Política

La Argentina ficticia

“No discutamos nada en serio. Demasiado sé que vivimos
en un siglo en que no se toma en serio más que a los imbéciles, y vivo con el terror de no ser incomprendido”
Oscar Wilde

ANÁLISIS
Mucho se ha escrito ya sobre las características, el temperamento y hasta el
sentir de los argentinos. Sin embargo, no es tanto lo que se ha dicho – si es
que acaso se ha esgrimido algo al respecto, y en la mayoría de los casos se nos
ha considerado como seres aislados o se nos ha explicado en referencia al
contexto en el cuál nos venimos desarrollando. De ese modo, tenemos una idea
aproximada de cómo somos en calidad de “argentino medio”. Las diferencias luego,
surgen como matices dentro de la misma tonalidad: más “blancos”, más “negros”
metafóricamente hablando… A mi entender, estas caracterizaciones, aún con la
dosis justa de rigor científico y con argumentaciones que no ameritan
descrédito, carecen de un elemento inherente al ser que somos, más allá de la
ciencia y la erudición de sociólogos, antropólogos, teólogos o historiadores
proclives al relativismo, cercanos al absolutismo o amarrados en medio del
camino.

Veamos. No es científico mi razonamiento pero parte, sí, de una
lectura medianamente lógica de la realidad, erróneamente equiparada con la
verdad. De ese modo, puede explicarse el hecho de que haya vida en esta
Argentina. Para sospechar que la hubo en Marte fue menester descubrir partículas
líquidas. ¡Pues bien, admitiendo que la realidad es una ficción podemos
sospechar que los argentinos aún estamos vivos! En ocasiones, presiento que ha
sido Oscar Wilde el más astuto y diestro de los analistas, al sostener que la
vida imita al arte, mucho más de lo que el arte imita a la vida. Así es cómo,
los argentinos, tenemos más esencia literaria o artística que dotes de lógica y
raciocinio.

El genoma humano y toda esa maravilla de mapa genético que
se ha descubierto, se desdibuja al importarlo a estas lejanías. Admitiendo -de
ante mano- la catarata de críticas y adversidades que cosechará una siembra de
ideas como éstas, me atrevo a sostener que el argentino es un producto de
ficción, una suerte de producción artística medianamente humanizada. Así como,
“Shopenhauer analizó al pesimismo que caracterizaba al pensamiento moderno; pero
fue Hamlet quién lo inventó”, quienes han nacido en este suelo hallan sus más
legítimos genes en páginas abarrotadas de trementina, en pinturas desdeñadas en
su tiempo que hoy cotizan cifras inalcanzables, o en golpes de martillo. Vale
aclarar que éstos difieren sustancialmente de los golpes cotidianos que
recibimos de la mayoría de los políticos. El aporte personal o de ancestros de
carne y hueso, no es más que una posdata, un pie de página, un dato previamente
anticipado. Esta idea, -cuya génesis deviene de la ironía teatral plasmada por
Oscar Wilde-, no requiere de grandes métodos de prueba empírica. Basta
preguntarnos sí, Doctor Jekyll y Mr Hyde, no merodean por estas tierras con
trajes de humano, en un marco casi real, contemporáneo… ¿Quién se anima a negar,
las tantas veces que la vida depara circunstancias o hechos que el arte ya había
anunciado? Hasta es probable que radique allí, una de las más profundas causas
de la negación de la cultura y del vaciamiento de la educación. Negar lo que es,
resulta óptimo para transformar Prometeos en autómatas, enajenarlos de su
identidad y de saber hasta dónde son capaces de llegar… El desdén por la
vinculación entre ficción y realidad nos ha convertido quizá, en una raza
degenerada que ha vendido su derecho de primogenitura por un plato de hechos,
como advertía el autor de “De Profundis” Si aceptamos, al menos por un momento,
que lo que vemos es copia y no original, una suerte de falsedad sin derecho de
autor o copyright, podrá comprenderse con mayor facilidad los acontecimientos
que son de dominio público.


Pensemos si acaso, esta Buenos Aires de
ahora, no es un plagio -más o menos serio- de aquella Macondo con sus “Buendía”,
y sus no tan buenas porfías… ¿No hay algo nauseabundo en el aire que respiramos
cuando queman neumáticos o acampan piqueteros en Plaza de Mayo? ¿No estamos
hartos?… ¿Cómo negar que Sartre dejó plasmados nuestros rasgos en sus ensayos?
¿Tan diferente es la sensación que experimentamos sintiéndonos alguna mañana,
condenados sin causa?* ¿Cuántas veces caminamos como extranjeros dentro de
nuestro propio suelo siguiendo las huellas de Mersault?** ¿No hemos percibido
nunca la sensación de estar arrojados a una vida sin sentido de la cual somos
víctimas más que victimarios? A juzgar por las proclamas de tantas quejas y
movilizaciones callejeras, me atrevo a afirmar que todo aquello, sucede a
diario. Y no miento cuando asevero que me he tropezado más de una vez con un
atolondrado Marcel, corriendo como si el tiempo perdido pudiese ser recobrado…
Si lo que pasa hoy, en Argentina no fuese ficción, debería suministrar las
pruebas mínimas de su existencia y su eficacia. Tanta ignominia no parece, sin
embargo, servir para nada. Sin embargo, ¡cuidado! Hay algo positivo en todo
esto. Lo real y concreto nos limita inexorablemente, mientras la ficción, nos
devuelve el vuelo y nos faculta para hallar interpretaciones varias sobre los
hechos. “La paradoja propia de la ficción reside en que, si recurre a lo falso,
lo hace para aumentar su credibilidad”, afirma Saer. Y algo de eso hay. Si la
ficción no tuviese su propia verdad, el comunismo no hubiese tenido cabida. El
marxismo fue quién inventó a Marx y no Marx quién inventó al marxismo. Por eso,
el máximo detractor del capital, le dio a la realidad de su época un tratamiento
ruin para vender como verdad lo que no era sino quimera… Este país desbastado
que se nos ofrece hoy a los argentinos, no es el país que forjaron nuestros
abuelos y bisabuelos ni aquel que proyectan nuestros sueños para hijos o nietos.
Esta Argentina de aquí y ahora es ficticia. No puede ser creíble. Si acaso fuese
cierta, deberíamos paralizarnos ante la evidencia empírica. Y la verdad no
convoca a la acción, sino a la aceptación. O sea que, bajo el paraguas de la
ficción aún es posible erigir una Argentina distinta. Quizá esa ventaja es la
única oportunidad que nos queda… * Alusión a la obra “El castillo” de Franz
Kafka ** Alusión al personaje de “El Extranjero” de Albert Camus. Explica Wilde,
que el arte crea efectos incomparables y hasta exclusivos pero no deja de ser
fugaz, efímero. Por ello, -afanosos por lo perpetuo-, antes o después, arribamos
inexorablemente a esa “terrible cosa universal” que se denomina naturaleza
humana. Enmarcados en ella, olvidamos que la sola imitación, conlleva al hastío.
No se puede vivir en la ficción a perpetuidad. La naturaleza humana acaece
generando alternativas peligrosas. Surgen así, falsos Monet, vacuos Voltaire,
analfabetos Shakespeare, ilusorios Mozart, acallados Vivaldi o incluso mancos
Rodin y Miguel Ángel. Cuanto más distorsionada es la imitación más nos alejamos
del espíritu de la época y actuamos en consecuencia, en forma disonante. Según
el artista que nos catapultara: vemos o miramos, oímos o escuchamos, vivimos o
respiramos. Un ejemplo: el clima que nos caracteriza bien podría ser un legado
de los impresionistas. Ellos matizaron la niebla y las sombras, ese río que, -ni
en mil años podremos ver limpio-, y lo que mata: ¡la humedad!… Las diferencias
se plasman justamente en la percepción y en la conciencia de esta ascendencia.
De allí que, “donde el hombre culto coge un efecto, el tonto coge reuma”… De
cada uno dependerá asirse a la experiencia o a la enfermedad. La atroz manía de
perpetuar copias en lugar de esencias, impide que podamos dormirnos una noche en
brazos de Ulises para despertar en la vieja Itaca… Estamos condenados a un
solo arte y no abrimos el espectro de la creatividad. Si aceptamos, nada más,
ser protagonistas sin injerencia en la letra, las circunstancias no podrán
modificarse. ¿Por qué no recrear una dirigencia similar a la Generación del 80?.
Si el revival de los setenta resulta tan nefasto, vayamos más atrás. Si, los
“pasos perdidos” hallaran huella en un Eduardo Mallea, un Paul Groussac o en un
Miguel Cané, la crisis hallaría su punto final, su inflexión, su desenlace.
Tendría la firma de una pluma erudita capaz de asentarla en los anales
literarios como una obra de arte. Pero no. Parece que este período ni siquiera
tendrá la suerte de quedar en los anaqueles de una biblioteca que merezca la
pena. Cada día, deja solo un compendio de hojas en blanco. Nada más que
silencios… Pasaporte seguro al llanto.

La Generación del 80 gobernó pero
también se ocupó de pensar la Argentina. ¡No es pequeña la diferencia!
Convirtieron a Buenos Aires en la “gran aldea”, avanzaron cultural y
materialmente, trajeron lo mejor de otras tierras. La consigna era de tal
fortaleza que no podía fallar: asentar al país sobre bases nuevas. Conscientes
del anatema artístico lograron soltar riendas, y actuar en consecuencia. Así, la
teoría se plasmó en práctica. “Hacer” fue un verbo sin dilación. Hoy,
creyéndonos reales, sólo tenemos discursos demagógicos que duran el rugir del
viento. Es época de estantes, no de bibliotecas. Sospecho que hay algún
cromosoma perdido en la anatomía de estas calles que nos impide ver dónde
estábamos ayer y cuál es el escenario que pisamos esta mañana. Una suerte de
niebla permanente cubre la vista y la mirada, de modo que no advertimos que esta
debacle se remonta a tiempos inmemoriales. Por eso cansa, asfixia. Varados en un
presente interminable, en el límite de la comprensión y el desparpajo
despertamos como Gregorio Samsa: kafkianas cucarachas ante un sistema hostil que
no nos explica nada. La metamorfosis argentina marca indefectiblemente un
quiebre entre los habitantes y el sistema. El paisaje es el mismo pero los
argentinos amanecimos como extraños en la propia morada. Todo parece real sin
serlo… El método para someterse a la costumbre y permanecer en la conformidad,
consiste en vivir lo artificial como si fuese natural. De ese modo, ya no es
menester remangarse y batirse por un nuevo orden, por algo diferente, esencial,
urgente. Esto es: ¡pensar la Argentina! Dar un tratamiento distinto a lo que
hay, porque no pueden desaparecer los artistas ni tenemos aún la calidad
artística tal como para proyectarnos en la eternidad. Sin tomar conciencia y sin
participación en la letra, la entelequia del país es excusa noble pero no buena.
Aceptemos que somos ficciones, que alguna pluma delineó el cuento, que en un
óleo se sustenta el paisaje y que la melodía de ciertos instrumentos nos hace
sonar y acallar a destiempo… Si nos detenemos, en la ciega asimilación de
aquella frase que sentencia a ver la única verdad en la realidad, estemos
seguros que de este des-orden no saldremos.

“Los que no prefieren Platón
a la Verdad, no pueden franquear el umbral de Akademos; de igual modo los que no
aman la belleza más que la Verdad en el artista no conocen el tabernáculo
secreto del Arte. El macizo y pesado intelecto yace en el desierto arenoso como
la Esfinge del maravilloso cuento de Flaubert*, y la fantasía, La Quimera, danza
en torno suyo y le llama con su voz engañosa a los sones de la flauta. No puede
oírla en la actualidad, pero es indispensable que algún día, cuando estemos
mortalmente hastiados de la banalidad de la ficción moderna, la oirá e intentará
servirse de sus alas. Cuando despunte ese día o cuando se empurpure ese
crepúsculo, ¡qué alegría sentiremos! Los hechos serán despreciados, la Verdad
llorará sobre sus cadenas y la ficción maravillosa volverá a nosotros. Hasta el
aspecto mismo del mundo cambiará para asombro de nuestros ojos (…)” Oscar Wilde


* “Las tentaciones de San Antonio”

GABRIELA POUSA (*) Analista
Política. Lic. en Comunicación Social/Periodismo (Universidad del Salvador)
Master en Economía y Ciencias Políticas (ESEADE) Estudios en Sociología del
Poder (Oxford) Autora del libro “La Opinión Pública: el nuevo Factor de Poder”.
Queda prohibida su reproducción total o parcial sin mención de la fuente.

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