Los musulmanes que vivan en España deben ser protegidos, pero ante todo protegidos del Islam militante. Si se deja a las comunidades musulmanas una autonomía si supervisión es inevitable, como ya ha sucedido, que se conviertan en agentes de determinadas corrientes políticas confesionales.
“La primera alocución de Osama Bin Laden tras el 11 de Septiembre no empezaba
hablando ni de Nueva York ni de Irak; empezaba por llorar la pérdida de Al
Andalus”. José María Aznar ha recordado este hecho por dos veces en los últimos
meses, no puede discutirse la veracidad de la información. Otra cosa es qué
interpretación se quiera dar de la frase.
El Islam no es una religión de
odio. Es una gran religión monoteísta, sustento de uno de los grandes espacios
de civilización del mundo. Se trata de una fe que, aunque no mueva montañas, si
delimita una gran cultura, o mejor dicho abarca una amplia familia de culturas
unidas por la historia y por la religión. El Islam no es intrínsecamente malo,
como se ha pretendido con enorme miopía, ni necesariamente bueno, como se ha
alegado con no menos lamentable simplismo.
España no pertenece al mundo
islámico. Nunca ha pertenecido a él, porque, aunque durante ocho siglos partes
importantes de la Península estuvieron bajo ocupación musulmana, y fueron
colonizadas por musulmanes, España es hija de Roma y de los visigodos,
sobrevivió en los núcleos septentrionales de resistencia y maduró en la
Reconquista. España –los españoles- son herederos de los reconquistadores y
repobladores cristianos, no de los invasores musulmanes.
De hecho, son
los militantes islamistas, que desean subvertir el resultado histórico de la
Reconquista, los que más firmemente afirman que Al-Andalus debe volver al Islam:
el territorio, no sus actuales habitantes, que somos considerados intrusos e
infieles del Norte. Ben Laden desea, como muchos musulmanes y como todos los
integristas, que desaparezca España, la España cristiana, y sea sustituida por
un emirato confesional musulmán dependiente de ese califato que aspirar a
restaurar.
No hay, pues, vía intermedia ni pacto posible con el
integrismo islámico. Cualquier occidental (no importa de qué orilla del
Atlántico) está en la misma posición. Pero España está doblemente amenazada. Por
un lado, es un país occidental, cristiano, hijo de otra fe y partícipe de otra
cultura, percibida como hostil además de cómo ajena. Y es un país nacido de la
victoria sobre el Islam. No sólo no es posible una España musulmana, sino que
sería un contrasentido para los mismos musulmanes.
Esto no debe llevar a
negar dentro de España la libertad religiosa. Al contrario: el Islam debe ser en
España una religión más, libre de practicarse, pero limitada en sus
consecuencias políticas. Y no es fácil lograrlo, y para los occidentales de hoy
tampoco entenderlo.
La cuestión es sencilla en teoría: en Occidente hoy
se distingue claramente la esfera de la fe de la esfera de la política. El
hombre, o el gobernante, son a la vez hombres de la Iglesia y del Estado, pero
lo religioso es independiente de lo político. Esto es inconcebible en el mundo
musulmán, donde la fe determina la forma religiosa, y donde en definitiva es
imposible un Estado no confesional duradero.
Los musulmanes que vivan en
España deben ser protegidos, pero ante todo protegidos del Islam militante. Si
se deja a las comunidades musulmanas una autonomía si supervisión es inevitable,
como ya ha sucedido, que se conviertan en agentes de determinadas corrientes
políticas confesionales. Ben Laden tiene para muchos de ellos razón teológica en
sus afirmaciones, y sólo impidiendo una lectura purista del Islam en nuestro
territorio se impedirá que éste se convierta en escenario de ese tan temido
“choque de civilizaciones”.
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