¿Cómo sucedió que los EEUU migraron tan lejos de las ideas de los Padres Fundadores, quienes creían que un gobierno era un mal necesario a quien no se le podía sacar los ojos de encima y había que vigilarlo constantemente al cuidado de los más mínimos intentos de ilegalidad y usurpación? Esa es la cuestión que se plantea el investigador e historiador del Independent Institute, Robert Higgs, en su libro “Against Leviathan: Government Power and a Free Society”.
Autor del libro “Against Leviathan: Government Power and a Free Society”
Sus cuarenta breves capítulos son críticos y agudos dardos sobre lo que poco que queda de los EEUU que pretendieron construir los Padres Fundadores y de cómo el intervencionismo estatista acabó con ese sueño: una nación libre con un Estado mínimo.
En 1795, James Madison observaba que “de todos lo enemigos de la libertad pública, la guerra es, quizás, al que más debe temérsele, debido a que la misma contiene y desarrolla el germen de cualquier otro. . . . Ninguna nación podrá preservar su libertad en medio de la guerra continua.” La experiencia de los últimos dos siglos ha confirmado la perenne validez de la observación de Madison. Aparte de todos los sacrificios en vidas, libertades, y fortunas que las guerras han ocasionado de manera directa, las mismas han servido también como las ocasiones primordiales para el crecimiento del estado central, y por lo tanto, en los Estados Unidos, han fomentado en el largo plazo la disminución de las libertades civiles y económicas y la progresiva subversión de la sociedad civil.
¿Cómo sucedió que los EEUU migraron tan lejos de las ideas de los Padres Fundadores, quienes creían que un gobierno era un mal necesario a quien no se le podía sacar los ojos de encima y había que vigilarlo constantemente al cuidado de los más mínimos intentos de ilegalidad y usurpación? ¿Cómo entender que los presidentes americanos, en el pasado ejemplos de virtud y moderación, se hayan convertido desde Wilson a Roosvelt, de Nixon a Clinton y en gran medida George Bush, en activistas de causas divinas ensanchando los parámetros del Estado hasta fronteras inimaginables?
Higgs escribe: “Todo gobierno reconoce que la fuerza por sí sola es un medio ineficaz para sostener su posición. En el margen, el engaño puede ser reemplazado de forma efectiva por el uso de la fuerza, especialmente en los llamados sistemas democráticos, en los cuales mucha gente común han abrazado la fábula de que ellos mismos “son” el gobierno porque concurren a votar de vez en cuando. Por consiguiente, todo gobierno procura facilitar su retención del poder persuadiendo a la gente de que actúa solamente en el interés de ellos. Un gobierno que va a la guerra le promete a su pueblo que lo está haciendo solamente en defensa de su seguridad y libertad”.
Hay que decir que Higgs es crítico con la política exterior norteamericana: “El gobierno estadounidense, que alguna vez limitaba sus aventuras en el exterior a intervenciones ad hoc, la mayoría de ellas en pequeños países caribeños y centroamericanos, ha actuado siempre desde la Segunda Guerra Mundial como un imperio de alcance global, proyectando el poder militar y político de los EE.UU. aquí, allá, y en todas partes con temeraria despreocupación por una conexión razonable entre el costo y el beneficio en términos generales. (¿Por qué deberían de preocuparse los gobernantes, puede usted preguntarse, cuando ellos mismos — y, como siempre, sus compinches que los apoyan — cosechan cualquier beneficio que resulta generado, mientras que los costos de las intervenciones toman la forma de sacrificios para la vida, la libertad o los derechos de propiedad de otras personas?)”.
No coincidimos con esta manera de entender a la política americana como un sembradío de terrorismo. Aunque sí hay que reconocer errores y abusos que en este apartado por una cuestión de espacio n podemos tratar, el mundo ha cambiado desde el 11/S lo suficiente para no poder adoptar más posturas moderadas o vacilantes. La amenaza terrorista está instalada con nosotros y hay que hacerle frente. EEUU ha tomado la iniciativa y media Europa la ha apoyado.
Sí estamos de acuerdo con la corrupción de ciertas figuras republicanas que describe Higgs como la del presidente y el Congreso de EEUU. “Debido a la serie de emergencias militares calientes y frías desde 1940, el presidente se ha vuelto, para todos los propósitos prácticos, un César. Él va hoy día a la guerra a su entera discrecionalidad. Después de todo, como su vocero lo reitera incansablemente, él es el comandante en jefe de las fuerzas armadas (como si esta circunstancia simplemente anulara al resto de la Constitución)”.
La crítica continúa el poder legislativo americano: “El Congreso se ha tornado tan pusilánime que no ofrece control alguno sobre el hacer la guerra por parte de presidente. Al “autorizar” al presidente para atacar Irak o no, absolutamente según su capricho, el Congreso no solamente abrogó su claro deber constitucional, sino que lo hizo con un desprecio grotescamente arrogante por la gravedad de la cuestión en juego. No solo ni siquiera se molestó en debatir la cuestión, sino que simplemente le cedió sus facultades al ejecutivo y retornó al pillaje cotidiano que perdura como su única raison d´etre“.
Aunque no acompañamos a Higgs en sus planteos contra la guerra de Irak, hay que decir que su denuncia sobre los atropellos jurídicos del Leviatán norteamericanos no son equivocados. Como dice con justeza citando a Burke: “Los amantes de la libertad deben reconocer que — tomando una frase de Edmund Burke — ella en sí misma es un abuso, debido a que la misma erradicó el debido proceso que brinda protecciones fundamentales a nuestros derechos, las que precisaron siglos para ser establecidas”.
*La cita de portada fue extraída de aquí.
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