Por un momento pareció que vivíamos otra revolución como la de los tulipanes de la vecina Kirguizistán.
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Sábado, 16 de mayo 2026

Por un momento pareció que vivíamos otra revolución como la de los tulipanes de la vecina Kirguizistán.
EDITORIAL
La ex república soviética de Uzbekistán, en el Asia Central, vivió ayer una grave sacudida política, con una sangrienta insurrección popular en el este del país liderada por grupos islámicos, que hizo recordar en los primeros momentos la reciente revolución de los tulipanes de la vecina Kirguizistán.
La revuelta fue anoche aparentemente sofocada por el Ejército uzbeko, que ocupó la sede del Gobierno en la ciudad de Andizhán, en el explosivo valle de Ferganá, donde un grupo de rebeldes se había atrincherado con rehenes, que fueron liberados tras un intenso tiroteo.
El corresponsal de “Ferghana.ru” Saidzhajón Zaynabitdínov, activista de los derechos humanos, señaló que los soldados abrieron fuego desde los blindados contra la muchedumbre que se concentraba frente al edificio con fusiles automáticos y ametralladoras. Otros activistas citados por la cadena rusa “NTV” afirmaron que puede haber “hasta cincuenta muertos y centenares de heridos”.
Asimismo, la Casa Blanca lanzó ayer un llamamiento a la calma al Ejecutivo y los manifestantes en Uzbekistán después de que tropas de ese país dispararan contra una muchedumbre que apoyaba a los asaltantes de un edificio oficial. En su rueda de prensa diaria, el portavoz de la Casa Blanca, Scott McClellan, afirmó que ´nos preocupa el estallido de violencia, en particular (el perpetrado) por ciertos miembros de una organización terrorista que habían sido excarcelados´.
Uzbekistán, cuyo presidente Islam Karímov ha estado en el poder desde 1989, es limítrofe con Kirguizistán, escenario en marzo pasado de una revuelta popular que derrocó al gobierno de Askar Akáyev. Este país, marcado por su pasado comunista, intenta recuperar sus antiguas señas de identidad acumulada durante siglos como enclave de la Ruta de la Seda.
Por ese motivo, los ataques integristas ya son moneda corriente en Uzbekistán, donde chocan frecuentamente quienes rechazan la férrea política antiislamista -que ha llevado a mucha gente a no profesarla en público por temor a ser vigilada por el Gobierno de Karimov- y las mafias y grupos terroristas que se aprovechan de la ausencia de marcos legales para organizar desde el tráfico de drogas hasta el comercio de obras de arte.
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