Un hombre hace las maletas, besa a su esposa y a sus hijos, y se marcha a otro país. Les ha prometido ayudarlos económicamente en cuanto empiece a trabajar e iniciar cuanto antes los trámites para llevárselos a todos consigo, o bien volver con sus ahorros para mejorar las condiciones del hogar, montar algún negocio y no irse nunca más.
Por regla, las estadísticas se interesarán por el rumbo que tomará este emigrante, por si se respetan sus derechos, y por su decisión de instalarse definitivamente en el país de destino o regresar a casa. Pero habrá pocas noticias acerca de los que se quedaron, como si las remesas que les alivian el día a día bastaran para borrar toda consecuencia de la fractura familiar. Como si no hubiera un desgarro afectivo.
Las remesas de los emigrantes proporcionan más bienestar material a sus hijos, pero muchas veces la situación familiar se deteriora
Las diferencias de renta entre las naciones receptoras y las de origen (normalmente menos prósperas), hacen que cada envío monetario, por pequeño que sea, se vea en el hogar familiar del emigrante como la confirmación de que, en efecto, su partida era “un sacrificio necesario”.
Sin embargo, la salud emocional y el comportamiento social de los más jóvenes, que fueron dejados al “cuidado” de los adultos mayores, tiende forzosamente a resentirse, mientras que estos últimos pueden verse desbordados y psicológicamente afectados por el ímpetu de unos chicos carentes de patrones de autoridad.
Según se advierte, la proporción “a más dinero, mayor felicidad” deja de ser una “verdad incuestionable” en muchos casos. El
reporte de 2013 de la Organización Internacional de Migraciones (OIM) señala que, por ejemplo, en Ecuador, con el grueso de sus emigrantes en España, EE.UU. e Italia, los beneficios de las remesas se ven tristemente sobrepasados por los costos de la separación de los miembros de la familia. De hecho, un artículo periodístico previo a la crisis, cuando la masa inmigrante ecuatoriana en España llegó a ser de medio millón de personas y los envíos a casa eran más generosos, hacía notar que el incremento de las salidas al exterior entre 1990 y primera década de los 2000 (hacia 2005, los ecuatorianos en el exterior llegaron a constituir el 20 por ciento de la población del país) coincidía con el aumento en un 10 por ciento de los suicidios entre los jóvenes de 15 a 19 años que quedaban atrás.
“Peligro: Adolescentes solos y con dinero”
Los jóvenes pueden ser de Bogotá, de Guayaquil o de Manila, pero las tendencias se repiten. Tienen en común que sus progenitores –o al menos uno de ellos– se han ido a trabajar a otro país para suplir las necesidades básicas de la familia. El dinero, que cubre los agujeros económicos, también deforma a los chicos cuando se pretende que con él atenúen un poco la lejanía de sus seres queridos.
La ausencia de los progenitores les puede originar cambios de conducta y sentimientos de pérdida, tristeza y abandono
The New York Times recoge testimonios como el de Dolores Gerong, una mujer filipina que funge como asistenta en Hong Kong, y tiene tres hijas en Manila. “Me preocupo –narra– cada vez que hablo con mi hermana y me cuenta que se van a la calle hasta muy tarde en la noche, que gastan en tonterías el dinero que gano trabajosamente, y que no salen demasiado bien en la escuela”. El padre de las muchachas poco puede ayudar: trabaja como chófer en Arabia Saudí hace más de una década.
En Mabini, a 80 kilómetros de la capital filipina, la directora de un instituto traza el perfil del hijo de emigrantes. En esta comunidad, en la que el 15 por ciento de la población activa se ha marchado –principalmente a Italia–, los docentes constatan que mientras los hijos de los trabajadores en el exterior gozan de una situación financiera mucho mejor que la del resto, su disciplina es bastante peor, y así también su rendimiento académico. “Lo tienen todo en términos de tecnología, incluidos los teléfonos que aquí no puedes encontrar ni en Manila, y sus pagas superan incluso las de los profesores. Pero son arrogantes”.
Al otro lado del Pacífico, en Colombia, los chicos no se desempeñan más envidiablemente. Los números que marcan las remesas de los colombianos residentes en otros países son “gloriosos” para la economía local: 1.784 millones de dólares en el primer semestre de 2014, pero las cifras no miran el reverso de la moneda. Juan Pablo Vélez, directivo del Hospital Mental de la provincia de Risaralda, aseguraba aABC haber conocido a muchos hijos de emigrados que llegan a atenderse por problemas psicológicos y psiquiátricos: “Les falta la unidad familiar, la autoridad y el acompañamiento en una edad que es muy conflictiva. (…) Como tienen poder adquisitivo por el dinero que les envían del exterior, y permanecen mucho tiempo solos, caen en las drogas muy fácilmente”.
La reagrupación familiar constituye más del 50% de la inmigración legal en algunos países, pero el proceso es burocráticamente complicado
Los abuelos, de nuevo a escena
En octubre pasado, en el taller “Migración y familias”, la OIM llamó la atención sobre la vulnerabilidad de los menores dejados atrás por sus padres, algo que va más allá de las consecuencias de cómo utilizan el dinero o los bienes materiales. Según los expertos, la ausencia de los progenitores les puede originar cambios de conducta y sentimientos de pérdida, tristeza, abandono, ira y rechazo. Allí donde los porcentajes de emigración femenina son más notables, los muchachos se creen abandonados a su suerte por sus madres y tienden a perder la confianza en el resto de la familia.
Lo más preocupante del asunto –habría que añadir–, es que en el intento de suplir las carencias afectivas, de buscar referentes morales y asegurarse protección, el chico puede enrolarse en grupos con tendencias marginales y marcados signos identitarios. Un
informe de la UNICEF sobre los hijos de emigrantes en el municipio ecuatoriano de El Cañar, que exhibe una de las más altas tasas migratorias del país, indica que la mitad de los niños de cinco a 11 años han referido recibir golpes, insultos, baños de agua fría y otros castigos violentos por parte de los familiares que han quedado a cargo de ellos. En el caso de los que no reciben ni llamadas periódicas ni remesas, el maltrato es ostensiblemente peor. ¿Acaso no les es más atractivo irse con la pandilla de “colegas”?
Pero no son únicamente los chicos el segmento más afectado por la partida del progenitor. Los abuelos y otros familiares ancianos, que asumen un “segundo turno” como padres, lo tienen difícil para conducir a unos jóvenes ya psicológicamente golpeados por la ausencia materna o paterna. “Uno crece resentido –confiesa a ABC un adolescente colombiano–. Mi mamá me dice que si me porto bien me manda regalos. Me deja con mi abuelito, que duerme todo el día. Mis amigos me aconsejan que falte al colegio, porque mi mamá me dejó tirado acá”.
Un “abuelito que duerme todo el día” no es, como puede adivinarse, la más sólida garantía para la educación del chico. La OIM afirma que algunos índices de calidad de vida y la nutrición del adulto mayor pueden mejorar gracias a las nuevas entradas monetarias desde el exterior; sin embargo, no deja de reconocer que la prolongada ausencia de sus hijos puede causarles daños psicológicos de importancia y otros problemas de salud.
“Para muchos de estos mayores, los costos de la emigración de sus hijos o de los cónyuges de sus hijos, parecen sobrepasar los beneficios”, estima la organización. Como botón de muestra, puede citarse una
investigación efectuada en Tailandia en 2011, que arrojó que un 58 por ciento de los mayores de 60 años que tienen un hijo emigrante, presenta algún signo de enfermedad mental, mientras que un 56 por ciento califica de “pobre” su salud.
El emigrante es él… y su familia
Habría muchas razones para dar gracias a los que se van a otros países a ganarse el pan y compartirlo con los de su tierra. Por ejemplo, en Filipinas, que según el Banco Mundial recibió en 2011 unos 21.000 millones de dólares por concepto de remesas, el gobierno ha llegado a instituir un premio a la “Familia Emigrante Modelo”. Instalaciones de uso social como clubes y liceos se levantan en varios municipios gracias al aporte voluntario de los que se fueron.
A estos, sin embargo, más que un gesto de “gratitud” en forma de gala y premio, les sería más beneficioso que las autoridades instituyeran programas de atención especializada a los que quedaron atrás, proyectos que ayudaran a sus hijos y ancianos a atenuar su ausencia y a integrarse socialmente.
Lamentablemente, tales iniciativas son “raras”, según constata la OIM, que aconseja a los países emisores la implementación de programas de este corte. Se da la paradoja de que quienes fungen como asistentes de ancianos o cuidadores de niños pequeños en otros sitios del orbe, y que contribuyen en alguna medida al desarrollo económico de su tierra, deben pagar de su bolsillo a los cuidadores de sus propios padres e hijos, porque el país de origen extiende alegremente la mano para recibir las remesas, pero se desentiende de crear estructuras que satisfagan las necesidades de sus emigrados.
Por otra parte, y para paliar o remediar en lo posible las consecuencias de la fragmentación familiar, la OIM tira también del manto de los principales países de destino,[1] a los que recomienda modificar sus políticas migratorias de modo que la reunificación familiar —que constituye el motivo de inmigración legal en más del 50 por ciento de los casos en algunos países— no sea un proceso tan largo y tan burocráticamente complicado. Las restricciones en este sentido pueden terminar estropeando cualquier esfuerzo encaminado a la integración del inmigrante, que estará más pendiente de lograr que sus familiares se le reúnan pronto, antes que enfocado en contribuir al desarrollo de su país de acogida, y más molesto que agradecido.
Habría, pues, que repensar la cuestión migratoria y concebir políticas que vean al emigrante-inmigrante no como un átomo suelto, sino en la complejidad de sus nexos familiares.
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[1] En EE.UU., unos 41 millones de inmigrantes constituyen el 14,3 por ciento de la población, según
estadísticas de la División de Población de Naciones Unidas. Otros destinos migratorios, como Reino Unido, Alemania y Francia, contabilizan un 12,4, un 11,9 y un 11,6 por ciento de inmigrantes respecto a sus poblaciones totales, mientras que España cuenta con un 13,8 por ciento de población nacida en otras latitudes.
Suiza, Australia, Nueva Zelanda, Arabia Saudita y varios de los estados petroleros del Golfo Pérsico, entre otros, exhiben porcentajes superiores.