América, Economía y Sociedad

La nueva “clase media” ha llegado a América Latina

En un continente marcado por la desigualdad, una década de progreso social está creando una nueva clase media, que ya se cifra en el 30% de la población de América Latina. El crecimiento económico y la generación de empleo formal está logrando sacar a muchos de la pobreza, según un informe del Banco Mundial.

Una curiosa historia fue publicada por la BBC un año atrás: la del enfado de algunos brasileños de clase alta por el arribo a sus lugares de veraneo de nuevos inquilinos, esta vez de una emergente clase media. Están por doquier: copan las playas, los hoteles, los aeropuertos, por lo que una profesional se queja: “Notamos que mucha gente que viene acá no es de la clase A o B, sino de la C. Eso está claro por el modo en que se visten y se comportan”.

Muy a su pesar y al de otros, un reciente informe del Banco Mundial (BM) –La movilidad económica y el crecimiento de la clase media en América Latina– apunta a que las molestias de los más acomodados tendrán que atemperarse, toda vez que se va consolidando en la región una tendencia al ascenso en los niveles de ingreso per cápita, lo que ha sacado de la pobreza y convertido en clase media a unos 50 millones de personas durante la pasada década.

Una clase en ascenso

Según el informe, dicho segmento experimentó un crecimiento del 50 por ciento (de 103 a 152 millones entre 2003 y 2009). Aunque todavía representan solo el 30% de la población de la región, han conseguido que se reduzca la brecha de la desigualdad. Argentina, México, Colombia, Brasil, Costa Rica, entre otros, son los rostros de éxito de la noticia.

Observado de cerca, el retrato del trabajador de clase media iberoamericano sería este: un empleado del sector de los servicios, con cierto nivel de instrucción, que trabaja en una empresa privada con un contrato formal, lo cual le da derecho a prestaciones sociales varias, y que reside en la ciudad.

En cuanto a ingresos, los parámetros del BM consideran a una persona de la clase media si percibe diariamente entre 10 y 50 dólares estadounidenses. Ser pobre significa recibir unos cuatro dólares, mientras que solo un dólar per cápita es signo de pobreza extrema.

Reducción de la desigualdad

Varios han sido los factores que han posibilitado el salto desde los escalones más bajos. El BM cita el acceso a una educación de mayor calidad, la mayor permanencia del estudiantado en los centros de formación, la progresiva incorporación de las mujeres –con un bagaje académico y unas competencias muchas veces superiores– al mercado laboral, y la garantía de redes de protección social ahora más sólidas.

Por supuesto, un sitio de honor entre las causas determinantes lo tiene el auge económico de la región (una tasa de crecimiento del 2,2% anual entre 2000 y 2009); auge que, valga decirlo, se produce mayormente sobre el movedizo terreno de la exportación de materias primas, por lo que la crisis que golpea a los países del norte, principales consumidores, no deja de ser un aviso para no poner todos los huevos en una canasta e ir diversificando las fuentes de riqueza.

“Es una realidad con dos caras –comenta Augusto de la Torre, economista jefe del BM para América Latina y el Caribe–. Una, positiva, que representa la reducción de la desigualdad por ingresos –los sueldos han subido, principalmente en las áreas de menor destreza tecnológica o intelectual– y otra, tal vez preocupante, por la especialización de nuestras economías en sectores de relativamente más baja productividad con menores exigencias en requisitos de educación, destrezas y capital humano”.

Brasil y México: rompiendo el ciclo de la pobreza

Varios de los programas puestos en práctica por los gobiernos latinoamericanos van encaminados, precisamente, a romper el ciclo de la pobreza y a que los miembros de las clases menos beneficiadas adquieran la capacitación necesaria que los pondría en igualdad de condiciones de acceso al bienestar.

Un ejemplo de ello es el programa Oportunidades, aplicado en México con el apoyo del BM, que ya ha beneficiado a 5,8 millones de familias. La iniciativa consiste en entregar pequeñas cantidades a los núcleos más vulnerables. En muchos de ellos, los niños no irían a clases por tener que dedicarse a llevar al hogar parte del sustento. Las autoridades, entonces, entregan a la familia el equivalente al hipotético aporte del pequeño, de modo que este pueda asistir a la escuela, y el montante va incrementándose de año en año, hasta que el niño concluye los estudios secundarios.

Asistencia sanitaria para todos, con énfasis en la prevención, y apoyo nutricional, son también parte del paquete de Oportunidades.

Otra experiencia de interés es la brasileña. El gobierno del Partido de los Trabajadores puso en práctica, a inicios del primer mandato de Lula en 2003, su programa “Bolsa Familia”, con el que afirma haber sacado de la pobreza a 30 millones de personas en un país de 190 millones de habitantes. Su sucesora, Dilma Rouseff, lanzó en 2011 su propia iniciativa, titulada “Brasil sin miseria”, con la que trata de elevar a otros 16 millones por encima del umbral de pobreza extrema, fijado localmente en menos de 44 dólares al mes. Las medidas incluyen ayuda financiera, educación de mayor calidad, acceso al agua y a la energía, y capacitación laboral.

Tanto el programa brasileño como el mexicano cuentan con el aplauso del BM.

¿Proceso irreversible?

Un interrogante sería si estos saltos a una mejor calidad de vida implican que las sociedades latinoamericanas se están volviendo sociedades de clase media. Sería muy aventurado afirmarlo, pues aun cuando esta supone el 30 por ciento de la población regional, todavía subsiste un porcentaje similar de personas que padecen la pobreza.

Para hablar de una expansión “crónica e irreversible” de la clase media, de modo que las sociedades iberoamericanas puedan recibir tal calificativo, habría que establecer si no existe el riesgo, para grandes segmentos poblacionales, de una vuelta atrás en el estatus socioeconómico, algo que no es del todo descartable. De hecho, a las categorías que hace el BM según los ingresos diarios, se le añade otra: la de los “vulnerables”, entendidos como aquellos individuos que tienen ingresos de entre cuatro y diez dólares diarios, superiores al único dólar de la pobreza extrema, pero definitivamente inferiores al ingreso de la clase media.

Para que no se experimente un retroceso en este sentido, el economista De la Torre apunta que se necesitan reformas que afecten al trabajo, la recaudación de impuestos y la seguridad social.

Por ello, el informe del BM propone incorporar de manera explícita en la política pública el objetivo de la igualdad de oportunidades, para convencer a todos de que el esfuerzo lleva su mérito y de que el reparto de dividendos no es un juego con ganadores cantados de antemano.

De igual modo, y como otra de las medidas, el BM sugiere acabar con el desestimulante círculo de impuestos bajos y mala calidad de los servicios públicos. Si se aprovechan las ganancias obtenidas por el alza de las materias primas, si se reestructura la política impositiva, y los ingresos fiscales se emplean decididamente en la mejora de las prestaciones, todos verán que vale la pena involucrarse y no tirar cada uno por su lado.

Solo así el contrato social, resquebrajado durante las muchas décadas en que el Estado se lavó las manos, podrá recuperarse y consolidarse. Pero si el nuevo empresario sigue percibiendo que sus impuestos son inútiles porque no se dedican partidas a incrementar, por ejemplo, la eficacia de la fuerza pública, y él tiene que seguir confiando en escoltas privados para evitar un secuestro, de poco valdrán las esperanzadoras cifras de hoy. Y las villas miseria siempre tendrán espacio para acoger a más de uno que regrese.

 

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