En el pasado año y medio, Estados Unidos y el Banco Mundial (BM) han propuesto aumentos sustanciales a la ayuda externa.
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Martes, 21 de julio 2026
En el pasado año y medio, Estados Unidos y el Banco Mundial (BM) han propuesto aumentos sustanciales a la ayuda externa.
Ian Vásquez
El presidente del BM, James
Wolfensohn, ha hecho un llamado a duplicar los flujos de ayuda externa, cuyo
actual nivel mundial es de aproximadamente $50.000 millones. Y el presidente
estadounidense, George W. Bush, ha propuesto aumentar la ayuda bilateral
norteamericana, cuyo nivel actualmente es de aproximadamente $10.000 millones,
en un 50%.
De primera intención, el nuevo entusiasmo por la ayuda
externa es curioso dado el bien documentado fracaso de los anteriores programas
de ese tipo. Las transferencias masivas de riqueza no han conducido a aumentos
correspondientes en la prosperidad. Los estudios no han encontrado relación
alguna entre ayuda externa y crecimiento, o entre ayuda y mejoras en los
indicadores de desarrollo humano. Hasta las propias agencias de desarrollo han
reconocido que la ayuda ha generado dependencia entre muchos de sus clientes y
con frecuencia ha causado más daño que bien. El Banco Mundial, por ejemplo,
admite que la ayuda ha sido, “a veces, un fracaso absoluto”.
El Banco
también ha llegado a la poco sorprendente conclusión de que la ayuda dirigida a
países con políticas equivocadas no contribuye al crecimiento y puede ser más
bien perjudicial para éste, conllevando al endeudamiento en lugar de al
desarrollo. La “condicionalidad”, o la ayuda condicionada a reformas políticas
en los países que la reciben, tampoco ha sido efectiva. De hecho, el Banco
Mundial no encontró “ningún efecto sistemático de la ayuda externa en las
políticas públicas”. Las reformas tienen lugar independientemente de la ayuda
externa. Esta ha sido, por lo tanto, un desperdicio en el mejor de los casos, y
dañina en el peor de ellos, debido a que ha dado sustento a gobiernos cuyas
políticas son responsables de la miseria de la gente pobre.
Sin embargo, las
agencias internacionales afirman haber aprendido de sus errores y estar ahora en
capacidad de hacer que la ayuda externa sea altamente efectiva. De acuerdo con
el nuevo consenso, la ayuda externa funciona si es canalizada hacia un grupo
selecto de países pobres que cuentan con políticas sanas. El Banco afirma estar
practicando ya la “selectividad”—el nuevo enfoque de la ayuda externa—y el
incremento en ayuda propuesto por Bush será distribuido selectivamente por la
“Cuenta de Desafío del Milenio” (Millennium Challenge Account). En Estados
Unidos, tanto los conservadores como los socialdemócratas han apoyado la
CDM.
Estudios Cuestionables
No
obstante, el nuevo entusiasmo con respecto a la ayuda externa es infundado. El
nuevo enfoque es conceptualmente débil y está basado sobre investigaciones del
Banco Mundial de cuestionable fuerza empírica. De hecho, las audaces
afirmaciones empíricas sobre el efecto positivo de la ayuda selectiva están
basadas completamente en estudios del Banco Mundial de años recientes, algunos
de los cuales han tenido una influencia enorme en el debate.
De tales
estudios, solamente uno es susceptible de ser reproducido por investigadores
externos, ya que se basa en información ampliamente disponible. El resto está
basado en mediciones internas del Banco, que son subjetivas y no accesibles para
académicos independientes.
¿Qué es lo que concluyen estos estudios?
Encuentran que, en países con políticas sanas, la ayuda externa aumenta
significativamente las tasas de crecimiento y de inversión, y reduce la pobreza.
Esto es en comparación con lo que sucede en los países que tienen malas
políticas o tienen buenas políticas pero no reciben ayuda externa significativa.
El Banco encuentra que se ha vuelto especialmente selectivo y, por lo tanto,
altamente efectivo en reducir la pobreza.
Afirma que $1.000 millones
adicionales en ayuda sacarían hoy en día a 284.000 personas de la pobreza.
Existen, sin embargo, serios problemas con estas afirmaciones. Un estudio
reciente del economista William Easterly y sus colegas contradice el estudio del
Banco que utiliza información ampliamente disponible. Usando la metodología del
Banco, pero actualizando los datos al expandir el período original de 1970-1993
a 1970-1997, los autores encontraron que las conclusiones del Banco se caen a
pedazos. Ellos reportan “no haber vuelto a encontrar que la ayuda externa
promueve el crecimiento en países con buenas políticas”, y previenen a los
tomadores de decisiones contra el excesivo optimismo a propósito de la nueva
sabiduría convencional sobre la selectividad.
Easterly, quien hasta hace
poco fue un economista de alto nivel en el Banco Mundial, tuvo acceso a las
mediciones internas de esa institución sobre países con buenas y malas
políticas. Utilizando dicho índice, no pudo reproducir los resultados de la
agencia en el sentido de que ha habido un aumento en la selectividad. Según él,
“no hay evidencia de una asociación positiva significativa entre buenas
políticas… y flujos de ayuda en los noventa o en cualquier otra época”.
Además, si las afirmaciones del Banco sobre la reducción de la pobreza fueran
ciertas, cada persona levantada sobre el nivel de pobreza de $365 costaría
$3.521 en gasto de ayuda.
Ayuda versus Reforma
Por supuesto, es probable que brindar ayuda a países con políticas sanas
mejore el desempeño aparente de esa ayuda. Pero eso no quiere decir que la
selectividad vaya a promover reformas o crecimiento en los países receptores de
ayuda. Por ejemplo, el Banco calificó a Argentina y Brasil como países con
políticas “muy buenas” en 1998, pero ambos experimentaron luego crisis
económicas domésticas (en el caso de Brasil, incluso, durante ese mismo año).
Los dos países sufrieron de una excesiva acumulación de deuda a finales de los
noventa. Si la selectividad concentra inversión en un país que maneja mal su
deuda o no está inclinado a seguir implementando reformas, dicha ayuda podría
resultar perjudicial.
En la práctica, la selectividad puede crear
dependencia y retrasar mayores reformas, problemas que han plagado por mucho
tiempo la ayuda convencional. (Es importante reconocer que el desempeño
reformista de un país es casi siempre motivado por limitaciones económicas como
las crisis fiscales.) En la medida en que dicha selectividad aumente el
crecimiento económico en el corto plazo, también podría afectar las perspectivas
de mayores reformas debido a que reduce la presión para hacerlas. El crecimiento
y la reforma terminan siendo perjudicados. El resultado es peor que aquel en
donde la ausencia de ayuda obliga al país pobre a introducir reformas de mayor
alcance con el objetivo de llegar al mismo nivel de crecimiento que promete la
ayuda selectiva con menos reforma.
Al final de cuentas, la selectividad
es impracticable debido a que es conceptualmente débil. Tiene poco sentido
brindar ayuda a países con políticas razonablemente buenas; esos países
experimentarán crecimiento sin necesidad de ayuda.
“Premiar en exceso” a
esos países tendrá el mismo efecto que los programas tradicionales de ayuda.
Pero aun si los programas selectivos de ayuda externa pudieran de alguna forma
ser impulsados a ganar efectividad, tal y como lo intenta hacer la iniciativa
CDM de Bush, los impedimentos prácticos son enormes. La CDM sufrirá
inevitablemente a causa de la politización, los intereses de la burocracia con
respecto a sí misma y la micro-administración legislativa. Los fondos de ayuda
selectiva se verán también afectados por el predominio de la ayuda tradicional a
lo largo del mundo en desarrollo. Por ejemplo, más del 80% de los 115 países que
podrían recibir los fondos de la CDM ya reciben apoyo de U.S. AID.
En
resumen, el nuevo entusiasmo, a pesar de ser ampliamente compartido, no está
justificado. La selectividad está basada en afirmaciones problemáticas acerca de
su efectividad y sobre enfoques dudosos de desarrollo económico. Cualquier
incremento en la ayuda a nombre de la selectividad añadirá únicamente otro
capítulo a la decepcionante historia de la ayuda externa.
Ian Vásquez es
director del Proyecto sobre la Libertad Económica Global del Cato Institute y
editor de Global Fortune: The Stumble and Rise of World Capitalism (2000).
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