verdaderamente tonto; lo único que había hecho era ganar la II
Guerra Mundial. Pues si eso es lo que hace falta para ganar guerras como
aquélla, a lo mejor nos hacen falta unos cuantos idiotas más. O Reagan: de él
decían lo mismo que se dice de Bush. Lo único que hizo, aquel idiota, fue ganar
la guerra fría y forzar la caída de la Unión Soviética. Si eso es estupidez, que
me den unos cuantos estúpidos. Yo hablo con gente no sólo en Europa sino también
aquí, en Nueva York; intelectuales convencidos de que tienen toda la razón y de
que los americanos son estúpidos, que no tienen nada en la cabeza y se dejan
engañar”.

Además, Wolfe tiene la teoría de que realmente a su país no le
ha ido tan mal pese, a cómo piensan muchos, estar tan mal dirigido “si se mira
la lista de premios Nóbel de Ciencias de los últimos 50 años, no está nada mal.
Yo no tengo reparo, y esto me causa siempre un montón de problemas, en decir que
Estados Unidos es un país maravilloso. Pero decir eso me convierte
automáticamente en un paria. Un escritor no puede decir que EEUU es un país
maravilloso. No puede. Si alguien se atreve, que me lo presenten. Nadie que
tenga una reputación literaria dice esas cosas. Aquí la bandera está por todas
partes, y yo, a veces, llevo un moñito con la bandera de Estados Unidos, o una
insignia, y es como enseñarle un crucifijo a un vampiro; los escritores
enseguida se retuercen y gritan: “¡No, qué horror, sal de la habitación!”.


El nuevo periodismo

Periodista
antes que escritor, Wolfe es el padre del denominado “nuevo periodismo”, sin
embargo cree que este término se ha malinterpretado. “Mucha gente cree que el
nuevo periodismo era dar tus propias opiniones, mezclarlas con la historia que
estabas contando, convertir esa historia en algo personal, escribir impresiones.
Para mí, jamás fue eso. De hecho, nunca utilicé la primera persona del singular,
a menos que tuviera un papel en la historia. ¿Por qué voy a tener que utilizar
el yo si lo único que soy es un observador? ¿A quién le interesan las
impresiones de un periodista?”.

En este punto el personaje reflexiona
sobre los problemas que acechan a la prensa de su país, que no son pocos, aunque
podría reducirse sólo a uno: “la gente se informa sobre todo a través de la
televisión, porque es rápido, es fácil, no hay que leer nada, y las imágenes son
excelentes. ¿De dónde saca la televisión la información? Las televisiones no
tienen reporteros, tienen unos bustos parlantes en Washington y poco más. La
televisión saca su información de los periódicos. Y cuando la televisión trata
de conseguir una exclusiva, como la de la CBS y Dan Rather sobre Bush, siempre
lo hace mal, porque no están acostumbrados al reportaje. Rather no tuvo culpa de
lo que pasó, porque él es un busto parlante”.

“En cuanto a los
periódicos, por desgracia, se han convertido en monopolios locales. Salvo casos
excepcionales, hay un solo diario por ciudad. En esta situación, ¿para qué
necesitas cinco o seis reporteros para cubrir un área, con lo caro que es? Por
tanto, hay una persona que cubre educación, una que cubre sucesos… Cuando yo
trabajaba aquí había reporteros de sucesos en cada barrio, ahora hay uno solo
para el departamento central de la policía. Eso significa que dependes de la
policía para tu información. Nunca se habían cubierto tan pocas noticias en
EE.UU. Parece que son muchas, por el efecto de las cadenas de televisión, pero
la información en televisión es una risa”.

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