España, pues, tiene que acostumbrarse a la diversidad. Tiene que aprender a vivir con personas racialmente diferentes, y no parece mala idea asomarse a la experiencia de EEUU.
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Martes, 21 de julio 2026
España, pues, tiene que acostumbrarse a la diversidad. Tiene que aprender a vivir con personas racialmente diferentes, y no parece mala idea asomarse a la experiencia de EEUU.
Carlos Alberto Montaner
Hace 34 años, cuando llegué a España, el paisaje étnico era aburrido.
Prácticamente toda la sociedad era blanca. Recuerdo, incluso, el penoso
espectáculo en un bar de Madrid de un niño que lloraba asustado ante la
presencia de un muchacho africano. Probablemente era la primera persona negra
que veía. Lo penoso, claro, no eran las comprensibles lágrimas del niño, sino la
risotada de los adultos. La situación les causaba gracia. El joven africano, con
una expresión de molestia, seguramente muy humillado, se largó.
La
anécdota viene a cuento de esta España de hoy, en la que cientos de miles de
inmigrantes de rasgos diferentes, muchos de ellos de procedencia andina o
caribeña, han venido atraídos por el impresionante despegue económico del país y
las oportunidades de trabajo que ofrece la Madre Patria.
España, pues,
tiene que acostumbrarse a la diversidad. Tiene que aprender a vivir con personas
racialmente diferentes, y no parece mala idea asomarse a la experiencia en este
campo de otras naciones que han debido enfrentar un fenómeno parecido, como, por
ejemplo, Estados Unidos. ¿Cómo ha llevado a cabo Estados Unidos su revolución
integradora más allá de proscribir legalmente la segregación racial? Lo ha hecho
mediante diversos experimentos sociales, no siempre con resultados felices. Se
probó la mezcla obligatoria en los colegios públicos mediante el discutido
busing, es decir, trasladar en autobuses a los chicos y chicas de unos barrios a
otros hasta conseguir mezclarlos.
Se puso en práctica una política de
“discriminación positiva” que favorecía a los negros. Y, sin que nadie dictara
normas específicas, fue surgiendo y se generalizó la actitud llamada de
“corrección política”, que impedía que se hicieran comentarios o chistes
denigratorios contra los negros, los homosexuales, las mujeres o cualquier otro
grupo que sufría algún grado de subordinación social. Esto último podría parecer
una muestra de hipocresía, pero no lo es: la discriminación y el atropello
siempre comienzan por el lenguaje. Si una sociedad permite que se insulte o
ridiculice a cualquier minoría, el próximo paso puede ser el maltrato o el
exterminio.
La violencia verbal es siempre el prólogo de la
agresión. Las cámaras de gases contra los judíos no surgieron súbitamente: las
precedieron los insultos, las grotescas caricaturas o los relatos que crearon el
estereotipo de un judío avaro, explotador y mentiroso. Cuando Hitler decía que
los judíos eran unos “gusanos” estaba sentenciándolos a muerte. Una vez
establecida esa equivalencia, matarlos resultó fácil. Matar un gusano no crea
sentimientos de culpa. ¿Cómo sorprendernos de que nuestras sociedades sean
insensibles ante los sufrimientos de las minorías, si es lícito burlarse de los
retardados mentales, de los homosexuales y lesbianas, de los indios, las
mujeres, los negros o de los cholos, o de cualquiera que no forme parte de la
corriente dominante? Podrá parecer una muestra de ridícula hipocresía proscribir
y eliminar del lenguaje público esas referencias, pero es muy importante hacerlo
si de verdad creemos en el respeto al otro.
La discriminación positiva,
el affirmative action, sin duda tiene aspectos conflictivos. Parte de la base de
que la sociedad y el Estado deben hacer distinciones y privilegiar a unos
ciudadanos que hasta entonces han sido preteridos, noción que contradice el
principio que establece que todas las personas son iguales ante la ley. Pero no
se trata de derechos sino de oportunidades: resulta evidente que una abrumadora
cantidad de ciudadanos negros, producto de una esclavitud que les fue impuesta
por la fuerza, se criaron en el seno de familias desestructuradas, acostumbradas
a vivir en la marginalidad y la pobreza, en las que los valores que se
transmitían de generación en generación no propendían al desarrollo sino a la
perpetuación de la miseria.
¿Cómo hablar de “libre competencia” entre un
niño criado en un gueto negro y un niño criado en un barrio blanco de clase
media, cuando la influencia familiar y social que uno y otro recibían era
diametralmente opuesta? Ahí surgió la propuesta de la discriminación positiva,
casi siempre expresada en las oportunidades educativas. ¿Con qué resultados?
Aparentemente, no tan buenos como se esperaba. ¿Por qué? Probablemente, porque
la educación es sólo un aspecto de un problema mucho más amplio y abarcador que
requiere un esfuerzo sistémico que incluye un cambio de valores en el entorno
familiar y una modificación, incluso, del medio físico en el que vive el niño
negro, esto es, el hogar y el vecindario. En todo caso, la discriminación
positiva les abrió las puertas de buenas escuelas y universidades a muchos niños
y jóvenes negros que hoy forman parte de las clases medias y altas
norteamericanas, personas que difícilmente habrían alcanzado ese grado de éxito
social de no haber recibido una ayuda especial. Puede que todos estos
experimentos sociales sólo tengan una importancia relativa para los españoles,
pero es conveniente acercarse a ellos.
Durante siglos, la homogénea
sociedad española sólo tuvo que afrontar en su seno la presencia de la etnia
gitana, y parece que el proceso de integración fue bastante defectuoso e
insatisfactorio. En las próximas décadas deberá asimilar a millones de
inmigrantes. A ver cómo lo hace.
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