Buena parte de América Latina se pasará este año en campaña electoral: tendrán lugar nada menos que siete elecciones presidenciales, cuatro de ellas en Sudamérica y tres en Centroamérica.
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Martes, 21 de julio 2026

Buena parte de América Latina se pasará este año en campaña electoral: tendrán lugar nada menos que siete elecciones presidenciales, cuatro de ellas en Sudamérica y tres en Centroamérica.
El resultado previsible de buena parte de ellas prefigura una prolongación del statu quo ideológico y de la composición de fuerzas y tendencias políticas en el subcontinente. Pero decir esto no es lo mismo que decir que no serán elecciones importantes. En cierta forma, esa previsibilidad es lo que les confiere especial gravitación, porque empieza a configurarse en algunos lugares de América Latina un hegemonismo de partidos o líderes que puede debilitar mucho la calidad de la democracia y las instituciones.
El caso más obvio es el de Brasil, donde habrá elecciones en octubre. Una nueva victoria del Partido de los Trabajadores (o Partido Laborista, como algunos prefieren), con Dilma Rousseff a la cabeza, implicará década y media de predominio de esta fuerza política en la primera potencia latinoamericana. Desde que Lula da Silva ganó los comicios de 2002 y asumió el mando a inicios de 2003, el PT ha sido una aplanadora electoral. El principal grupo opositor, el Partido de la Social Democracia Brasileña, ha sido incapaz de recuperar la fuerza de antaño y de producir una figura comparable a Fernando Henrique Cardoso. Esta vez, tienen a un candidato tan disminuido, Aécio Neves, el ex gobernador de Minas Gerais, que asoma como única alternativa creíble a la Presidenta Rousseff una extraña alianza de la ecologista de izquierda Marina Silva y el gobernador de Pernambuco y ex aliado del gobierno Eduardo Campos, que aun cuando aparece como líder del Partido Socialista Brasileño, es en realidad un hombre de centroderecha. Nadie sabe -tampoco ellos- cuál de los dos liderará el ticket opositor contra la mandataria actual.
La corrupción del PT y el agotamiento del modelo “Lula”, básicamente consistente en combinar un fuerte gasto público con el fomento del crédito de consumo, un cierto proteccionismo y lo mejor de la herencia de Cardoso, deberían, si hubiera lógica en estas cosas, apuntar a un cambio. Eso mismo pareció exigir a gritos parte de la clase media emergente en las protestas que derrumbaron momentáneamente la popularidad de la presidenta hace pocos meses. Pero Rousseff ha recuperado 20 puntos gracias a dos o tres medidas más bien populistas y todo parece encaminarse por la vía de la continuidad, a pesar de que la economía lleva cuatro años casi sin crecer.
El hegemonismo del PT, que gobierna con una coalición de partidos tan pequeños, focalizados y heterogéneos que no están en condiciones de imponerle mucho a la presidenta, es un elemento que empieza a cobrar la mayor importancia en Brasil, un país con serios problemas institucionales.
Otro hegemonismo en ciernes es el del Frente Amplio de Uruguay, país que también celebrará elecciones presidenciales en octubre. Todo indica que Tabaré Vázquez, el ex presidente que busca regresar al poder, derrotará a “colorados” y “blancos”, como se conoce allí a los principales partidos históricos, otorgando a la coalición de izquierda un nuevo mandato. El Frente Amplio gobierna desde 2005 y, aunque los resultados han sido buenos en comparación con otras experiencias de izquierda, especialmente la de la vecina Argentina, hay riesgos evidentes en la perennización de la coalición gubernamental en uno de los países más democráticos e institucionalizados de América Latina. La popularidad de Vázquez duplica la de Juan Pedro Bordaberry, el probable candidato “colorado”, y la de Jorge Larrañaga, el líder “blanco”. Aun cuando el contraste entre Vázquez y el actual Presidente, José Mujica, es notorio desde muchos puntos de vista, incluyendo por cierto el ideológico (Vázquez es hoy un hombre de centroderecha, aunque él no aceptaría esta etiqueta de buen grado), lo cierto es que la coalición que agrupa desde antiguos tupamaros “carnívoros” hasta sectores socialdemócratas “vegetarianos” ha hecho un uso suficientemente astuto de la bonanza de los “commodities” y del desastre argentino como para preservar un dominio político aparentemente inconmovible. También allí la falta de alternancia puede mellar las instituciones si la impotencia de “colorados” y “blancos” se prolonga.
El hegemonismo de Evo Morales -la tercera elección de octubre de 2014 será en Bolivia- es distinto de los anteriores. Allí no puede hablarse ya de un hegemonismo democrático con riesgos para las instituciones, sino de un clima democrático tan deteriorado, que sería más justo calificar la situación de régimen con muchos elementos autoritarios que no llega a ser una dictadura. Morales no podía ser candidato según la Constitución que él mismo hizo aprobar cuando llegó al poder, a inicios de 2006, pero avasalló las instituciones y forzó, primero en el Congreso y luego en el Tribunal Constitucional, una autorización para violar el texto fundamental. Su victoria se da por descontada: tan seguro está el gobierno del MAS, que sus capitostes pronostican un 70 por ciento de los votos para Morales y la preservación de la mayoría de dos tercios en el Poder Legislativo, es decir, del poder para hacer lo que quieran con la legalidad vigente.
Los candidatos de oposición tienen dos problemas básicos: o representan apenas a una región (es el caso de Rubén Costas, gobernador de Santa Cruz) o han sido incapaces -como sucede con Samuel Doria Medina, líder de Unidad Nacional- de articular una coalición nacional que aglutine a los muchos ciudadanos descontentos. Como ocurre siempre en un régimen personalista con dimensiones autoritarias, es difícil determinar si el hegemonismo de quien ejerce el poder es causa o efecto de esa debilidad opositora, pero lo cierto es que, a diferencia de Venezuela, donde al menos hay una gran fuerza antigubernamental cohesionada, en Bolivia reina Blanca Nieves y hacen oposición los siete enanitos.
El otro hegemonismo llamativo es el del Partido de la Liberación Nacional en Costa Rica. Manda desde 2006 ininterrumpidamente, primero bajo el Nobel Oscar Arias y ahora bajo Laura Chinchilla, y todo indica que Johnny Araya, durante muchos años alcalde de San José, ganará con el mismo partido los comicios de febrero. Costa Rica es, como Uruguay, un país institucionalizado y allí, como ocurre también en la república oriental, la continuidad del partido o coalición gubernamental no pasa por la perpetuidad de un mismo gobernante. Pero la oposición -relativamente vigorosa- no logra cuajar como alternativa, quizá por su gran división ideológica. El espectro opositor va de la izquierda (Frente Amplio) al radical Movimiento Libertario, pasando por una centroizquierda que en cuestiones de fondo no tiene grandes diferencias con el gobernante PLN.
Las otras tres elecciones presidenciales de este año tienen interés por razones distintas a las que emparentan a las cuatro anteriores. En El Salvador, la gran pregunta es si el gobernante FMLN -la antigua guerrilla marxista- repetirá el plato y, por tanto, ahondará la crisis de Arena, el gran partido de derecha que pareció durante muchos años una fuerza invencible. A diferencia de la elección anterior, en la que el FMLN presentó a un hombre moderado (el actual Presidente Mauricio Funes), la izquierda esta vez va con Salvador Sánchez Cerón, un ex guerrillero y líder histórico al que el FMLN puso en la elección anterior como candidato vicepresidencial debajo de Funes, en cierta forma, para garantizar que el candidato no se apartara demasiado de la ortodoxia. Es un simpatizante de la Venezuela chavista.
A primera vista, la apuesta es arriesgada. Sin embargo, la crisis de Arena, de la que tiene gran culpa el ex Presidente Tony Saca, acusado de corrupción y hoy líder de una escisión del partido de la derecha llamada Unidad, permite al FMLN beneficiarse de la división opositora. Un triunfo del FMLN y una radicalización de la izquierda en el gobierno podrían acercar a El Salvador, otrora bastión antisandinista, a la Nicaragua de Daniel Ortega, que está organizando su presidencia vitalicia. Ojo con el viraje centroamericano hacia la izquierda “carnívora” si estos factores se conjugan de la forma mencionada.
Panamá, donde las elecciones tendrán lugar en octubre, presenta datos interesantes. El mayor: la posible continuidad en el poder de un partido reciente, Cambio Democrático, considerado el “outsider” de la política panameña hasta hace poco, y por tanto el debilitamiento profundo de las dos grandes fuerzas históricas: el “torrijismo” y el “arnulfismo”. A pesar de los graves cuestionamientos éticos contra el Presidente Ricardo Martinelli, el gobierno goza de popularidad por la combinación del impresionante “boom” económico presidido por la centroderecha y el populismo asistencial que con los recursos fiscales importantes ha realizado el mandatario. Su delfín, José Domingo Arias, parece a estas alturas encaminado a derrotar al PRD y al candidato del Partido Panameñista, el actual vicepresidente Juan Carlos Varela, enemigo acérrimo del presidente (situación nada infrecuente en América Latina).
Por último están los comicios de Colombia en mayo. Si no fuera porque el Presidente Juan Manuel Santos y el ex Presidente Alvaro Uribe son enemigos mortales, podría hablarse allí también de hegemonismo, pues el actual mandatario fue ministro de su hoy adversario y ambos representan a una centroderecha ajena a los partidos tradicionales que reposa sobre una fuerte popularidad. Recordemos que, al llegar al poder en 2002, Uribe rompió el esquema tradicional de partidos en su país. Su liderazgo caudillista provocó la división liberal que dio pie al llamado Partido de la “U”, organización que junto con el conservadurismo respaldó a su gobierno. Hoy esas mismas fuerzas apoyan en general a Santos, aun cuando un sector de los conservadores hace causa común con Uribe y acusa al presidente de deshacer el legado uribista mediante concesiones a la narcoguerrilla terrorista y a la Venezuela chavista. El candidato uribista, Oscar Iván Zuluaga, no tiene ni remotamente el liderazgo del propio Uribe, por lo que, a menos que los diálogos de paz con las Farc naufraguen de aquí a mayo, es improbable que Santos tenga problemas por su derecha. Tampoco los tiene por su izquierda: los principales líderes, como Antonio Navarro Wolf y Antanas Mockus, han preferido evitar esta campaña. Así, un Santos que hace pocos meses parecía encaminarse a la derrota asoma hoy como un reelecto inevitable. Las razones no son difíciles de entender: el legado de Uribe (sí, aunque suene irónico), el éxito económico y la ilusión que mantienen los colombianos en la negociación con las Farc.
Una América Latina, en resumen, que tendrá altamente ocupadas a las secciones internacionales de los diarios de la región y a las cancillerías a lo largo de 2014. Ojalá vivas tiempos interesantes, dice la conocida maldición china. Alguien nos ha hecho un maleficio, por lo visto, porque se nos viene encima un año interesantísimo.
Publicado originalmente en La Tercera
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