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Rusia actúa unilateralmente en el espacio aéreo común

Sobre nuestras cabezas, en el espacio aéreo común, giran constantemente distintos tipos de satélites, más o menos desordenadamente.

Un intempestivo reciente paso unilateral de la Federación Rusa sugiere que es hora ya de intentar ordenar lo que sucede sobre nosotros. Ocurre que Rusia acaba de enviar –sin aviso previo- un misil con el que ha efectivamente derribado uno de sus propios satélites. Como consecuencia, donde antes orbitaba un satélite, hoy lo hacen múltiples pedazos de un “ex-satélite”, hoy irremisiblemente dañado. Inútil, entonces.

Por esto quienes, como AndersFoghRasmussen, reclaman normas comunes para todos en el espacio exterior, tienen ciertamente razón. Pero ello puede no ser fácil porque, en rigor, los países que están incursionando en el espacio aéreo común consideran, no sin razón, que sus respectivos esfuerzos tienen claros perfiles militares.

Es probable que, cuanto más se demore el esfuerzo por tratar de ordenar el espacio aéreo común, más compleja se vuelva la tarea. Por el momento, la destrucción voluntaria del satélite-espía ruso ha tenido como consecuencia inmediata que existan unas 1.500 piezas que antes lo conformaban flotando desordenadamente en el espacio.

Esas piezas orbitan –cabe señalar- a una velocidad asombrosa, estimada en siete kilómetros por segundo.

La sorpresiva destrucción del satélite ruso obligó a quienes estaban en la Estación Espacial Internacional, a tomar repentinamente una serie de medidas de precaución.

La normativa que se requiere debiera regular no sólo las conductas del sector público, sino también las del sector privado.

Desde que en el año 1967, la comunidad internacional ha prohibido el estacionamiento de misiles militares en el espacio, ese riesgo en particular aparentemente ya no existe. Entre las cuestiones a regular aparece también aquella que tiene que ver con la posible “saturación”desordenada del espacio común, en perjuicio de todos.

En materia de comunicaciones, los satélites actuales orbitan a unos 35.000 kilómetros de la tierra y cada uno de ellos tiene su propia órbita pre-designada, que es de conocimiento público.

Aunque no parezca, el espacio aéreo no es infinito, sino finito. Las colisiones son, entonces, factibles. Y hay que tratar de minimizarlas.

La ausencia de un marco de regulaciones básicas está ya teniendo una primera consecuencia adversa: los aseguradores –ante las incertidumbres actuales- están, paso a paso, aumentando el costo de los servicios que ofrecen.

Autores como el mencionado Fogh Rasmussen sugieren que el organismo a cargo de la reglamentación debiera estar incluido en el universo de las Naciones Unidas, más concretamente, en la Unión Internacional de Telecomunicaciones.

No contar con un marco de normas básicas, acordado entre todos los participantes en la actividad aeroespacial, supone no sólo enfrentar riesgos de accidentes,sino hasta transformar la competencia entre los Estados que actúan en el espacio exterior en una cuestión con un perfil preponderantemente militar. Ello está, obviamente, lejos, muy lejos de ser lo ideal.

(*) Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.

 

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