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No hay guerra en Libia como no había crisis en España

La perversión del lenguaje es una estrategia para la que los socialistas acreditan una gran capacidad

La guerra no existe en Libia en la versión oficial difundida por el Gobierno de España (con una sobresaliente colaboración de los medios públicos). Zapatero ha completado en la tribuna del Congreso de los Diputados un grueso volumen de sinónimos (operación, misión, intervención, acción, movilización…) para no tener que emplear el maldito vocablo “guerra”. Preso de su vieja demagogia en materias bélicas, se ve obligado ahora a bordear la realidad con términos que ocultan, sin ningún éxito, la realidad del enfrentamiento armado contra el régimen de Gadafi.
 
El único voto discrepante en la Cámara Baja fue el del diputado de Izquierda Unida, Gaspar Llamazares. Pegatina en ristre (“No a la Guerra”) le espetó al Presidente: “quién le ha visto y quien le ve.Otrora tras la pancarta del no a la guerra: no a la guerra de Irak; más tarde con el sí, pero… a la guerra de Afganistán, y ahora encabezando la coalición de París”. No le faltaba razón al solitario representante comunista. No reconocer que hay una guerra no exime a Zapatero de un travestismo prodigioso.
 
Mariano Rajoy, por su parte, dio una lección de responsabilidad, respaldó la intervención militar española y llamó por su nombre lo que está sucediendo en Libia: una guerra.
 
La perversión del lenguaje es una estrategia para la que los socialistas acreditan una gran capacidad. En el año 2008, por ejemplo, Zapatero negó una y otra vez la existencia de la crisis económica; era fundamental entonces que no calara en los ciudadanos esa terrible expresión que finalmente nos atrapó cuando ya era demasiado tarde.

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