El retraso en las reformas estructurales debilita las aspiraciones europeas en materia de desarrollo.
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Martes, 16 de junio 2026

El retraso en las reformas estructurales debilita las aspiraciones europeas en materia de desarrollo.
Editorial
Jeremy Rifkin plantea en su último libro (El Sueño Europeo) que el debate central sobre los modelos de desarrollo se centra en la pugna establecida entre Europa y Estados Unidos. Que a pesar de los ejemplos surgidos en otras zonas del mundo (como por ejemplo el Sudeste asiático), es Europa quien conserva las mejores chances para sostener el bienestar. Rifkin sostiene que la solidaridad europea es distintiva, y clave para construir un sistema de prosperidad general. Según el autor, los avances producidos por Estados Unidos en materia económica y tecnológica no alcanzarán a proporcionar un medio de bienestar tan extendido como el europeo.
La teoría de Rifkin es romántica y no tardará en ganar adeptos. Aquello de la solidaridad como núcleo unificador de la sociedad produce siempre un gran atractivo. Sobre todo en aquellos que enarbolan la bandera de la igualdad sostenida por el esfuerzo del Estado. En realidad, lo que Rifkin rescata es la condición más o menos intervencionista del Estado en los asuntos socio-económicos. Lógicamente, relativizando lo que los clásicos liberales sostenían: que no hay posibilidades de establecer una sociedad justa sin condiciones para que cada persona emprenda y disfrute de los beneficios de la libertad. Es esta teoría, más que la defendida por Rifkin, la que ha marcado el signo del desarrollados durante la era contemporánea.
Lo que cabe preguntarse luego es por qué el autor alude a Europa como modelo de futuro, si es en los Estados Unidos donde con mayor claridad se ha dado la teoría liberal. Por qué desacredita el liderazgo norteamericano sobreponiendo por ejemplo, los de Alemania y Francia. Ambos países, nunca ignorantes de la solidaridad que plantea Rifkin, hacen malabares para cerrar sus cuentas y evitar las transformaciones de fondo que claramente necesitan. Reformas que sí hicieron los Estados Unidos e Inglaterra en los 80, y también Alemania durante la posguerra y aún Japón durante la era Meiji y en la época actual. Francia acaba de plantear un nuevo programa de protección de sus industrias estratégicas que vulnera los acuerdos regionales de competencia y abre el camino para que otras ramas obtengas esos cuidados. Alemania, por su parte, ha sido incapaz de remodelar su sistema de seguridad social, convirtiéndolo en la más pesada carga para afrontar la tarea de la unificación.
Por todo ello es que es apresurado –por lo menos- hablar de una supremacía de la solidaridad europea. No hay mejor solidaridad que aquella producida por un sistema que genera oportunidades de trabajo, que robustece la actividad privada y que posibilita un Estado solvente. El tamaño del Estado será inversamente proporcional al despliegue de la economía. Cuanto más vibrante sea el mercado menos dependerá el bienestar de la asistencia pública. Y mayores serán los avances en materia de innovación y desarrollo. La obligación del Estado es, en realidad, crear esas condiciones. En su obnubilación por fenómeno europeo, Rifkin ignora que el país que mas satisfactoriamente cumple con estos requisitos es, precisamente, Estados Unidos.
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