Editorial
El secuestro y posterior liberación ayer de un autobús con 14 niños a manos de un grupo de pistoleros es un ejemplo de la situación de anarquía que se vive en Haití. Según informó la policía local los hombres dejaron libres a los niños y al conductor como consecuencia de la intensa atención pública que tuvo el caso y porque los controles policiales impidieron que los secuestradores regresaran con sus rehenes a su base en el barrio de Cite Soleil.
Sucede que en Haití hay barrios como Cite Soleil donde sólo mandan las pandillas y los traficantes de drogas. Cité Soleil es territorio prohibido hasta para las tropas de la ONU. De hecho, Puerto Príncipe, la capital de Haití, es una ciudad sin ley en la que los soldados de la ONU intentan como pueden poner un poco de paz, pero los tiroteos, los secuestros y la criminalidad en general están a la orden del día.
El poder de estas bandas no pudo ser contrarrestado ni siquiera por los 10.000 soldados y policías del “grupo de estabilización” de la ONU que llegaron el último verano al país. El desencanto de los haitianos con la ONU es unánime, ya que los acusan de estar allí de paseo, como si fueran turistas. Mientras tanto, los secuestros, las matanzas y el comercio de las drogas siguen a la orden del día.
Debe señalarse que en Haití no hay Estado. Luego de la caída de Bertrand Aristide a principios de 2004, Gerard Latortue, diplomático de Naciones Unidas, no gobierna sino que apenas administra el país bajo el objetivo de formar un gobierno para Haití que sirva para que el país recobre la normalidad política y social. Pero su gestión no alcanza las expectativas deseadas. Las elecciones han sido postergadas numerosas veces durante esta año. Esta semana fueron convocadas mediante la publicación de un decreto: las elecciones legislativas y presidenciales para el 8 de enero y las municipales para el 5 de marzo del próximo año.
Para el ciudadano de a pie, cuyo mayor reto es sobrevivir hasta el día siguiente, la noticia no tiene mayor importancia. Porque en Haití se vive una de las tantas guerras posmodernas actuales en donde el uso de la fuerza ha caído en manos de grupos locales de diversos tipos frente al repliegue del Estado, incapaz de contener los desbordes de violencia social. La comunidad internacional y en especial la OEA tienen un deber en Haití que no podrán seguir evitando por mucho tiempo más.
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