Política

La trabajosa democracia afgana

Una población atemorizada, el dogmatismo reinante y el analfabetismo generalizado, dificultan el desarrollo de una cultura democrática.

Editorial
Unos 7.500 observadores en todo el país supervisaron las elecciones en Afganistán donde, nuevamente, predominó el temor y las amenazas de muerte sobre los electores. La presión electoral que con mayor peso se registró fue la amenaza por parte del talibán sobre la población civil en condiciones de votar. Desde que fueron desplazados del poder (por la acción norteamericana), el grupo terrorista/fundamentalista no cesó de provocar temor. Esta situación, en una sociedad convulsionada, tuvo su efecto registrándose una presencia electoral 20% menor a la del año pasado, cuando se eligió presidente.

En un país con 27 millones de habitantes, y 12,5 millones habilitados para votar, sólo 6 concurrieron a la urnas. Es decir el 50% del electorado. Las lecturas que se hacen sobre la participación son diversas. Por un lado se proclama la fortaleza de un pueblo que desea sufragar y ejercer su derecho democrático. Superar el amedrentamiento de los fundamentalistas y elegir a sus gobernantes. Pero por otro, se señala la incidencia que el cúmulo de amenazas produce sobre la actitud electoral, persuadiendo a los ciudadanos a no concurrir a los centros pautados. Lo cierto es que un 50% -en esta coyuntura de violencia- es un índice satisfactorio y puede considerarse (con las reservas del caso) un logro.

La imperfección de la elección afgana no sólo está marcada por el temor al ataque terrorista, sino por el extendido analfabetismo de su pueblo. La cifra es alarmante puesto que más del 80% de la población tiene dificultades para reconocer símbolos lingüísticos y leer adecuadamente. En muchos casos, los votantes se demoraban más de veinte minutos en emitir el sufragio sin que esto garantizara la elección prevista. Una multitud de símbolos y caracteres funcionaron como código de traducción para la población analfabeta complicando el procedimiento electoral. La situación fue aún más dificultosa en el caso de Kabul, donde los votantes debieron elegir entre 390 candidatos.

El desarrollo de estas elecciones tenía un particular significado por los antecedentes en Irak –donde la acción terrorista constituyó un boicot sistemático- y por la particular atención puesta por los Estados Unidos en el país. Dicha tensión llevó al presidente afgano a declarar, demagógicamente, que el desarrollo pacífico de las elecciones evidencia que “el terrorismo en Afganistán proviene del exterior”. Karzai olvidó que en el transcurso de la contienda electoral más de 15 personas (entre ellas candidatos) murieron asesinadas, y que al inicio de la jornada un almacén de Naciones Unidas recibió un ataque de misil. La ausencia de víctimas civiles en la jornada de ayer constituye sin dudas una buena noticia pero no es atribuible al esfuerzo del gobierno por desintegrar a los bandos terroristas.

Otro factor determinante en el análisis es el alto grado de dogmatización de la sociedad. Los valores religiosos prevalecen generalizadamente sobre la cultura civil debilitando las bases necesarias para una verdadera práctica democrática. Este reinado de la religión, incluso en las consideraciones de gobierno y en el orden social, hace que los más básicos ejercicios –y atribuciones- de la vida en comunidad se vean distorsionados. El rasgo más patético se refleja en la situación de la mujer y en la casi irrelevante función de los actores de la sociedad civil.

Afganistán elige funcionarios parlamentarios por primera vez desde 1969. El dato alentador contrasta con el temor de los observadores internacionales por la veracidad de los resultados que se indiquen (recién será el 22 de octubre). La demora constituye la principal inquietud hasta el final del proceso y pone al gobierno bajo la observación del concierto internacional. Por ello es que, entre otras cosas, Karzai debe ser sumamente cuidadoso en la exhortación pública. Y pensar primordialmente en cómo desalentar la proliferación del radicalismo y la miseria en el pueblo que preside.

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