Pensar, como hace Oxfam, que hay países que están determinados inexorablemente a ser pobres y que por eso deben ser ayudados es ir por mal camino.
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Lunes, 16 de febrero 2026

Pensar, como hace Oxfam, que hay países que están determinados inexorablemente a ser pobres y que por eso deben ser ayudados es ir por mal camino.
editorial
Oxfam ha hecho ayer público un informe titulado ´Los héroes y los villanos
de la UE: ¿Qué países cumplen sus promesas de ayuda, comercio y deuda?´. El
documento es, a grandes rasgos, una ataque a los países desarrollados por no
destinar más dinero a la ayuda de los más pobres.
Según los “expertos”
de esta ONG multinacional, “Francia se mantiene como un obstáculo a la reforma
del comercio agrícola al bloquear reformas esenciales, incluido el final de los
subsidios a la exportación de la producción agrícola europea”, señalando que:
“Grecia, Portugal, España e Irlanda se alinean con Francia contra una reforma
significativa de la Política Agrícola Común de la UE”.
Peor parados
salen Italia y Alemania. En el capítulo de villanos en aportación de ayudas al
desarrollo, Oxfam recuerda que en 1970 se fijó el objetivo de dedicar al este
concepto el 0,7% del PIB. Sin embargo, Italia sólo destina a esta partida
presupuestaria en 0,17% y, “de continuar la tendencia actual, Alemania alcanzará
el 0,7% en el año 2087”.
A nuestro juicio, Oxfam parte de una premisa
que la experiencia no se cansa de refutar: la ayuda externa promueve el
desarrollo. Esto es falso. Lo que la ayuda promueve, como lo demuestran los
casos de América Latina y África, es un círculo vicioso de la pobreza, que lejos
de acabar con ella, la perpetúa. Además, la ayuda fomenta la corrupción y la
concentración del poder económico y político. Es, como dijo el célebre
economista Peter T. Bauer, “un subsidio otorgado por un gobierno a otro”. Así,
en consecuencia, aumenta la influencia de los grupos de presión que luchan por
hacerse con el botín que reciben los gobiernos.
Pensar, como hace Oxfam,
que hay países que están determinados inexorablemente a ser pobres y que por eso
deben ser ayudados es ir por mal camino. Hong Kong y Japón contradicen a los
países africanos. Ni la ayuda financiera ni los recursos naturales son
necesarios si lo que se busca es el desarrollo económico. La beneficencia
politizada acabó arruinando a los países pobres con deudas exorbitantes que hoy
no pueden afrontar. Sería deseable que, antes de planificar ayudas mastodónicas, ponderemos la fructífera posibilidad de abrir mercados y limitar a los gobiernos.
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