Algunos amigos chilenos dicen de Insulza que posee psicología de Tarzán porque no le gusta soltar una liana hasta que tiene la otra segura. Por eso, creen, no se atrevió a arriesgarse a una derrota en las elecciones presidenciales anteriores, que lo tentaban mucho, y por eso, ahora, su candidatura al Senado es objeto de forcejeos en la trastienda tendientes a evitarle la incomodidad de una primaria.
Esta referencia, independientemente de que sea justa o no para describir su forma de tomar decisiones en Chile, sirve para analizar lo que ha sido su paso por la OEA. Hay quienes afirman que su conducta amistosa para con los países del Alba obedece a razones ideológicas y al hecho de que en su elección como Secretario General el voto de la izquierda latinoamericana fue decisivo. Discrepo de ellos. Aunque su corazón socialista jugó un papel en estos años, no fue el factor central en su conducta. Tampoco su deuda con Venezuela y los países del Caricom subvencionados por Caracas, que en 2005 inclinaron la balanza en desmedro del salvadoreño Paco Flores y el mexicano Luis Ernesto Derbez. No me cuesta imaginarlo, en un escenario distinto, con una actitud más independiente frente al club de la izquierda dura.
No: lo que creo que fue mucho más determinante en su conducta como Secretario General de la OEA es la psicología de Tarzán que citaba antes: la búsqueda de la seguridad y el miedo al vacío. Me explico.
Cuando Insulza fue candidato en 2005, América Latina ya estaba, es cierto, polarizada, algo a lo que contribuía la mera existencia de la Administración Bush. Pero todavía la confrontación entre latinoamericanos no había alcanzado nada comparable en intensidad a lo que alcanzaría después. Recordemos que no estaban en el poder ni Evo Morales (asumiría el mando a inicios de 2006), ni Rafael Correa ni Daniel Ortega (empezarían sus gobiernos a inicios de 2007). Y todavía faltaban muchos meses para la IV Cumbre de las Américas en Mar del Plata, donde la izquierda latinoamericana sepultaría el proyecto de mercado común hemisférico conocido como Alca. Nada, pues, hacía pensar a Insulza que su cargo estaría en el centro de una lucha política continental tan enconada como la que acabó dándose.
Su plan era casi perfecto: habiendo alcanzado un techo político en Chile por el momento, era hora de darse un barniz internacional en un cargo que no auguraba turbulencias, a la espera de volver a casa para ser candidato presidencial unos años después. Como hombre de izquierda moderada procedente de un país respetado en Washington, lo tenía todo aparentemente fácil, incluyendo la relación con Estados Unidos, que había movido fichas, por medio de Condi Rice, en contra de su candidatura. La izquierda populista o radical no representaba una hipoteca demasiado grande en vista de que en Sudamérica campeaba la izquierda moderada, simbolizada por Brasil y afín a su propia trayectoria, y de que los aliados de Chávez parecían ser unas ínsulas políticamente ingrávidas.
Las cosas, claro, ocurrieron de muy distinta manera y aquí vuelvo a mi intuición de que la psicología de Tarzán fue más importante que la deuda con los votos de Chávez y su militancia socialista para su conducta en la OEA. A medida que avanzaron los meses, fue evidente que la izquierda populista crecía en influencia por cuatro razones: iban surgiendo gobiernos de esa línea; Chávez intensificaba, gracias a la disparada del crudo, su política intervencionista en el continente; el Brasil de Lula, que en casa representaba la moderación, en el exterior asumía un tercermundismo más ideologizado y, por último, la Argentina de Néstor Kirchner derivaba hacia un antiamericanismo setentista.
Insulza, sobreviviente de tantas batallas, fue abandonando la idea de que la OEA sería una sinecura placentera a la espera del regreso a Chile y entendió que estaría en el centro neurálgico de lo que empezaba a gestarse en América Latina. Allí, el temor a estar en el bando que su olfato le decía que sería el perdedor -a la inseguridad, al vacío- prevaleció sobre su plena conciencia acerca del peligro que representaban ciertos regímenes para la democracia y el desarrollo latinoamericano. Optar por contener, neutralizar o enfrentarse a los continuos atropellos contra los principios de la Carta de la OEA y de la Carta Democrática Interamericana era comprarse un pleito más complicado que las incomodidades que podría acarrear la complacencia con Caracas y compañía. Mientras que no había muchos límites a lo que la izquierda populista estaba dispuesta a hacer contra Insulza si él se interponía en su camino, los países de centroderecha serían mucho más fáciles de manejar cuando levantaran la ceja. La izquierda moderada, por cierto, reforzaba esta decisión pues su tendencia a tolerar y a veces alentar los excesos de Chávez garantizaban a Insulza la liana en la mano izquierda si soltaba la liana de la mano derecha.
¿Y Estados Unidos? Este era el único contrapeso serio: Washington financiaba casi dos terceras partes del presupuesto de la OEA. Pero había atenuantes. La Administración Bush estaba enfrascada en dos guerras que le dejaban poca energía para ocuparse de América Latina. Además, su capacidad de presión en la región no era la de antes: Insulza había obtenido el cargo en contra de Washington y a fines de 2005, en Mar del Plata, la izquierda moderada y la izquierda populista, aliadas en el propósito de enterrar el Alca, habían mostrado en qué lugar de la balanza había más peso.
Más tarde, la modificación del escenario estadounidense a partir de la llegada de Obama al poder abonó en favor de llevar las cosas en paz con la izquierda populista. Después de todo, Obama llegó ofreciendo diálogo con toda clase de enemigos, incluyendo a Chávez, y Hillary Clinton, la nueva Secretaria de Estado, portaba un apellido mítico para socialistas como el jefe de la OEA (recuerdo una simpática discusión con Insulza en casa de nuestro común amigo Alfredo Barnechea, intelectual peruano que ocupaba un cargo en el BID, en la que el Secretario General aseguraba que Hillary ganaría las primarias demócratas y este servidor le insistía en que las ganaría Obama). Otras figuras del “establishment” demócrata de política exterior, como John Kerry, que pasó a presidir la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, virtualmente garantizaban el blindaje a Insulza en su entendimiento con el Alba.
Es verdad: de tanto en tanto, la izquierda populista atacó a Insulza. Era un lance psicológico calculado para recordarle al Secretario General que la liana segura era la de la mano izquierda y para extender aún más los límites de la comprensión que mostraba el ex ministro chileno hacia cada atropello que se cometía en esos países. La operación funcionó bien, porque Insulza nunca abandonó en los hechos la psicología de Tarzán.
Los antecedentes mencionados explican, por ejemplo, la actitud de Insulza en el caso de Honduras, una de las mayores crisis, cuando tomó partido muy activamente por Manuel Zelaya a pesar de que era obvio, por torpe que hubiera sido el proceso de su derrocamiento, que el mandatario se había situado fuera de la legalidad (en alianza estrecha con Caracas) y había colocado a su país ante un abismo. La conducta del Secretario General con respecto de la línea de Caracas se vio reflejada en muchos otros casos. Recientemente ha avalado la forma en que Nicolás Maduro ha utilizado a las instituciones del régimen venezolano para asumir el cargo de Chávez en contra de lo que dice la Constitución.
No sería justo dejar de reconocer que hubo ocasiones puntuales en que Insulza no sucumbió a la presión de ciertos gobiernos autoritarios. Por lo general, ello ocurrió cuando un bloque sólido de países en los que había gobiernos de izquierda moderada se apartó del Alba o cuando la división profunda desaconsejaba arrimarse mucho a Caracas. Esto se vio en el caso de la destitución del Presidente Lugo en el Paraguay el año pasado, cuando el Secretario General se opuso a la suspensión de dicho país de la OEA. También se vio recientemente, cuando el intento, capitaneado por Quito, de domesticar a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y a la Relatoría para la Libertad de Expresión acabó en un empate que en la práctica deja todo como estaba. Esto fue posible porque los países de la izquierda moderada se distanciaron de los países del Alba.
La psicología de Tarzán ha servido más o menos bien al Secretario General en el corto plazo: le hubiera ido mucho peor si hubiera optado por enfrentarse a la izquierda radical. Pero le ha servido pobremente en un sentido histórico: el de su legado. Su gestión ha acabado siendo poco valorada por los países que más debían haberla valorado, los más democráticos y económicamente exitosos del hemisferio.
En Estados Unidos, esa gestión ha sido duramente cuestionada no sólo desde la derecha sino también por el “establishment” clintoniano. A ello se debió, por ejemplo, que el 14 de noviembre pasado cuatro integrantes de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado -incluidos los demócratas John Kerry, entonces presidente de dicho grupo, y Bob Menéndez- firmaran una carta dirigida al presidente del Consejo Permanente de la OEA acusando a los encargados de la organización de “parálisis administrativa”, “desmoralización”, “canibalización del personal” y otras fallas.
Insulza no es un gestor sino un estadista, pero la organización ya tenía serios problemas administrativos cuando asumió el cargo. Esos problemas han llevado a algunos países, como Canadá y México, a pedir reformas en los últimos años. Dado que algunos gobiernos han retenido periódicamente sus cuotas y los mandatos de la organización se han seguido acumulando (hay más de 1.700), los problemas de financiamiento han ido creciendo.
En 2010, Richard Lugar, republicano moderado que se entendía bien con los demócratas, encargó a su asesor Carl Meacham un informe sobre la OEA en el marco de una evaluación de los distintos organismos que Washington financia. Las críticas fueron tanto administrativas (se denunciaba “un déficit financiero insostenible”) como políticas (se cuestionaba la incapacidad para “abordar las amenazas a la democracia en sus etapas iniciales, como se observó previamente en Venezuela y Nicaragua”). Hubiera cabido esperar que este balance fuera matizado por los demócratas, pero en los últimos dos años la actitud de este partido ha sido muy similar a la de los republicanos.
Hillary Clinton profesaba por Cuba y Venezuela escasísima simpatía. De allí que quedara con mal sabor de boca cuando en 2009, durante la Cumbre de las Américas en San Pedro Sula, su diplomacia atajara con dificultad los intentos de algunos países, ante los cuales Insulza fue muy comprensivo, de reincorporar a Cuba a la OEA. A pesar de tener en su compatriota Arturo Valenzuela, entonces encargado de asuntos del Hemisferio Occidental, a un aliado y amigo, el Secretario General vio su relación con el gobierno de Estados Unidos enfriarse paulatinamente.
La OEA arrastra problemas que Insulza no creó y es injusto achacarle gran responsabilidad por lo sucedido en los países menos democráticos. También es cierto que la OEA es la suma de todos los países, incluidos los países-problema. Pero somos muchos los que pensamos que Insulza pudo ejercer un liderazgo con menos miedo al vacío y que éste no era el mejor momento para un hombre de sus características.
Publicado en LaTercera