Política

Tensa negociación para el ingreso de Turquía a la UE

Unión y Estado intentan un acuerdo frustrado por la falta de reformas en el país, y la indecisión de las autoridades regionales

Editorial

“Turquía se niega a aceptar un lenguaje difícil y negativo, ni modificaciones cosméticas. (…) Estamos muy cerca, pero también estamos al borde del precipicio”, explicó el ministro de Exteriores británico, Jack Straw, después de conocer el contenido de la conversación telefónica mantenida ayer entre su embajador y el ministro de Exteriores turco, Abdulá Gul.


En concreto, Ankara rechaza ser considerado un socio privilegiado. La modificación propuesta por Austria para que el artículo 1 del marco negociador no recoja expresamente la palabra “adhesión” es inaceptable para Turquía, que desea ser considerado un nuevo miembro  con todos sus derechos.


Más aún, Turquía quiere suavizar el artículo 5, que se refiere a la política exterior, y que prevé a que todo nuevo Estado miembro deberá alinearse con las posiciones de la UE y los organismos internacionales. Gul afirmó que se trata de una cuestión “de seguridad”, algo que, según el alto representante de Política Exterior y Seguridad Común, Javier Solana, “no tiene ningún sentido”.


El debate sigue atascado. Hoy sólo el 30% de los europeos son partidarios del ingreso de Turquía en la UE. El porcentaje es particularmente bajo en Alemania, Francia, Austria y Chipre, mientras que Reino Unido, Italia y España son los más entusiastas. En Francia y en Alemania preocupa mucho la inmigración masiva, temor que también comparten belgas y holandeses. En Austria todavía quedan resabios del mosaico étnico y cultural balcánico que provocó sangrientas confrontaciones.


Quienes se muestran a favor del ingreso turco piensan en que la credibilidad de la UE está en juego y que su imagen puede salir muy dañada para los ojos de los mundos árabe y musulmán. Luego de años de negociación, podría tacharse a la UE de prejuiciosa e inestable, razones de peso luego del intento fallido de la Constitución Europea.


También argumentan que con el segundo ejército en tamaño de la OTAN y alcance estratégico en Oriente Medio, Turquía reforzaría las ambiciones de la UE de convertirse en un protagonista importante en la región y en el mundo. Sostienen que Turquía tiene una de las economías de más rápido crecimiento de Europa y una población joven y dinámica que podría ayudar a amortiguar la crisis de las pensiones en un continente de población mayoritariamente anciana.


Sin embargo, del lado opuesto a la integración europea de los turcos, se ve con temor la posibilidad de que de las zonas más pobres del país avalanchas de turcos invadan Europa en busca de trabajo y que eso provoque conflictos sociales insostenibles.


Además, no hay que olvidar que la Comisaría de Agricultura de la UE calcula que el ingreso de Turquía se llevaría unos 11.300 millones de euros al año, más de lo que se les da a los 10 países que acaban de adherirse. Además, la renta turca es el 23% de la media comunitaria y todas sus regiones están por debajo del 75% de la misma media, lo que les da derecho al nivel máximo de ayuda, con un coste estimado en 28.000 millones de euros. Este es un punto difícil de digerir para quienes apoyan el ingreso de Turquía a la UE, sobre todo, porque la era de la bonanza europea ha terminado y ahora hay que implementar profundas reformas presupuestarias.


El otro tema son los derechos humanos. Hay que reconocer que en los últimos años Turquía hizo avances innegables, pero todavía queda un largo camino por recorrer. La Comisión Europea ha presentado un informe que resalta que todavía a los turcos les queda mucho por modernizar si quieren ser una sociedad civil europea. Así, se siguen registrando casos de tortura, de detenciones e incluso de desapariciones arbitrarias, de “abusos sexuales, bodas prematuras y forzadas, poligamia, tráfico de mujeres o crímenes de honor”, como redacta el informe.


Por último está la cuestión demográfica. Turquía sería el país de mayor tamaño cuando se sume al bloque. Por ese motivo tendría el mayor número de votos en el Consejo Europeo y presentaría el mayor número de diputados en el Parlamento Europeo – una situación que probablemente asuste en los círculos de poder de Bruselas.


La cuestión esencial reside en saber si Europa sabe a dónde se dirige y qué es lo que quiere. La negociación con Turquía llevará años, con lo cual hay tiempo para repensar Europa y decidir si se quiere ser un amplio mercado económico común o si la integración pasa por unir a países con un subsuelo cultural e histórico compartido. El fracaso de la Constitución Europea ya formó precedente. Sería ilógico que si el proceso de negociación fracasa, lo hiciera por las indefiniciones del jurado europeo antes que por la falta de aptitudes del candidato turco.

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