El atentado que mató a más de 55 personas e hirió a unas 200 en Damasco ilustra a la perfección el gran dilema que enfrentan las democracias occidentales en Siria.
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Martes, 21 de julio 2026

El atentado que mató a más de 55 personas e hirió a unas 200 en Damasco ilustra a la perfección el gran dilema que enfrentan las democracias occidentales en Siria.
Ese atentado lleva toda la marca de los yihadistas que combaten a Bashar Assad entremezclados con los Hermanos Musulmanes y sectores más bien liberales, y que son los únicos bien armados y bien organizados. Por lo tanto, son útiles para el objetivo de asediar a Assad, pero escalofriantemente peligrosos para el objetivo de reemplazar al tirano con algo mejor.
Assad está armado por Rusia e Irán, y políticamente protegido, en el Consejo de Seguridad, por Moscú y Beijing, que han bloqueado todas las resoluciones que pretendían cercar internacionalmente a Damasco. La oposición razonable es víctima de un embargo de armas que Europa acaba de ratificar, a pesar de los intentos de Londres por levantarlo. En cambio, la oposición de los radicales está bien provista de ayuda, en sus dos vertientes: la de los Hermanos Musulmanes y la de los yihadistas (no son lo mismo, aunque la prensa internacional a veces los confunda). Los islamistas cercanos a los Hermanos Musulmanes reciben ayuda saudita y qatarí, y los yihadistas agrupados en Jabhat Al Nusra, organización que apenas tiene un año de formada y es la más eficaz de todas, cuentan con abundante material y dinero procedentes de las redes acostumbradas.
Puede decirse, pues, que el comprensible temor de Estados Unidos y Europa a armar a una oposición siria que luego podría acabar controlada por fanáticos terroristas está basado en una correcta lectura de la fuerza creciente que han asumido los malos. Pero, si su lectura es correcta, sus tiempos están equivocados. Ha dejado de ser académica la posibilidad de que el yihadismo se haga fuerte en medio de la guerra siria. Ya lo es. Ahora, las democracias occidentales enfrentan una de dos opciones: o permitir que los sectores de la oposición más razonables, unificados en el Consejo Nacional formado el año pasado, reciban armas con la esperanza de que acaben con el empate maldito entre Assad y la resistencia, y marginen gradualmente a los yihadistas; o cruzarse de brazos mientras Siria se convierte en un laberinto de señores de la guerra que controlan cada uno una parcela. Esto último convendría mucho al yihadismo, como lo muestra la experiencia de Afganistán tras la salida de las tropas soviéticas. Como se recuerda, al batirse en retirada las tropas invasoras, se produjo la desintegración del país y distintos señores de la guerra se apoderaron de diversas áreas. Eso creó el escenario para el triunfo, pocos años después, de los talibanes, el grupo mejor organizado.
La unificación opositora siria en el Consejo Nacional fue promovida por Washington y Europa. La idea no era sólo agrupar a las fuerzas políticas, que estaban divididas, sino también a políticos y militares, que se entendían muy mal, cosa que se logró relativamente. Pero la ausencia de armas para quienes no están ni con los Hermanos Musulmanes ni con el yihadismo ha reducido a letra muerta ese importante espacio común, debilitando a los que, se supone, Washington y Europa quieren fortalecer. En el norte de Siria, la fuerza de Al Nusra es ya enorme; su actividad humanitaria en Alepo, localidad clave desde muchos puntos de vista, le está dando allí un prestigio creciente. Muchos sirios de esa localidad reciben ayuda alimenticia y médica de parte de los fanáticos.
Alentar a la resistencia contra Assad, pero dejar inermes a los mejores, no es una manera inteligente de lograr el objetivo de las democracias occidentales en Siria.
Artículo publicado originalmente en La Tercera
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