Quien gobierna Alemania, gobierna Europa. Sólo por eso, las elecciones que tendrán lugar este domingo en la república federal serían importantes. Lo son aun más que de costumbre porque Europa no sabe, a estas alturas, qué esperar del próximo gobierno alemán aun cuando Angela Merkel, la matrona del continente, es la favorita.
Para Europa las posibilidades son, a ojo de pájaro, tres: la continuación de la dureza maternal que hasta ahora ha exhibido Merkel, combinando el rigor y un leve toque euroescéptico con una solidaridad contante y sonante a la hora de la hora; una mayor frialdad y distancia, como quisieran los ciudadanos alemanes y como las que una Merkel debilitada se vería obligada a adoptar; finalmente, un mayor entusiasmo por la federalización de Europa si los euroescépticos salen debilitados y los socialdemócratas se fortalecen.
A primera vista, Merkel no corre peligro. Su partido, el CDU, sumará, junto con su hermano siamés, el SCU bávaro, cerca de 40 por ciento del voto. Su gran rival, el socialdemócrata SPD, no superará la cuarta parte de la votación en el mejor de los casos. Pero atención: se necesita sumar 46 por ciento para la mayoría absoluta, lo que hace difícil que la actual coalición de gobierno, de la que forman parte los liberales del FDP, siga con vida. Los liberales están en serio peligro de no superar la valla del cinco por ciento a partir de la cual se goza de representación parlamentaria.
Este dato importa a pesar de la representatividad pequeña del FDP en la vida política alemana. Dicha organización, renuente a rescatar a Europa de su propia irresponsabilidad, ha ejercido una influencia de primer orden en el segundo periodo de Merkel (en el primero ella estuvo aliada con los socialdemócratas), limitando el margen de acción de la canciller. Lo pudo lograr, en parte, porque sin su respaldo la coalición se hubiera venido abajo y, en parte, porque la mayoría de los ciudadanos se han vuelto euroescépticos a raíz de lo que perciben como un precio demasiado alto para liderar a Europa. El socio menor era algo así como una correa de transmisión del euroescepticismo de la sociedad, pero en versión bastante moderada.
Merkel no es, ella misma, euroescéptica, sólo alemana; como tal, mostró en estos años impaciencia ante el descalabro de sus vecinos. También hizo gala de prudencia ante las exigencias de que Berlín asumiera grandes costos para rescatar a quienes se hundían e impulsara una federalización acelerada de las finanzas europeas. Pero lo cierto es que puso la billetera en numerosas ocasiones: un 27 por ciento de las ayudas otorgadas a los países en problemas provino de Alemania. El Mecanismo Europeo de Estabilidad (500 mil millones de euros), sucesor de dos programas que también respaldó, no hubiera sido posible sin ella. Merkel llegó a preferir a Mario Draghi, el presidente del Banco Central Europeo, en lugar de su compatriota Jens Weidmann, cuando ambos se enfrentaron a propósito de la intención del primero de convertir a dicha institución en compradora de bonos soberanos de dudosa cobranza. Sin la caución de la canciller, Draghi no hubiera podido decirle a Europa que haría “todo lo que haga falta” para salvar al euro, lo que en la práctica implicaba el compromiso de imprimir todo el dinero necesario, sin importar las consecuencias.
Mientras esto ocurría, Europa odiaba a Merkel porque ella exigía, con razón, que se cumpla el pacto fiscal suscrito por los países de la eurozona para poner orden y daba su brazo a torcer sólo después de mucho forcejeo, haciendo guiños a su electorado euroescéptico con frases duras sobre la responsabilidad de los países en crisis por lo sucedido. Se resistió a aceptar la mutualización de las deudas europeas sin haber sido purgados antes los excesos anteriores y sin haber organizado la estructura constitucional que lo permita, a fin de evitar futuros descalabros. En resumen: manteniendo un juego de equilibrios que le ganó el título de “la demócrata con más talento político del mundo” por parte de The Economist, se las arregló para socorrer a Europa mucho más de lo que los alemanes querían y mucho menos de lo que Europa demandaba, y para nunca desafiar demasiado frontalmente a la Corte Constitucional de su país y al electorado euroescéptico, que con frecuencia le señalaban los límites de lo tolerable.
Gracias a ello, el partido euroescéptico radical, Alternative Für Deutschland (AfD), que pretendía convertirse allí en lo mismo en que se habían convertido sus pares en otros países europeos, no pudo volverse un movimiento de masas ni rivalizar de igual a igual con los partidos principales. Por ahora. También en esto fue clave el FDP: su euroescepticismo moderado y sus credenciales respetables dieron a Merkel cobertura para resistirse en parte a lo que Europa le pedía y al mismo tiempo la ayudaron a mantener bajo su ala al electorado de centroderecha cada vez más desencantado de Europa, que de otro modo hubiera emigrado hacia AfD.
Todo esto está en juego el domingo. Para Merkel, el riesgo relacionado con el FDP es doble: que los liberales no entren al Bundestag es una posibilidad, pero la otra es que lo haga a costa de los votos del CDU, su partido. En el sistema parlamentario alemán, los votantes ejercen un doble sufragio: votan no sólo por un candidato de su circunscripción sino también por un partido; este segundo voto es el que determina el porcentaje de la representación en el Parlamento. Con frecuencia, un cierto número de votantes conservadores cruzan el voto, respaldando a un candidato o candidata del CDU en el primer caso y al FDP como partido en el otro. Lo hacen para asegurarse de que el FDP logre representación y acompañe a los democratacristianos en el gobierno.
Un factor de último minuto podría alentar el cruce del voto por parte de los conservadores: el desastroso resultado del FDP en las elecciones de Bavaria, el estado más rico. Alarmados ante el inminente riesgo de que el FDP de Philipp Rösler se quede fuera del Bundestag, podrían quitarle votos a Merkel y dárselos a los liberales, calculando que acabarían gobernando juntos. El peligro para el CDU proviene del hecho de que en esta elección se ha introducido una novedad: el primer voto ya no aumentará el porcentaje del partido ganador del segundo voto. El cruce del voto impediría la coalición con los liberales que los votantes conservadores quisieran mantener.
Así, el fantasma de una coalición alternativa, dirigida por los socialdemócratas del SPD, merodea por la política alemana. Sigue siendo muy improbable, habida cuenta de la distancia tan grande entre los democristianos del CDU y los socialdemócratas del SPD, que los segundos desbanquen a Merkel, pero no puede descartarse. La novedad, en este caso, es que la coalición de izquierda podría reunir al SPD, al Partido Verde y a La Izquierda, un partido radical con el que los socialdemócratas no han querido vincularse hasta ahora. Ello supondría abrir una caja de Pandora en un país cuya economía ha soportado exitosamente el embate europeo gracias a unas reformas de corte más bien liberal que, ironía de ironías, realizó el SPD del canciller Gerhard Schröeder en su día y que este gobierno ha preservado. También supondría, en principio, situar al gobierno en una línea más pro europea que la de Merkel y el electorado alemán, salvo que el radicalismo de izquierda impusiera otra dinámica.
El temor a este escenario alternativo ha empujado a muchos a contemplar una tercera posibilidad: una reedición de la “Gran Coalición” entre democristianos y socialdemócratas. La estabilidad y previsibilidad serían mucho mayores que en el caso de la coalición de izquierda. Los socialdemócratas, a pesar de algunas críticas puntuales, han apoyado desde la oposición todas las iniciativas de Merkel con respecto a Europa en el Bundestag. No es difícil prever que si el SPD reemplazara al FDP como socio de coalición, la política alemana cobraría un tono más pro europeo. Dado el euroescepticismo del electorado y de amplios sectores del “establishment” conservador, esto mismo podría, sin embargo, romper la eventual coalición. En cuyo caso volvería a rondar el espectro de una coalición de izquierda, sólo que ahora con más nitidez que en la campaña electoral, pues los socialdemócratas ya tendrían la coartada perfecta: lo intentamos con el CDU y no se pudo. Podrían también ensayar una coalición en minoría con los Verdes, respaldada en el Bundestag por La Izquierda, sin necesidad de que este partido participase en el gobierno.
Por si esta incertidumbre no fuera suficientemente angustiosa para los europeos, se da también la posibilidad de que se mantenga la actual coalición de gobierno pero no dure mucho tiempo o esté tan debilitada por el resultado que Merkel se vea obligada a seguir una línea más euroescéptica. Ello ocurriría, por ejemplo, si el AfD entrara al Parlamento, algo que algunos sondeos no permiten descartar. Un CDU débil, un FDP fortalecido y un AfD envalentonado, con el eco de una prensa bastante crítica de Europa como es la alemana, harían de Merkel rehén de fuerzas superiores a ella. Es de suponer, ahora que se habla de un tercer rescate para Grecia a pesar de que ya los dos anteriores comprometieron más de 240 mil millones de euros, que ese escenario haría muy difícil a la canciller abrir de nuevo la faltriquera.
Desde Europa, se fantasea, sin ambages, con la opción de la Gran Coalición. La burocracia de Bruselas especula incluso con que, para propiciar esta coalición, sería útil que entrara al Bundestag el partido euroescéptico radical: su irrupción supondría aumentar a seis el total de partidos representados y disminuir la representación de los actuales socios, haciendo muy improbable que siguiera el FDP en el poder y obligando a la canciller a mirar hacia la centroizquierda para formar gobierno.
Lo cierto es que hay algo perturbador en la idea de que Merkel corra algún peligro. Además de presidir una economía que es una roca en la tempestad, ha sido la dirigente más razonable y reconfortante del mundo occidental en estos años turbulentos y excesivos. Aunque aplicó algunos rescates en casa, nunca llevó esa política a los extremos de Estados Unidos. Aunque ayudó a Europa, no cedió a la presión para embarcar a su país en una locura subvencionadora que en vez de arreglar las cosas en el viejo continente habría comprometido la salud financiera y económica alemana. Supo defender la necesidad de volver a un manejo racional de las finanzas públicas cuando Washington, Pekín y las otras capitales europeas, al inicio de la crisis, incurrieron en un gasto fiscal abusivo, con las consecuencias que conocemos.
Uno tiene la sensación de que dormirá algo menos alarmado si Merkel sigue a la cabeza de Alemania.
Artículo publicado originalmente en La Tercera