James L. Payne afirma que la humanidad se mueve a lo largo de una curva de aprendizaje, captando lentamente la verdad de que se obtienen mejores resultados de modos pacíficos de interacción que de los violentos. Somos, después de todo, una especie racional, e igual que hemos aprendido a descartar tecnologías más primitivas y menos eficaces cuando descubrimos las que funcionan mejor, es razonable suponer que también lleguemos a descartar los tipos de interacción humana menos eficaces.
El prestigioso académico del Independent Institute analiza la historia de la violencia
Sintonice las principales emisoras y probablemente escuchará una noticia o más que tratan del uso de la fuerza: conflictos armados en Oriente Medio; disturbios; crímenes; y demás. A menudo parece que vivimos en un mundo saturado por la violencia. Quizá sea así, pero el científico político James Payne argumenta en su nuevo libro La historia de la fuerza (Sandpoint, Idaho: Lytton Publishing, 2004) que a lo largo del largo camino de la historia, los seres humanos se han visto significativamente menos inclinados a utilizar la fuerza.
De manera optimista, Payne concluye, “En lo que respecta al archivo histórico, vivimos en un mundo mucho más pacífico de lo que nunca ha existido. Los seres humanos son menos perversos, menos inclinados a inflingir heridas físicas de lo que solían ser”. No sólo las cosas son mejores de lo que solían ser con respecto a la violencia, sino que, sostiene el autor, van a continuar mejorando.
Payne llega a sus conclusiones a partir de una recolección de datos impresionante de la historia de la humanidad. Recorre el mundo a los cuatro vientos y con gran variedad de épocas. Payne es un académico sólido y cuidadoso, y el hecho que hace su argumentación más fascinante es que la humanidad se aleja velozmente de la fuerza y la violencia en nuestras relaciones. A los americanos que afrontan los diversos mandatos y prohibiciones de nuestro gobierno en constante expansión puede sorprenderles escuchar que la tendencia a largo plazo es hacia una sociedad menos restrictiva, pero la tesis de Payne merece atención seria.
El autor en persona está bastante al tanto de que su descripción va a levantar ampollas. Innegablemente, en nuestro mundo, el uso de la fuerza está extendido, desde los conflictos militares globales y el terrorismo al autoritarismo abierto de nuestros funcionarios gubernamentales. Pero Payne argumenta que tendemos “a ver” más fuerza de la que solíamos a causa de un nutrido grupo de motivos. Uno es que a menudo resulta apropiado para los intereses de diversas instituciones (ver Stockholm International Peace Research Institute) exagerar el grado de conflicto en el mundo. Poder afirmar que el problema que se supone que va a solucionar una organización crece con velocidad siempre es útil de cara a los donantes de fondos. Además, hay hoy mucha más información disponible de todas las facetas de la vida, incluyendo el uso de la fuerza. Payne escribe,
Puesto que hay tanta información acerca de la violencia, las tabulaciones exagerarán el grado del derramamiento de sangre moderno en comparación con el del pasado… Anegado por la cobertura al segundo de la violencia, el público cree vivir en un mundo increíblemente sangriento y peligroso. La verdad es que, en comparación con el pasado, vivimos en uno sorprendentemente pacífico.
Para defender esta idea, Payne comienza con una observación general (y enfática) acerca del uso de la fuerza, diciendo que su uso es “perjudicial o inapropiado”. De ello, afirma que la humanidad se mueve a lo largo de una curva de aprendizaje, captando lentamente la verdad de que se obtienen mejores resultados de modos pacíficos de interacción que de los violentos.
Somos, después de todo, una especie racional, e igual que hemos aprendido a descartar tecnologías más primitivas y menos eficaces cuando descubrimos las que funcionan mejor, es razonable suponer que también lleguemos a descartar los tipos de interacción humana menos eficaces. El argumento de Payne es que estamos aprendiendo lenta y pausadamente que la fuerza es la herramienta errónea para lograr nuestros objetivos.
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