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Mercados callejeros en Damasco, Siria.Vyacheslav Argenberg / Wikimedia Commons

Mercados callejeros en Damasco, Siria.Vyacheslav Argenberg / Wikimedia Commons

Entre los sirios

Durante un reciente viaje a Medio Oriente, atestigué la devastación que Israel ha infligido al Líbano con su respuesta indiscriminada a los ataques de Hezbollah a través de la frontera. Esa respuesta ha ido mucho más allá de los bastiones chiíes y ha desplazado a un millón de personas que quizás nunca puedan regresar a sus hogares.

También visité Damasco y me aventuré brevemente fuera de la capital siria, donde hay margen para el optimismo, siempre que se cumplan dos condiciones: que los análisis más sofisticados sobre las intenciones de los actores de la era post-Assad prevalezcan sobre las observaciones simplistas y prejuiciosas, y que el actual líder, Ahmed al-Sharaa, controle a las facciones que no comparten su visión.

La improbable figura de Sharaa es la mayor esperanza de cambio para Siria. Es un ex islamista que fue parte de la insurgencia radical en Irak. Más tarde, participó en la guerra civil siria del lado de Al Qaeda, pero rompió filas con esta organización y con el Estado Islámico para establecer una gobernación en el noroeste antes de derrocar el régimen baazista de Assad.

Ha tratado de incorporar a diversos grupos políticos y religiosos a la nueva Siria; se ha distanciado de Teherán; se ha adherido al acuerdo de la década de 1970 con Israel, que, aunque no es un tratado de paz completo, es un documento de buena voluntad; y ha establecido relaciones de trabajo con países occidentales, incluido Estados Unidos.

Hasta ahora, Sharaa tuvo éxito en sus principales retos, salvo uno. Se le ha concedido el beneficio de la duda en cuanto a su conversión del yihadismo a un gobierno tolerante y pluralista, incluida la incorporación de los kurdos, que hasta hace poco controlaban un tercio del territorio. Ha logrado evitar una guerra civil multipartidaria en un país donde cada facción armada tiene más experiencia combatiendo que gobernando.

Sin embargo, sigue pendiente la cuestión de los drusos. Ellos controlan la provincia de Suweida, en el sur, con la protección explícita de Israel, que atribuye erróneamente a Sharaa los ataques esporádicos contra esta minoría religiosa. De hecho, esos ataques han sido llevados a cabo por una facción disruptiva del ejército que no está bajo su control. Esta opinión se encuentra respaldada nada menos que por Walid Joumblatt, el líder histórico de los drusos libaneses, con quien me reuní en Beirut. Él ha viajado a Siria para hacerles entrar en razón y mantiene buenas relaciones con Damasco. Concluye que el radicalizado Hikmat al-Hijri, el señor de la guerra que busca separarse de Siria, “está fuera de sus cabales”.

Tras años de guerra y aislamiento, el colapso de las infraestructuras y la base industrial de Siria, y la inseguridad generalizada, han hecho imposible revertir este calamitoso declive. Esto, a pesar del reciente levantamiento de algunas sanciones internacionales y de los esfuerzos por propiciar el florecimiento de una economía de mercado. Desde 2011, Siria ha perdido el 85 % de su producto bruto interno; el 90 % de la población vive en la pobreza y depende de las importaciones del mercado negro procedentes de Turquía.

No obstante, el potencial de mejora es significativo. Me reuní con un grupo de empresarios que apuestan por la industria turística, convencidos de que los antiguos tesoros culturales del país podrían convertirlo en una joya del Mediterráneo oriental. También imaginan a Siria como un importante centro logístico y facilitador del comercio entre Oriente y Occidente, tal como lo fue durante miles de años, gracias a su privilegiada ubicación que conecta el Mediterráneo, Mesopotamia, Egipto y la Ruta de la Seda desde Asia.

Sharaa parece más interesado en el desarrollo que en la teocracia o la guerra, pero hay fuerzas que conspiran contra él, incluidos algunos de sus aliados que lucharon junto a él contra Assad, convencidos de que aspiraban a un Estado islámico. Ciertas señales, como el reciente decreto de las autoridades municipales de Damasco que circunscribe la venta de alcohol a los barrios cristianos, son inquietantes. Nadie cree que vayan a hacer cumplir esta norma, al igual que se ignoran muchas otras en las ciudades relativamente tolerantes (a diferencia del campo, más tradicional), pero el decreto pone de manifiesto el reto al que se enfrenta Sharaa.

Los peligros implícitos en una modernización que depende de un solo hombre son dos: la posible transformación del Gobierno en una maquinaria autoritaria empeñada en sofocar la rebelión, y la posible reacción en los sectores más tradicionales, que podría sumir al país en un nuevo conflicto interno. Hasta ahora, esto no ha sucedido.

Sharaa, que ha firmado un documento de transición de cinco años que hace las veces de una constitución de facto, parece ser consciente de los riesgos y, hasta ahora, ha logrado sortear a sus posibles rivales y saboteadores, manteniendo a su país al margen de la guerra regional en curso.

Traducido por Gabriel Gasave

Publicado originalmente en The San Diego Union-Tribune el jueves. 26 de marzo de 2026El Registro del Condado de Orange jueves. 26 de marzo de 2026Los Angeles Daily News jueves. 26 de marzo de 2026.

es investigador principal en el Instituto Independiente.

Foto: Vyacheslav Argenberg / Wikimedia Commons

 

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