En estos días se multiplican las voces alarmadas que se rasgan las vestiduras ante la maniobra en la que Estados Unidos logró extraer a Nicolás Maduro para ponerlo a disposición de la Justicia americana enfrentando el proceso por las causas vinculadas con el narcotráfico, el terrorismo y la corrupción.
Frente a ese escenario aparecen una caterva de encolerizados “defensores de la soberanía”, proclamando un hipotético orgullo nacional ultrajado, mencionando agresiones imperiales, intervenciones externas y violaciones a la autodeterminación de los pueblos.
Resulta curioso que quienes hoy levantan esas banderas no hayan mostrado el menor signo de malestar durante años frente al sometimiento progresivo de Venezuela a múltiples intereses extranjeros muchísimo más oscuros, silenciosos y peligrosos que los que hoy pretenden señalar con sus conjeturas vacías.
Lo que resulta irritante no es la preocupación en sí, sino la hipocresía inadmisible de quienes eligen escandalizarse selectivamente, mirando para otro lado cuando la injerencia descarada proviene de socios ideológicos o aliados convenientes.
Mientras proclaman independencia, Caracas firmó vidriosos acuerdos petroleros con Irán que exceden cualquier relación comercial razonable. La cooperación energética con Teherán no fue simplemente intercambio económico, sino que fundamentalmente incluyó asistencia técnica, ingeniería paralela y conexiones opacas que rozan tramas irregulares casi imposibles de esconder. Mientras tanto, el régimen teocrático iraní amplió su participación en territorio venezolano sin que los autoproclamados custodios de la soberanía emitieran un solo comunicado que plantee siquiera algo de inquietud.
La presencia de Rusia tampoco fue demasiado inocente. Más allá de los discursos retóricos, Moscú avanzó en pactos estratégicos que incluyen apoyo militar, provisión de armamento sofisticado y entrenamiento en tácticas de seguridad. No se trata solo de un mero vínculo económico, sino de una influencia geopolítica efectiva. Cuando un Estado abre sus puertas a potencias que buscan posicionamiento regional, la independencia se desdibuja y la autonomía se degrada. Pero para los “sensibles” del antiimperialismo sesgado, eso parece no representar problema alguno.
China, por su parte, instaló infraestructura de carácter militar y tecnológico, incluyendo estaciones de seguimiento, por no llamarlas burdamente “bases”, como así también desarrollos que confirman la presencia cuasi permanente de personal estratégico. No es solo cooperación cultural ingenua, sino dispositivos que sirven para vigilancia, comunicación y potencial despliegue táctico. Sin embargo, nadie de ese coro supuestamente en alerta por la dignidad venezolana levantó la voz. La doble vara es demasiado evidente como para intentar disimularla.
Y si todo eso no alcanzara para verificar lo inocultable, el entrometimiento procaz de Cuba ha sido determinante en el funcionamiento interno del aparato chavista. El régimen caribeño no actuó como un simple aliado colaborativo, sino como un proveedor directo de inteligencia, estructura de control social y asesoramiento político del más perverso que se conoce en todo el continente. Los servicios cubanos terciaron activamente en la organización del Estado venezolano y hasta en la represión, en la manipulación de información y especialmente diseñaron la formación de cuadros fieles al poder. Esa intromisión fue tan profunda que convirtió a Venezuela prácticamente en un satélite político de La Habana. La guardia personal del dictador estaba repleta de personal cubano, empleados de Diaz Canel, reconocido por ellos mismos, esos que dieron cuenta de la nacionalidad de los abatidos durante el operativo extracción. Es un misterio a estas alturas descubrir las razones por las cuales no les hizo jamás ningún ruido semejante despropósito a los energúmenos de siempre.
Por eso, cuando algunos expresan horror ante lo sucedido conviene recordar que el argumento de la “autodeterminación” no puede ni debe ser usado como escudo para proteger dictaduras, redes criminales o alianzas turbias.
Defender la independencia nacional debería implicar condenar toda forma de dominación externa, venga de donde venga. Pero aquí no se trata de eso sino de un relato amañado que condena lo que incomoda y justifica aquello que ideológicamente aún hoy resulta funcional.
El cinismo queda expuesto. La soberanía solo parece importante cuando sirve para victimizar al poder chavista. Cuando los que avanzan son Rusia, China, Irán o Cuba, nadie se ofende, ni denuncia, ni hace marchas o reclamos. Cuando la subordinación favorece al régimen, lo financia sin sonrojarse, le da herramientas para mantener encerrados a los opositores políticos y sostenerse indefinidamente en el poder, la supuesta dignidad nacional automáticamente deja de importar.
La verdad es sencilla: Maduro convirtió a Venezuela en un territorio condicionado por potencias extranjeras que utilizan al país como plataforma de intereses propios. Lo hizo para anular las instituciones y acallar las voces disidentes, para delinquir a cara descubierta enriqueciéndose sin pudor y consolidar una dictadura que viola los principios más elementales de la vida democrática. Convertir eso en un gesto de “patriotismo” es una burla a la inteligencia de la humanidad. Lo que hoy llaman defensa de la soberanía no es otra cosa que protección de privilegios, encubrimiento de delitos y complicidad política con un proyecto autoritario que desde hace casi tres décadas abandonó al pueblo venezolano para responder a sus socios internacionales y a sus despiadados réditos corporativos.
Los falsos guardianes pueden seguir fingiendo indignación. Pero la realidad los desmiente. Porque quien realmente cree en la libertad de una nación no elige silencios a medias ni connivencias camufladas. Simplemente promueve la verdad, aunque incomode a sus amigos y a sus inclinaciones filosóficas.
Alberto Medina Méndez.
Periodista y Consultor
Twitter: @amedinamendez



















