David Horowitz
El arresto del general contrarrevolucionario de Chile, Augusto Pinochet, y la proximidad del 40 aniversario de la Revolución Cubana* llaman la atención sobre dos batallas celebradas de la Guerra Fría, en la que los miembros de mi generación tomaron partido apasionado. Como alguien que se sumergió en estas batallas en un bando y acabó en otro, tengo emociones confusas pero claras en última instancia acerca de esta historia y los sucesos que le dieron forma.
Ser parte de la izquierda le imbuye a uno en una sensación de haber elegido el bando moral en todos los conflictos. Pertenecer al bando de la moralidad y el progreso se convierte en una especie de segunda naturaleza, compensadora de alguna manera del hecho de que algunas de estas batallas están necesariamente perdidas. Se solía decir entre nosotros que como revolucionarios, estábamos destinados a perder cada batalla, a excepción de la última. No nos unimos a la causa progresista para apoyar a los ganadores de la historia, sino para defender a sus perdedores: los impotentes, los oprimidos, los convertidos en víctimas. Nuestro compromiso político era decantarnos por el bando de la justicia social. Es una buena intención.
Por este motivo, cuando llegó la hora de abandonar esos compromisos políticos, fue bastante más fácil identificar lo que andaba mal en la izquierda e invertirlo de lo que lo era moverse en la dirección de la derecha y poner mis pies en terreno político nuevo. De hecho, me retiré de toda actividad política durante casi diez años antes de cambiar de rumbo.
Conforme me apartaba de la izquierda, repelido por los crímenes que los progresistas habían cometido y las catástrofes que habían producido (resultó que ganar la “última” batalla podía ser peor que perderla), tenía un peso en la conciencia por ciertos sucesos políticos y figuras históricas asociadas con este pasado. Una de las figuras era Pinochet.
En nuestra versión progresista de este episodio histórico, entendíamos que la democracia chilena había producido una anomalía histórica marxista elegida democráticamente. A este marxista, Salvador Allende, se le había permitido por parte de las fuerzas en el poder hasta formar un gobierno e iniciar un programa de reforma social. Sabíamos, por supuesto, que esto no podía durar. Las clases pudientes nunca abandonaron su poder sin luchar. Antes o después, habría una contrarrevolución, probablemente un golpe militar. La única cuestión era cuando. Al hacer este cálculo, teníamos la vista puesta en Washington, la capital, a nuestros ojos, del sistema imperialista mundial. En las declaraciones políticas que publicamos, invocábamos el recuerdo escrupuloso de Bahía Cochinos, el intento fracasado de la CIA por derrocar a Fidel Castro en el segundo año de su régimen revolucionario. Esta era la verdadera cara de la potencia americana, cuyas políticas estaban orquestadas por las corporaciones multinacionales con inversiones en el tercer mundo. Sólo era cuestión de tiempo antes de que sus intereses se afirmaran.
El golpe contra Allende llegó en 1973, según lo esperado. El régimen fue derrocado y Allende cometió suicidio en el fragor de la batalla. El golpe de los generales estaba liderado por Pinochet, que se convirtió en el dictador militar de la nación. Miles de progresistas fueron perseguidos; 5000 fueron ejecutados. La dictadura militar se hizo permanente. La democracia de Chile estaba muerta.
Sabíamos que, por supuesto, la CIA estaba detrás de estos sucesos. Richard Nixon y Henry Kissinger no podían tolerar otro ejemplo revolucionario en el hemisferio. La International Telephone and Telegraph Corporation (ITT) tenía enormes inversiones, y su influencia llegaba bastante lejos en la Administración Nixon y la inteligencia norteamericana. Todo salía de Lenin.
Aun cuando ya había desertado de la izquierda, no quería formar parte de tales sucesos. Una cosa era rechazar a la izquierda; otra completamente distinta era abrazar lo que parecía ser el tipo de derecha que pisoteaba a gente indefensa, haciendo sus vidas incluso más miserables de lo que lo habían sido. Tampoco había ninguna razón particular para que lo hiciera. Era perfectamente posible para mí haber concluido que los esquemas de la izquierda eran utópicos y podrían resultar en enormes desastres sociales y crímenes grotescos sin saltar a la conclusión opuesta de que el sadismo de los dictadores militares era una alternativa apropiada o incluso preferible.
Otro reflejo familiar en el modo de pensar de progresistas como yo era cerrar los ojos ante las malas noticias cuando llegaban de la izquierda. En cada empresa revolucionaria había demasiado en juego, que era en realidad un preludio de la posibilidad humana. Los enemigos de la promesa utilizarían cualquier fracaso socialista para matar el sueño socialista, y así a la propia esperanza. Por este motivo prestaba tan poca atención como me era posible al destino de la revolución que inspiraba Allende y la izquierda chilena. Esta era la revolución de Castro en Cuba, que también había sido una de las principales inspiraciones de la nueva izquierda norteamericana, pero que durante muchos años había pasado de mal a peor. No desconocía que Cuba estaba teniendo problemas, pero los atribuía principalmente a las maquinaciones de los dos diabólicos imperios, Washington y Moscú.
Al final de los setenta, sin embargo, vi un documental acerca de la revolución de Castro realizado por el cineasta cubano Néstor Almendros, que había salido de la isla en 1963. Almendros era un cineasta galardonado por la Academia cuyos títulos incluían La elección de Sophie, Kramer contra Kramer y Days of Heaven. Su documental acerca de Cuba se llamaba Improper Conduct, y se centraba en el tratamiento del gobierno cubano a los homosexuales como metáfora de su tratamiento para toda desviación social y política. Era una acusación imponente de aquello en lo que se había convertido la revolución. Una escena que transmitía su fuerza era una entrevista, cámara al hombro, a un exiliado cubano negro en una calle del Harlem de Nueva York. El exiliado era un homosexual con pluma, de veintitantos, vestido con una camisa de satén naranja chillón sin abrochar y pantalones blancos con lentejuelas. El entrevistador le preguntaba si le gustaba la libertad que había encontrado en América y en el Harlem. Con una amplia sonrisa, contestó que sí. El entrevistador le preguntaba porqué. “Aquí soy libre. En Cuba, se me podía detener sólo por vestir así, y ser encarcelado durante seis meses”. El entrevistador decía: “¿cuántas veces fuiste arrestado?”. El cubano contestaba: “Diecisiete”.
Ésta no era una persona política. Este era uno de esos cubanos ordinarios sobre los que se inflingió la historia, y con ella el drama que los intelectuales socialistas habían creado. Si esto era lo que representaba la revolución para un cubano como él, ¿qué dice eso de los ideales de los que yo había sido tan devoto? La isla tenía ahora un ingreso per cápita inferior al de 1959, cuando Castro tomó el poder. Las prisiones políticas estaban a rebosar. Centenares de miles habían huido. Centenares de miles más esperaban para huir. Castro había convertido Cuba en una prisión nacional.
Diez años después de ver la película de Almendros, se celebraron elecciones en Chile. Pinochet finalizaba su dictadura militar y restauraba la democracia chilena. Se celebraría un referéndum nacional, autorizado por Pinochet, para pronunciar el juicio de su propio régimen. Hasta la izquierda tendría derecho a presentar un candidato. Pinochet siempre había justificado su régimen militar como una medida temporal del mismo modo que Castro había defendido la dictadura revolucionaria. Era necesario para defender al régimen, restaurar la estabilidad y crear los fundamentos económicos de una verdadera democracia.
Bajo los 15 años de mandato de Pinochet, Chile había prosperado tan enormemente que era conocida como “la economía milagro”, una de las dos o tres más ricas de Latinoamérica. Proporcionaba un marcado contraste con el logro de Castro. En 1959, Cuba había sido la segunda economía más rica de Latinoamérica, pero en los 25 años desde entonces se había convertido en una de las tres más pobres. Mientras Pinochet celebraba su referéndum, Castro era sondeado por los socialistas de Europa para celebrar unas elecciones similares que crearan un régimen democrático en Cuba. Él lo rechazó.
Los resultados del referéndum de Pinochet fueron instructivos. Si Pinochet hubiera ganado, se habría convertido en el nuevo presidente de un Chile democrático. Pero los chilenos rechazaron a Pinochet y eligieron a un candidato más moderado, que no era el de la izquierda. Fiel a su palabra, Pinochet abandonó el cargo. Su dictadura había sido en realidad una medida temporal para restaurar la estabilidad, prosperidad y democracia de Chile.
Estos progresos me incitaron a echar otro vistazo a los sucesos que habían tenido lugar tras las elecciones de Allende y su intento por instituir programas radicales que llevaron a una mini guerra civil y al golpe militar. Desde entonces, había sospechado de la idea de que la CIA fuera una especie de deus ex machina que explicaba este resultado. Seguramente, la CIA tenía un dedo en la urna, pero a lo largo del tiempo había quedado claro que había límites reales a lo que podía lograr la CIA. Por ejemplo, no había sido capaz de derrocar a Castro a pesar de 30 años de intentos. Ni siquiera había podido expulsar al dictador marxista de un mini estado como Granada, o a un señor de la droga a su propio sueldo como el Manuel Noriega de Panamá. Estas sustituciones exigían invasiones militares. Y Chile no era una isla pequeña o una nación-istmo, sino un país relativamente grande, con una tradición democrática con solera.
Un artículo aparecido en el Wall Street Journal poco después de la reciente detención de Pinochet resume lo que descubrí: “Salvador Allende alcanzó la presidencia de Chile en 1970 con sólo el 36% del electorado, apenas 40.000 votos por delante del candidato de la derecha. En los últimos mil días de mandato de Allende, Chile degeneró en lo que el anterior presidente chileno, Eduardo Frei Montalva (padre del presidente actual), llamó “un carnaval de la locura”… El Tribunal Supremo chileno, la Asociación de Abogados y la Sociedad Médica izquierdista, junto con la Cámara de los Diputados y representantes provinciales del Partido Democristiano, todos alertaron de que Allende estaba pisoteando sistemáticamente la ley y la constitución. Hacia agosto de 1973, más de un millón de chilenos – la mitad de la mano de obra – fue a la huelga, exigiendo que Allende se fuera. El transporte y la industria quedaron paralizados. El 11 de septiembre de 1973, las Fuerzas Armadas actuaron para expulsar a Allende, plantando batalla a sus guardaespaldas. Seis horas después de que empezara la lucha, Allende se voló la cabeza en el palacio presidencial con un AK-47 que le regaló Fidel Castro”.
Cuarenta años de historia nos han dejado con esta perspectiva de dos regímenes. Castro llevó a su país a la bancarrota, esclavizó a sus habitantes y es hoy el dictador en el poder más longevo del mundo. Pinochet presidió su propia dictadura sin escrúpulos durante 15 años, creó una economía emergente, y restauró la democracia en Chile. Si alguien tuviera que elegir entre Castro y Pinochet, desde el punto de vista del pobre, el oprimido y el convertido en víctima, la elección no sería difícil. Como conservador norteamericano, sin embargo, ni siquiera tengo que hacer eso. Fueron los chilenos, no Henry Kissinger o Richard Nixon, los que tomaron la verdadera decisión de llevar al poder a Pinochet. Al contrario que la izquierda norteamericana, que apoyó apasionadamente a Fidel Castro y negó las realidades del estado opresor, las simpatías de la derecha norteamericana por Pinochet fueron silenciadas, y no implicaron la ceguera ante las estridencias de su mandato. En pocas palabras, la dictadura de Pinochet no compromete ninguna esperanza conservadora en el sentido en el que la dictadura de Castro compromete las visiones de la izquierda.
Encarcelar a Pinochet en un viaje al extranjero por razones médicas es una de las malas ideas que se volverán contra los progresistas. Considérese la perspectiva de Castro cuando viaja al extranjero por motivos similares. Pero, pensándolo bien, quizá la idea funcione desde una perspectiva partidista. Porque lo que hizo vulnerable a Pinochet a este tipo de detención es que se retiró de su régimen dictatorial voluntariamente. No hay peligro de que Castro haga eso.
*Escrito el 23 de noviembre de 1998
David Horowitz, activista social y periodista de reconocida trayectoria, nacido en Nueva York en 1939. Es director de Front Page Magazine y autor de numerosos libros, el último de ellos titulado “Alianza No Santa: El Islam Radical y la Izquierda Americana”.