“Los atentados terroristas de este mes en Londres han provocado una avalancha de especulaciones acerca de las posibles causas de las atrocidades y la motivación de los autores”.
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Martes, 21 de julio 2026

“Los atentados terroristas de este mes en Londres han provocado una avalancha de especulaciones acerca de las posibles causas de las atrocidades y la motivación de los autores”.
Amir Taheri
Hacia el pasado viernes, la opinión prevaleciente según lo difundido por los medios británicos era que los atentados fueron perpetrados por varones jóvenes “enfadados por la implicación británica en Irak”.
Esto crea la ilusión de un raciocinio causa-efecto. El diario londinense The Independent lo expuso claramente: Osama bin Laden había advertido de que si “bombardeábamos sus ciudades en Irak” él “bombardearía nuestras ciudades” en Occidente.
El diario londinense no se molestó con preguntas incómodas tales como por qué, si Irak era el motivo, no había iraquíes implicados en los atentados.
Tampoco pretendió aparentar preguntarse por qué Irak debía pertenecer a bin Laden, que nunca ha visto en lugar a excepción de una visita secreta en 1999, y no al pueblo iraquí.
No hace falta decir que tampoco mencionaba que los terroristas que matan al pueblo de Irak en sus ciudades pertenecen a la misma familia ideológica de los que atacaron Londres.
De todos modos, la mayor parte de los británicos, habiendo prestado atención a sus medios y leído las informaciones de un análisis del Real Instituto de Asuntos Exteriores, una institución que afirmaba que Londres era atacado porque Saddam Hussain fue derrocado en Bagdad, estaba a punto de irse del fin de semana convencida de saber por qué Gran Bretaña había sido objetivo.
Entonces llegaron las noticias de varias operaciones terroristas a miles de millas de distancia. Éstas incluían las explosiones en tres ciudades argelinas, en la ciudad paquistaní de Quetta, en la capital libanesa, Beirut, y en el balneario egipcio de Sharm Al Shaikh, el más mortal de todos ellos.
Los mismos medios que habían maquillado las cosas identificando la liberación de Irak como el motivo para los atentados de Londres comenzaban a preguntarse qué otros motivos podría haber en juego.
Eso, a su vez, llevó al renacimiento de las explicaciones clásicas para los atentados más recientes. Una explicación era la pobreza. Aquellos que masacraban inocentes en Sharm Al Shaikh estaban enfadados por la pobreza, observaba un crítico con gesto serio.
La verdad sin embargo es que la mayoría de las alrededor de 90 personas que murieron eran pobres que acababan de encontrar empleo en la industria del turismo. Los atentados no ayudarán a aliviar la pobreza en Egipto, sino que la incrementarán dramáticamente con total certeza.
El turismo, el buque insignia de la economía egipcia, se hundirá en la recesión, amenazando más de 100.000 empleos, según estimaciones oficiales.
Otra explicación, de un crítico norteamericano, era que los jóvenes musulmanes estaban enfadados por la pérdida de su identidad, e intentaban revivir sus tradiciones.
Esto, sin embargo, asume que los coches bomba y los asesinatos de personas arbitrarios en el transporte público constituyen parte de la identidad y tradición islámicas.
Larga campaña
A excepción de los atentados del Líbano, que pueden imputarse fiablemente a los servicios secretos sirios, las restantes operaciones terroristas recientes son claramente obra de elementos de Al Qaida.
Los atentados de Egipto llegan casi dos años después de que la Gama´a Islamiyah (Sociedad Islámica) y vástagos suyos tales como Takfir wal-Higrah (Anatema y Retirada), que habían emprendido una campaña terrorista de 20 años de duración contra el estado, decidieran arrojar la toalla.
Esos grupos se centraban en destruir el estado egipcio, al que calificaban como “faraónico”, y carecían de ambiciones jihadistas globales.
Ni siquiera la Ikhwán al-Moslemín (la Hermandad Musulmana), que debe verse como en la progenitora ideológica de todos los movimientos terroristas paquistaníes y árabes, desarrolló nunca una estrategia de conquistar global.
La derrota de los grupos islamistas tradicionales del terror y el cambio de estrategia de la Hermandad Musulmana, de una de violencia armada a una de hacerse con el poder mediante difusión, crearon un vacío que ha sido llenado en parte por los neo-terroristas del tipo de los conocidos bajo la marca de Al Qaida.
Pero incluso entonces, estos grupos suscriben la versión más radical de la visión mundial de Al Qaida. Dentro de esa visión, algunos teóricos del terror argumentan en favor de una estrategia regional.
Quieren que los ghazis islámicos (los guerreros santos) se centren en lograr el poder en tantos países musulmanes como sea posible antes de pasar a una estrategia de conquista global para el islam.
Han identificado Afganistán, Pakistán, Arabia Saudí, Irak y Egipto como las naciones más vulnerables en el presente. Entre los partidarios de ese análisis, uno encuentra individuos y grupos que, aunque hermanos ideológicos, no sostienen necesariamente vínculos organizativos.
Pero ese análisis se opone a otros teóricos del terror, bin Laden incluido, que prefieren los atentados directos y espectaculares contra las principales potencias “infieles”, especialmente Estados Unidos y Gran Bretaña.
Su argumento es que a los “infieles” se les puede aterrorizar para que huyan del mundo musulmán, dejando así a los regímenes locales vulnerables a los atentados de los ghazis.
En esta lectura, la tarea inmediata de los ghazis es obligar a que Estados Unidos y sus aliados se retiren de los estados regionales objetivo.
Los atentados más recientes en Londres y Sharm Al Shaikh fueron obra de aquellos que comparten la estrategia defendida por este segundo grupo de teóricos terroristas. De los nombres en código utilizados por los grupos que han reivindicado la autoría de los atentados, esto queda claro.
Los grupos detrás de los atentados más recientes en Londres y Sharm Al Shaikh no están motivados ni por la cólera por la liberación de Irak, ni por cualquier sufrimiento que causen la pobreza o la crisis de identidad.
Tienen una estrategia clara y fríamente calculada, encaminada a cambiar el equilibrio del poder regional en su propio favor, expulsando a los “infieles” occidentales, para poder hacerse con el control de varios países musulmanes.
Y ese sería el primer paso hacia devolver al islam al camino de la conquista mundial por primera vez desde que los otomanos abandonasen su cerco a Viena en el siglo XVI.
Cualquier demostración de debilidad a la hora de afrontar ese resto sólo ayudaría a afianzar el presente debate dentro de los círculos islamistas a favor de aquellos que defienden las opciones terroristas más radicales.
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