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Peñalosa y las elecciones Colombianas

Las encuestas según las cuales Enrique Peñalosa derrotaría al Presidente Santos en una segunda vuelta nos confirman que, dos décadas después, Colombia vive una interminable crisis de partidos.


Suele situarse el fin del bipartidismo colombiano en los comicios de 2006 en los que Alvaro Uribe subsumió al Partido Conservador dentro de una coalición de seis organizaciones y en los que el Polo Democrático relegó al Partido Liberal al tercer lugar. Era en verdad la culminación de un proceso iniciado a mediados de los 90.

Las encuestas según las cuales Enrique Peñalosa, ganador de las elecciones internas de la Alianza Verde, derrotaría al Presidente Santos en una segunda vuelta nos confirman que, dos décadas después, Colombia vive, como el resto del vecindario, una interminable crisis de partidos.

Aunque es un veterano con fama de sempiterno perdedor que hizo una gestión municipal en Bogotá hace años, Peñalosa ha irrumpido como “outsider” en la campaña presidencial. Es un tipo con corazón de izquierda y cabeza de derecha, modales antipáticos y una opinión de sí mismo muy aconsejable en un sobreviviente electoral. Está viviendo su “hora”. En las elecciones legislativas recientes pocos tomaron nota, fuera de Colombia, de la interna de los Verdes, que Peñalosa ganó con la friolera de dos millones de votos y en la que sufragaron cuatro millones de colombianos. Hasta ese momento no lo quería nadie: ni sus aliados, empezando por los Progresistas que apoyan al defenestrado alcalde Gustavo Petro, ni el Polo Democrático, la izquierda formal, que recela de él, porque hace cuatro años hizo causa común con Uribe en una de sus frustradas aventuras como candidato a la alcaldía bogotana. Pero tampoco lo quería la derecha, que tiene caballos propios (y él es un caballo potencialmente chúcaro).

Todo esto cambia ahora, porque por primera vez alguien parece capaz, si los sondeos no son flor de un día, de derrotar a Santos, aspirante a la reelección. Súbitamente se ha vuelto codiciado, o al menos codiciable, por unos y otros.

Lo que está claro es que el proceso que se inició hace dos décadas -la transición del bipartidismo hacia otra forma de institucionalidad política- está lejos de haber concluido. La mejor prueba es que la alianza de Peñalosa obtuvo apenas la sexta votación en las legislativas, el mismo día en que su candidatura inició el rutilante ascenso en los sondeos. Del mismo modo, la popularidad de Uribe no se tradujo en la votación del Centro Democrático, su nuevo partido, que fue buena, pero muy inferior a la que temían sus adversarios. Y la izquierda institucionalizada ha ido encogiéndose porque Santos le robó sus banderas, desde el diálogo con las Farc hasta la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras. El Polo Democrático, que hace pocos años parecía ser la gran fuerza alternativa, está en estado de delicuescencia y la centro derecha tiene más habitaciones, como escribió García Márquez acerca del corazón masculino, que un hotel de citas.

Cuando era yo chico, se elogiaba de Colombia el hecho de ser un país estructurado que contrastaba con la falta de instituciones sólidas de sus vecinos. Algo mayor, oí hablar del bipartidismo como el baluarte de la democracia colombiana, que se evitó a sí misma el trauma de otros países del Cono Sur en los 70, y como artífice de una estabilidad gracias a la cual la economía registró en los 80 un crecimiento decoroso mientras el resto del continente vivía su década perdida. El tiempo ha ido “latinoamericanizando” a Colombia en lo institucional, con sus partidos en crisis, sus “outsiders” -Antanas Mockus ayer, Enrique Peñalosa hoy– y sus polarizaciones de fin de mundo. Aun así, el país va bien. Pero si no resuelve aquello, lo bueno no será eterno.

Artículo publicado en La Tercera

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