Política

Entre el olivo y la pistola

Editorial
La muerte de Yasser Arafat abre un camino tan nuevo como incierto y las
predicciones que puedan hacerse son, de momento, prematuras y poco consistentes.
Lo que sí puede analizarse es lo que Arafat ha hecho como líder palestino, y
sobre todo, lo que no ha hecho: las oportunidades históricas que ha
desperdiciado en pos de lograr el ansiado acuerdo de paz con Israel.

Su
vida estuvo signada por la volatilizad y las contradicciones. Durante los años
´40 no dudó en elegir la violencia como método de acción. Participó en los
cruentos combates que enfrentaron a árabes y británicos en Palestina y tras la
creación del estado de Israel, se exilió en Kuwait, y siguió amasando su futuro
como político y guerrillero. “Después de los nazis, no conozco a nadie que tenga
tanta sangre judía en sus manos como Arafat”, dijo hace años el actual premier
de Israel, Ariel Sharon.

En 1974 Arafat se presentó ante la ONU diciendo
que llevaba “un rama de olivo y una pistola para la libertad”. Es una frase que
define muy bien la personalidad de este hombre más preocupado en quedar como una
leyenda para su pueblo que en conducir bajo su liderazgo un acuerdo concreto de
paz. Su sello fue la ambigüedad, la vacilación, la falta de compromiso y coraje
para defender una postura tanto en el frente interno como externo. Le gustaba
quedar bien con todo el mundo, agradar, salir en la foto, y al igual que algunos
contemporáneos suyos –Raúl Alfonsín, Simón Peres, Mihail Gorbachov- jamás se
jugó por nada.

Por ese motivo no fue un estadista. Su afición a los
rodeos y los equívocos fue lo que hizo que desperdiciara dos oportunidades
históricas: los acuerdos de paz de Oslo en 1993 (por los que recibió un polémico
Premio Nobel de la Paz en 1994 junto al primer ministro israelí Yitzhak Rabin y
Simón Peres) y la propuesta del ex presidente norteamericano Bill Clinton en el
2000.

Precisamente, ésta última fue la gran oportunidad que Arafat tuvo
dado que jamás antes Israel había cedido tanto para recauzar la paz en la
región. El líder palestino tuvo su chance en bandeja pero, dado su carácter, no
dijo ni sí ni no; como buen Casanovas, le gustaba dejar todas las puertas
abiertas, tanto daba que sea para complacer a la diplomacia occidental como para
arengar a su pueblo a favor de la jihad.

Arafat ha muerto y, como dijo
Bush, “que Dios bendiga su alma”. Él tuvo el mérito de hacer de la causa
palestina un tema insoslayable para toda la dirigencia occidental. Pero fracasó
en lograr un Estado independiente a los palestinos, en construir una sociedad
democrática, en erradicar las prácticas de corrupción y en frenar las prácticas
terroristas árabes.

Lo traicionó su pasión última por la violencia
armada, su deseo de vivir siempre por una causa, por una razón que le diera
sentido a su vida. De ahí se puede entender por qué fracasó en conducir a
Palestina a un acuerdo que sea político y no militar. Puede que su figura quede
como un mito para los palestinos pero Occidente deberá juzgarlo con los fríos
ojos de la Historia. Que su fastuoso entierro no nos nuble la vista.

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