Política

Rusia: el realismo de la intimidación

Como informa Diario Exterior, Rusia ha empezado a destacar tropas frente a la frontera georgiana. No es la primera ni será la última vez que amenace a una ex república soviética.


El Ministro de Defensa Lavrov ha expresado la necesidad de desplazar tropas a la frontera con la excusa de que Georgia estaría dispuesta a aplastar los afanes separatistas de Abjasia y Osetia del Sur. Naturalmente, las divisiones se han movilizado para preservar “la paz”.

Putin, que a pesar de no ser ya el presidente sigue siendo el líder indiscutible del partido más votado, considera que la esfera de influencia rusa incluye, como mínimo, los países que formaron parte de la URSS. Por esa razón, se les ha cortado el suministro de gas, repetidamente, a Ucrania y Bielorrusia. Ahora le ha tocado el turno a Georgia.

Putin, en la misma línea que los antecesores, tiene claro que tanto la identidad y el prestigio nacional como la seguridad de su territorio pasan por someter a sus vecinos y alejarlos de la OTAN y de la Unión Europea. Por lo general, Moscú ha empleado el poder duro, es decir la coacción militar y energética, pero también ha sabido persuadir a países como Austria o Italia animándoles a aprovechar el gasoducto que conectará los yacimientos del Báltico con el corazón de Europa.

El argumento recurrente en la prensa rusa es que Estados Unidos incumplió la promesa que le hicieron a Gorbachov, por la que acordaron que nunca se entrometerían en las relaciones entre el Kremlin y la ex repúblicas soviéticas o los antiguos países satélites de Europa oriental. De existir ese acuerdo, su quebranto no podría ser más completo: Letonia, Lituania, Estonia y Eslovenia ya forman parte de la Organización del Atlántico Norte, que se diseñó para defender a las democracias occidentales frente a los países socialistas y comunistas.

Sin embargo, los rusos deberían tener igualmente en cuenta que la integración de sus ex repúblicas se ha producido democráticamente y que, una vez emancipadas de su influencia, son libres y responsables de sus propias decisiones. Por desgracia, es improbable que los ciudadanos de la generación de Putin, y educados en el imperialismo de Stalin, comprendan que si los países que integraban el núcleo soviético han decidido integrarse en otros organismos internacionales no ha sido para convertirse, una vez más, en los títeres de otros sino para garantizarse unas alianzas comunes al mismo tiempo que su independencia.

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