Jean-Francois Revel es todo un símbolo del pensamiento liberal. Periodista, autor de más de veinte libros, es un crítico mordaz y vehemente del intervencionismo estatal de derecha e izquierda. En esta entrevista explica porqué sigue habiendo muchos creyentes en que el socialismo.
Libre Comercio
—Usted ha sido durante décadas una referencia para el pensamiento liberal desde un país, Francia, donde cualquiera que lo profese públicamente suele caer rápidamente bajo sospecha de ser un reaccionario o un ultraderechista. ¿Por qué tiene tantos enemigos el liberalismo en Europa?
—Hay dos razones. La primera es que hay una fuerte tradición estatista y socialista desde el siglo XIX, según la cual la abolición de la propiedad privada, de los medios de producción y distribución, es la llave para lograr la felicidad y la justicia social. Hoy, tras la terrible catástrofe del sistema soviético, incluso el último gran país comunista, China, camina rápidamente por la senda del capitalismo. Sólo quedan ahí anclados países como Cuba o Corea del Norte. Pese a ello sigue habiendo muchos creyentes en que el socialismo, la nacionalización y el proteccionismo son buenas recetas. Como el comunismo ha dejado de tener crédito alguno, ahora se llaman antiglobalizadores. Después está la segunda tradición, que es esa fe en el dirigismo, en la intervención del Estado en la economía, como la había en la España anterior o la sigue habiendo en la Francia actual.
—¿Por qué es tan fuerte la resistencia a la liberalización o desregulación en países europeos como Francia y Alemania?
—Menos en Alemania que en Francia. Allí tienen mucha más economía de mercado que en Francia. En Alemania tienen empresas privadas importantes de verdad desde mucho antes que en Francia. En todo caso, es un hecho que a los dirigentes políticos les gusta siempre ostentar también el poder económico, y ahí izquierda y derecha coinciden muchas veces en su antiliberalismo. Por ejemplo, el presidente Jacques Chirac pronunció un discurso en Durban que era perfectamente socialista en su retórica contra el liberalismo salvaje. Existe una convicción en todos ellos de que pueden dirigir la economía, y además con pretextos sociales, con afanes de justicia social. Y sin embargo, los países con mayor protección social, como pueden ser Suecia o Dinamarca, tienen hoy Estados que han dado toda la primacía a la empresa privada. Con toda su tradición socialdemócrata, nunca han nacionalizado. Han sabido siempre que la empresa privada ha de ser lucrativa para pagar impuestos, y que son esos impuestos los que permiten una política social. Para distribuir riqueza hay que generarla. Las empresas públicas no sólo no hacen beneficios, por lo general, sino que exigen además subvenciones del Estado. Durante más de cuarenta años, la compañía Renault ha cubierto su déficit con subvenciones del Estado, es decir, de los contribuyentes.
—Un ejemplo claro de proteccionismo son las barreras europeas a las importaciones agrícolas desde el Tercer Mundo.
—Cierto. Es una contradicción absoluta. También es el caso de Estados Unidos. Por un lado, todos dicen ser firmes partidarios del libre mercado, y al mismo tiempo se dedican a la protección de sus agricultores con subvenciones, con primas a la exportación, con lo cual impiden a los productores de los países en vías de desarrollo su venta en los mercados de Europa y Estados Unidos. Los grupos de presión de los agricultores, y un ejemplo especial es Francia, son tan potentes que a los políticos les es muy difícil luchar contra ellos.
—¿Cómo hacerlo?
—Abriendo las fronteras. Eso supondría favorecer al consumidor. Yo calculo que cuando voy a comprar una verdura la pago cuatro veces. Una vez por las subvenciones que el Estado da a los agricultores, y que salen de mi bolsillo como contribuyente. La segunda, cuando paso por la caja para pagar el producto. La tercera porque las subvenciones generan una sobreproducción intencionada, que se tira por las carreteras, mientras se exigen compensaciones, que se logran. Y después están las primas a la exportación, con las que se hace una competencia absolutamente desleal a los países del Tercer Mundo. Demagogos como el famoso agricultor José Bové, que tanto agitan en el movimiento de antiglobalización supuestamente en favor de los países pobres, lo que hacen realmente es impedirles a éstos el desarrollo. Es todo de una hipocresía fantástica.
—Antiglobalización y globalización. ¿Hay realmente lógica en tal debate?
—La globalización es el camino. Los países del Tercer Mundo no tienen otra posibilidad para su desarrollo que esa globalización que los integre en el comercio mundial. El movimiento antiglobalización está compuesto por los herederos de un marxismo desaparecido. Para ellos es una fórmula para recuperar el anticapitalismo. Es pura ideología antiliberal. Pero no proponen nada, y además son el perfecto ejemplo de cómo aprovechar la globalización porque viajan de un sitio al otro del mundo sin visa y con billetes de avión baratos gracias precisamente al fenómeno que combaten. Y además impiden el desarrollo del Tercer Mundo. Costa de Marfil no necesita proteccionismo para competir en el mercado norteamericano con el algodón subvencionado de los Estados sureños. Lo que necesita es lo contrario, su abolición.
—En su libro La obsesión antiamericana describe esa fobia tan presente en Europa. ¿Tiene cura?
—Los europeos no quieren ver que el hecho de que Estados Unidos asuma hoy el papel de única superpotencia es el resultado de sus propios errores. En dos guerras civiles, los europeos se destruyeron entre ellos, y en ambas ocasiones tuvo que venir Estados Unidos para restaurar la libertad y ayudar en la reconstrucción. Y hoy nuestra seguridad sigue dependiendo de Estados Unidos, como se vio en Kosovo. Eso es un hecho. No hay que estar de acuerdo con todo lo que pasa en Estados Unidos, pero quien busca el enfrentamiento transatlántico está ciego.
Fuente: Fundación Atlas
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