Los votantes tendrán todo el derecho del mundo a creer que si el candidato ha mentido antes, si muestra inconsistencias evidentes, no existe motivo alguno que empuje a creer en sus renovadas promesas, mucho menos frente a un proceso electoral que se avecina.
Muchos dirigentes políticos creen que pueden decir cualquier cosa y que eso no importa demasiado, aunque luego no se confirme porque después todo se olvida. En realidad, si bien la política es un ambiente donde las contradicciones están a la orden del día, si el dirigente pretende destacarse tendrá que hacer un gran esfuerzo para que su discurso se ajuste realmente a los hechos.
El votante medio observa al dirigente político y una de las cuestiones que valora con más claridad es su coherencia. Pretende este ciudadano que lo que diga el político tenga cierta consistencia con lo que hace no solo en su accionar partidario, sino hasta en su vida particular.
No se puede hablar de austeridad en la administración de la cosa pública mientras se dilapidan recursos burdamente, ostentando ese despliegue que es visualizado por la comunidad con demasiada facilidad.
Tampoco se puede hablar de promover a los mejores hombres y mujeres, cuando finalmente se designan parientes y amigos en los puestos de mayor relevancia.
Mucho menos se puede hablar de transparencia y honestidad, cuando la sociedad presume que el dirigente en cuestión proviene de un origen modesto y actualmente exhibe riquezas inocultables que son parte de su vida personal.
Estos ejemplos aleatorios, son solo una muestra, tal vez insignificante, pero demasiado frecuentes. Sin embargo, algún extraño mecanismo de defensa hace que el político considere que esto no es importante, y que nadie se detiene en eso. En realidad le resulta incomodo hacer consistente su discurso con su acción.
Pero pese a ello, a su negación, a la minimización de estas cuestiones, la sociedad los está observando y pone en la balanza aspectos como estos que luego pesan no solo frente a esos hechos particulares sino que juegan en la credibilidad del circunstancial candidato a la hora de prometer políticas, proponer ideas y comprometerse con ciertos resultados.
Con mucha lógica, los votantes tendrán todo el derecho del mundo a creer que si el candidato ha mentido antes, si muestra inconsistencias evidentes, no existe motivo alguno que empuje a creer en sus renovadas promesas, mucho menos frente a un proceso electoral que se avecina.
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